hormigo

CARMEN

Novela por Juan Hormigo Bautista
Inspirada en Carmen la cigarrera de
Próspero Merimee

DEDICATORIA
                                        A  la memoria de mi abuelo
                                Frasco, militar en Ronda

 

Prefacio

 

Un día de los  que yo  iba con mi abuelo a la viña que poseía en la fértil tierra de Barros, al salir del pueblo, uno de los muchos viticultores que  llevaban la misma dirección, contó un cuento aseverando que  fue verídico, y que ocurrió en un pueblo cercano al que nací.

 La historia se asemeja mucho a  la novela de Prospero Merime, que tantas versiones se han hecho de ella.  Yo he cambiado  algunos nombres y lugares para que no se confunda con la que escribió el celebre escritor francés. Empieza así.

 

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 Allá por el año de nuestro Señor Jesucristo, como decían siempre aquellos  rudos pero a la vez tiernos  hombres, o sea corría el año 1895, y en  este pueblo, no de mucha importancia construyo el Estado un Cuartel de caballería, para que los caballos  aprovecharan  los ricos pastos y hierbas de su termino municipal. La guarnición era pequeña, se puede decir sin temor a equivocarnos que  mas bien era un destacamento, que la mandaba un teniente, y bajo sus ordenes estaba ,  un cabo y 18  húsares.
 
 La vida transcurría monótona, sin grandes acontecimientos como suele ocurrir en pequeñas poblaciones. Los  soldados se entretenían cuando  el servicio se lo permitía en jugar a los naipes, leer ( el que sabia) alguna novela, y  cuando el teniente le concedía licencia para pasear o salir fuera del cuartel, asistir a la taberna de  La Andaluza, que era la mejor del pueblo y estaba ubicada en pleno centro. El  cabo era   sevillano o cordobés su nombre era don José  López, muy común en toda España y sobretodo en Andalucía.

 Frente al cuartel  una fabrica de uniformes militares, que suministraba a los soldados de media España y  otras prendas masculinas, donde aprendían y trabajaban mas de  cien muchachas, solteras y algunas casadas, que se llevaban a sus hijos ( las que lo tenían) y cuando la criatura pedía  teta , ellas se sacaban el pecho y amamantaban a sus retoños. Era en verano, y el calor era sofocante. Por eso trabajaban semidesnuda, al menos de cintura para arriba. Y entre todas aquellas mujeres que las había de todas las  edades y condición, menos vírgenes, creo yo, trabajaba Carmen, que era gitana.

 La tal Carmen era morena, como casi todas las de su raza. De ojos negros como el carbón, y grandes, labios sensuales siempre pintados de rojo carmín,  pelo  como las alas de una golondrina,  que le descansaba en los hombros  torneados, su nariz era algo chatilla,  sus senos exuberantes, y en la sien izquierda  prendía un hermoso clavel rojo. Carmen era fogosa, era simpática y se hacia querer. Pero algunas por envidia  en  su forma de ser  atractiva, fogosa y  bravía le tenían envidia, Una de ellas  era la Trini, La Trini no la tragaba, siempre le estaba  tirando indirectas, y aunque muchas eran ciertas, mas le  hubiese valido que mantuviera la boca cerrada.

 En el pueblo existía una taberna, que era una especie de sala de fiesta. Allí se cantaba y se bebía y se realizaban actos y hechos  unas veces lícitos pero muchos de ellos  fuera de la ley y bandos dictados por la autoridad competente. . En casa de la Andaluza, que por este nombre era conocida la taberna, asistía lo mas selecto del pueblo. Es decir lo mas repudiado y también envidiado por algunos y algunas que  querían asistir, pero por miedo o vergüenza se abstenían de hacerlo. Y por tal motivo  hablaban peste de la Andaluza y su sala de jolgorio. Y como no... Allí asistía Carmen, muchas noches después de finalizar el trabajo de costura.

 Carmen como buena gitana, cantaba muy bien y hasta tocaba la guitarra.  Los asistentes la aplaudían y le  decían piropos mas o menos subido de tono, que ella  unas veces agradecía con una sonrisa y otras reprochaba con un desdén.

 Entre toda aquella parroquia no podían faltar los  chulillos del pueblo, y la gente que  se las daban de importante.

 Entre esta gente se encontraba  El   Niño del Callejón, que era torero local. Apodado así por haberlo encontrado un buen hombre en un callejón, envuelto en pañales, y como nunca apareció su madre, el matrimonio lo crió como hijo legitimo, pero el muchacho   no era muy dado al estudio y menos al trabajo, y se empeñó en ser torero.  Consiguiendo ser de segunda o tercera clase, después de  llevar algunas palizas de los mayorales y  algún coscorrón de  los civiles , durmiendo en los calabozos de los pueblos, y comiendo  gracias a la caridad de los vecinos y  de las autoridades. El muchacho  hay que decir la verdad, era valiente, guapo y arrogante, tenia labia y estaba pirado por Carmen. Esta  le daba juego pero  no lo consentía plenamente. Carmen era amiga de  El Canutillo, que era el capitán de una partida de bandoleros, que  actuaba por las sierras del entorno de aquel  pueblo , el que asaltaba a caminantes cortijeros y diligencias, teniendo en jaque  no solo a la Guardia Civil  de la provincia, sino también a los  húsares del cuartel  donde don José comandaba  la fuerza. Ya que también le encargaron  al destacamento que   diese algunas batidas por la sierra del lugar, para  apresar al Canutillo y su  banda. Pero el bandolero   se había ganado la fama de ser generoso, por algunos hechos que hizo para granjearse la  confianza y am istad de un sector del pueblo. Era del tipo según decían de Diego Corrientes, que robaba los ricos y socorría a los pobres, pero si lo traicionaban eran victimas de la  Carpanta, como el decía y por tal motivo  a la Guardia Civil la traía a parir sin lograr apresar al celebre  Canutillo. Ni que decir tiene  que también estaba enamorado de Carmen, y  Carmen le correspondía con algún  beso o caricia, a la vez que se prestaba para encubrir al forajido, y ocultarlo en su  casa, donde vivía con su madre ya vieja. en una casa en el barrio mas puntero de la ciudad, La Andaluza tampoco  denunciaba al bandolero, pues también estaba medio enamoriscada de el. La Andaluza era viuda joven, y según las lenguas viperinas en sus mocedad había ejercido en Sevilla el oficio mas viejo del mundo. Y de esta manera,  Carmen el torero y el bandoleros, formaban un trío que daba que hablar y murmurar en otras tabernas, barberías y corrillos de calles y plazas.

 En vano  se presentaba la pareja de civiles en casa de la Andaluza, ya que tenia espías por todas las esquinas , y se valían de cualquier artimaña o señas para  advertir la proximidad de los hombres del tricornio, que cuando llegaban  a la taberna, no encontraban mas que  a pacíficos y juerguistas parroquianos, al torero  bailando y a Carmen cantando. Del Canutillo y sus hombres ni rastro.  O estaban escondidos en lugar seguro, o se habían internado en la sierra. La Guardia Civil volvía a su cuartel, con el conformismo que algún día  la banda de ladrones, caería y serian juzgados conforme a lo que establecía el Código Penal de aquellos años, que con arreglo a las fechorías lo mas probable  es que fueran ajusticiados a garrote vil.

 Carmen conocía todas las andanzas del Canutillo, y hasta  había dormido con el en una cueva  donde se refugiaban  para eludir a la justicia. Cueva que  hasta la presente no la descubrieron ni los  húsares ni los civiles. El Canutillo se  encontraba muy seguro, pues como queda dicho, muchos vecinos y cortijeros lo  encubrían, bien por admiración o por miedo.

 Ni que decir tiene que el Niño del Callejón, se osaría en descubrir al bandolero, Eran rivales por los favores de Carmen, pero no le convenían estar a mal. Al Canutillo, por que no lo fuera a delatar en casa de la Andaluza, y El torero temía que Carmen se fuera  a la sierra con la partida y la perdiera para siempre. La Andaluza era sabedora de toda esta gariguay.

 Y Carmen  sabia hacer el juego a todos. El torero le daba prestigio, brindándole cuantos toros mataba en la plaza del pueblo. No eran muchas pero si tres o cuatro corridas al año. Amen de algunas joyas y vestidos. El bandolero  no le iba a la zaga, y también la favorecía con lo que a ella se le antojaba, que no era poco.
 
 Trabajaba Carmen de  costurera , cortando  y pegando botones para  lucir ciertos lujos que aunque  estaban al descubierto, siempre  podía tener la coartada de que se lo ganaba trabajando como una  obrera mas del pueblo.

 Para desgracia de el, el  cabo don José  se enamoró de aquella mujer morena, graciosa y simpática, que un día  cuando salía del trabajo, se acercó al cuerpo guardia, y sin recato ni miramiento, se desprendió del clavel que lucia en su  negro pelo y se lo arrojó al soldado con una sonrisa picaresca.  Don José, lo recogió del suelo donde  había caído, se lo llevó a los labios y se lo guardó en el bolsillo del dolmán . Desde entonces el cabo, vio en la gitana a la mujer de sus sueños. Era tanto el amor que sentía por la   gitana que hasta abandonó a Micaela, su novia desde niño.

 Don José, se enamoró  tan perdidamente de Carmen, que abandonó a Micaela, su novia desde niño. Micaela era huérfana de padre y madre, y fue recogida por la madre de don  José. Crecieron juntos, y cuando  tuvieron algo de razón, se enamoraron uno del otro, con un amor claro y transparente. La madre de don José  los miraba con ternura y se sentía muy dichosa  en que su hijo se casara con Micaela .

 Un día llegaron al destacamento,  hicieron el viaje desde Sevilla, tardando casi un  día en tren. Llegaron cansadas y sucias del viaje, pero con la alegría de  abrazar a su hijo y novio.

 El teniente le dijo que  no podía ser ya que don José había cometido una falta muy grave, y  estaba en el calabozo, como  prisionero. Ya no era cabo, había sido degradado, y permanecería  en prisión hasta su resolución definitiva de las autoridades militares.

 Ni que decir tiene que Micaela y su protectora madre de su novio se abrazaron  dando rienda suelta a sus lágrimas.

 Don  José se enroló en el ejercito para hacer carrera, y ahora  le encontraban que seria  expulsado del ejercito después de cumplir su condena.

 Madre y novia, quisieron saber que falta tan grande había cometido. El teniente se resistía a  informarlas, pues se  imaginaba que aquellas dos  mujeres sufrirían, lo que no  merecían.  A la insistencia de Micaela el oficial les dijo.

_ Es muy largo de contar, solo les diré que todo ha sido por culpa e una mujer gitana

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 Los húsares, cuando las obreras de la fabrica, llegaban por la mañana para empezar su trabajo. todos se  asomaban a las ventanas del cuartel  y le lanzaban piropos. Ellas se reían y le sacaban la lengua. Algunas mas atrevidas se llevaba la mano a su  sitio mas intimo y le decía.

_ Para ti no. Este ya tiene dueño

Y aquellos  hombres jóvenes casi niños,  se revolucionaban y hasta le pedían  un beso. Que  muchas le lanzaban con la mano.

 Pero Carmen a quien miraba era a Don José, y arrancándose el clavel que siempre llevaba en la mata de pelo se lo arrojaba con descaro. Don José lo recogía, y después de olerlo se lo guardaba como recuerdo.

¡ Pobre Micaela! Con lo enamorada que  estaba de su José, otra se lo iba a arrebatar con zalamerías y poca vergüenza.

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 Aquel día Don José se hallaba en la puerta del cuartel. Entraron todas las  mujeres a confeccionar uniformes, y Carmen se le quedó mirando un rato. Todas estaban dentro cuando ella  penetró en  el establecimiento. Muchas ya  se hallaban cosiendo o pegando botones. La encargada le reprendió por su descaro, pero no paso de eso. Lo gordo vino después.

 La Trini que  nunca se llevó bien con ella, empezó a tirarle de la lengua.

_ Vaya con la moza, que descaro como se come al cabo con los ojos,

_ Y la  boca.apostilló otra que era amiga de Trini

Una carcajada, casi general  se produjo a las palabras de las dos amigas.

_ Mira gitana—volvió la Trina increpar a Carmen. Cose bien los botones al uniforme y  enrédale  un pelo de donde tu sabes en los botones que ese va a ser para don José.

 Entonces la sangre gitana hirvió en las venas de Carmen, . Las  costureras la enfurecieron, y todo por culpa de la Trini, esa paya mal nacida, que tanto la odiaba, porque los hombres la cortejaban, mientras a ella que era un adefesio  ni siquiera volvían la vista atrás cuando se cruzaba con alguno-
 Carmen se puso en pie  y amenazándole con las tijeras le  espetó.

_ Como me vuelvas a decir gitana, te las clavo hasta la cruz, - y le mostraba las tijeras muy grandes que portaba en las manos.

_ En cuanto a los pelos. Yo haré lo que quiera, los tengo,  hasta pueden servir para pegar los botones si necesidad de hilo, no como tu que ni eso tienes.

_ Yo, yo –decía la  Trini enfurecida_ Lo que tengo es mas vergüenza que tu gitana.

 Mas le hubiese valido a la Trini  callar y seguir con su labor de costura. La gitana se fue hacia ella, y desafiante le dijo.

_ ¡ Anda bonita vuelve otra vez a insultarme!

Y la Trini ingenua o con mala sangre le dijo.

_ Gitana y de las malas, amiga de toreros y  bandidos y ahora  también de soldados. ¿ No tienes suficiente?

 Carmen la agarro por el moño, y la levantó de la silla donde estaba sentada. La tiró al suelo y  como una fiera  herida, le clavaba las uñas en la cara.

Trini gritaba. Las amigas increpaban a Carmen, pero ninguna se atrevía a separarlas. Todo el obrador estaba  pendiente de la gresca. Trini aullaba como leona herida. Carmen mas fuerte, la tenia debajo de ella y  con las tijeras, que portaba  el bolsillo de la falda, sacándola la abrió y  le dio un tajo en la cara a su rival.

 Brotó la sangre roja como el clavel de la gitana, del  rostro de la Trini. Aterrorizada las  demás se   echaban para atrás temiendo que la cólera de  Carmen pudiera alcanzar a otras. 

 Herida , sangrando y llorando quedó Trini en el suelo. Cuando  llegaron los soldados. Don José  la levantó del suelo, y los otros por orden suya  detuvieron a la  Gitana.

 A Trini le hicieron una cura de emergencia, luego unos húsares la llevaron a la casa de socorro. Carmen  fue encerrada en el  calabozo por orden del teniente, hasta que se resolviera   el caso, luego la llevarían ante el juez de instrucción,  quien dictaría la sentencia que la condenaría  conforme a las leyes de aquellos tiempos.

 Don José estaba perplejo, preocupado y triste. A su amante, le caerían muchos años de cárcel, había cometido  intento de  homicidio, y eso se pagaba caro. Puede que hasta con cadena perpetua.

 Carmen en el calabozo, llamaba al centinela para que le llevara agua. Estaba sofocada, la boca seca y las manos manchadas de sangre.

 El húsar que la custodiaba, era joven casi imberbe pero decidido. Le dijo que el no podía  abandonar su puesto para llevarle agua a una  mujer  indeseable. Don José que no estaba muy lejos de allí lo oyó e increpó al húsar, diciéndole que no era de caballero  insultar a una mujer. Que toda mujer  se merecía el respeto y la consideración de un hombre y mucho mas de un caballero húsar.  Por tal motivo seria relevado de su puesto y arrestado en la prevención.

Don José había perdido el sentido por  la gitana, y para ponérselo mejor, o peor para el, el teniente le ordenó que  condujera a la presunta homicida al juzgado, donde el señor Juez le tomaría declaración a los dos.

 El pobre cabo, quiso negarse. ¿Como iba a llevar a su  enamorada a la cárcel, porque llevarla al juzgado ante el juez con  el atestado que redacto el teniente,?  Seguro era que luego después el  magistrado ordenaría prisión  en la cárcel y el no podía negarse ante la autoridad judicial a su mandato. A conducirla a la prisión.

 El novio de Micaela, quiso  eludirse, y con razonamientos poco convencionales  le suplicaba al oficial que el no  podía hacer eso. Ya que Carmen, y el eran  amigos.

 Pero el teniente como todo militar, se atusó las guías del bigote y le   dijo muy serio, que  las ordenes que un superior daba a un subordinado era para cumplirla y no para cuestionarla. Así que don José  no tuvo otra alternativa que hacerse cargo de la conducción de su amada Carmen. El teniente le  comunicó que  con el  fuese un húsar, que el mismo podía  elegir. Pero lo rechazó  porque según decía se bastaba y le sobraba para llevar esposada a una pobre mujer indefensa.

 Se llegó al calabozo y  le  colocó en las muñecas los grilletes a Carmen, y guiñándole el ojo le dio a entender que aquello solo era protocolo, que cuando estuvieran en la calle se las quitaba, y así nadie sospecharía que la llevaba a la cárcel.

  El Juzgado de Instrucción se hallaba en un caserón lejos del cuartel, había que  atravesar  varias calles estrechas. Era por la mañana temprano, algunas mujeres  iban al mercado, otras al lavadero con sus  paneras en la cabeza o la cadera, . Miraban a Carmen y a don José con desdén. Algunas sospechaban que no llevaban buen camino, y como sabemos no se equivocaban,

 Un rebaño de ovejas cruzaba por una de las calles. Carmen  le susurró al oído a don José.

_ Anda, mi arma, no seas malo déjame escapar. Y si no vente conmigo. Yo conozco al Canutillo, y tu pues ser su lugarteniente, porque too lo que yo le diga el me lo consede. Estaremos siempre juntos en la  cueva, y disfrazados bajaremos, a la taberna de la Andalusa, ella nos ocultará, porque para eso tiene gracia y valor. Lo ha mamao.

 El pobre don José estaba confuso, sabia que si  dejaba escapar a aquella mujer, seria juzgado en consejo de guerra, sabia  que nunca mas la  volvería a ver si la entregaba cumpliendo con su obligación.  Ella caminaba  a su lado, El llevaba su  carabina  colgada del hombro sin cargar. Era muy fácil que la gitana se fugara, al volver una esquina, un carro que pasaba cargado de paja, un rebaño de ovejas  o cabras, se  interponían entre los dos y ella aprovecharía la ocasión para escapar. Carmen era ágil, y valiente, podría hacerlo en cualquier momento. El fue un imprudente, no debió nunca de  quitarle los grilletes de las muñecas, sabia que si se escapaba le condenarían por negligencia, pero lo que mas le dolía era que nunca mas  vería a su Carmen, su  hembra   bravía y ardiente, la morenaza  obrera de la fabrica de uniformes que tan hondo le había calado el alma.

 Era verdad que si hubiese querido Carmen escapar  ocasiones no le faltaron, pero ella  a pesar de sus devaneos con Canutillo y el Niño del Callejón, estaba  mas prendada ya del cabo de húsares., porque don José era guapo, apuesto y con mas educación que el torero y el bandido,  porque  también a las  mujeres de  su raza, le encantaba los buenos modales y la  finura con que el húsar  solía tratar a las mujeres.

 Ella insistía. Ya quedaba poco camino para  llegar a la audiencia. Don José hecho un mar de confusiones no  sabia que hacer. La gitana  era zalamera, sabia  entrarle por todos las partes sensibles. El  se alistó al ejercito para hacer carrera, para casarse con  la novia de toda su vida con Micaela, pero esta no era como Carmen, era mas recatada, mas fría  mientras que la gitana  era templada, alegre y a la vez siniestra.

_ Vas a permitir que a tu Carmen la metan en prisiones para toa su vida. Anda  don José déjame escapar, o mejor mucho mejor vente conmigo, tu deja el  uniforme, y vístete de bandolero, será mas libre, nadie te ordenará, y allá en los picos de la sierra seremos muy felices.

 Lo que no consigue un  rey lo consigue una mujer, y don José  le dijo.

_ Bueno, anda vete escápate, a mi me meterán en el calabozo, perderé mis galones, y tu te iras con el Canutillo o el Niño del Callejón.

_ No- replicaba Carmen. Tu te vienes conmigo. Nos vamos a la sierra,  nos espera el Canutillo, yo he hablado con el antes de la pelea, sabe que estoy enamorada de ti, y le he dicho que si  te ocurre algún percance, tiene que aceptarte  no como un miembro mas de la partida si no como su lugarteniente.

 Don José no pudo  oponerse a los deseos de la gitana. Aquella mujer le  había absorbido los sesos, se olvidó de Micaela, de su madre y de su honor militar, y complaciendo a Carmen, se dejó arrastrar por ella hasta la taberna de la Andaluza, y allí estaba El Canutillo, con algunos miembros de la partida, armados con trabucos y navajas, con la manta terciada al hombro  tres caballos en la cuadra.. La Andaluza le proporcionó ropa de bandolero, faja negra, sombrero de fieltro y chaleco de pana. Tiró el uniforme en un rincón y como llevaba el fusil, no tuvieron que  darle  otro arma.

 Una hora después Don José ya no era cabo de húsares, sino un vulgar malhechor al que sus compañeros y la Guardia Civil, perseguirían por las breñas y picachos de los montes que circundaban la población.

 Alguien los vio y fue con el soplo al teniente, este  moviendo la cabeza dijo.

_ Desgraciado, te has perdido por una  mala mujer. Podías haber sido un buen oficial, ahora  te veras  hecho un forajido, donde  la Guardia Civil y  tus  propios compañeros  algún te mataran.

 La noticia no tardó en  saberse en todo el cuartel, muchos compañeros no se lo  creían. Otros decían que eso se esperaba. Los claveles, las sonrisas de la gitana, y su arte  para  perder a los hombres  dieron sus frutos.

 Micaela y su madre, fueron otra vez a visitarlos al cuartel. El teniente les dijo.

_ Lo siento señora, y también por ti muchacha, pero no  esperéis  m as a D, José, ha caído en las redes de una  harpía, y se ha marchado con ella uniéndose a la partida de El Canutillo, y aunque sea duro decirlo, tarde o temprano  será capturado si no es muerto por las balas de la guardia civil, o de sus propios compañeros.

 Micaela cayó desmayada, y otro tanto le ocurrió a la madre del nuevo bandolero

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 Don  José tuvo que  era valiente, que no se  arrugaba tan fácil, y para eso  el Canutillo lo puso a prueba. Tenia que luchar a  navaja con  el  Zapatones, uno de la cuadrilla bragao, sin con ciencia y sanguinario. Al Zapatones no le importaba segar la vida de cualquier inocente, e incluso a mujeres y niños, gozaba con ello. El Canutillo aunque un desalmado no era tan cruel como el aludido.  Don José no estaba acostumbrado a la navaja, lo suyo era el sable, aunque jamás le  quitó la vida a nadie.

 A espada  lo hubiese vencido  al primer asalto, pero a  navaja era mas diestro Zapatones que el, A  Don José le  dieron una faca igual de larga que la del  Zapatones y una manta. Al borde de un barranco se inició el duelo. El Zapatones tiraba tajos terribles que  el  destituido cabo sabia parar con la manta.  Don José  era torpe como es de suponer en  el manejo de  dicha arma, arma de matones y desalmados,. Zapatones se desesperaba  porque no acertaba a dejarlo fuera de combate. Don José observó como  el Zapatones se iba desinflando, se le notaba cansado, No era tan fuerte como presumía, era eso, un sin conciencia nada mas. Entonces Don José en un momento de debilidad de su contrario le asentó un tajo en el rostro. Zapatones lanzó un alarido seguido de una maldición.

_ ¡ Mátalo, mátalo!- gruñían los  de la partida todos, pues el Zapatones no  era muy bien visto por ningunos , Pudo  matarlo  sin mas Don José pues herido el bandolero se desinflaba por minutos, se llevo la mano al rostro y al ver como la sangre fluía  casi se desmaya, a pesar de que la herida no era muy profunda.

 Don José dijo que no. Que estaba desarmado, pues la navaja se le cayo al suelo, y  alegó que  su caballerosidad y  conciencia no le dictaba matar a un  vencido.

_ El lo hubiese hecho. Dijo El Canutillo sorprendido.

_ Pues yo no, y le perdono la vida.

_ Algún día te arrepentirás, apostilló otro de los bandidos.

 Así fue colmo Don José se hizo bandolero lugarteniente del Canutillo,  mas por su valor y coraje que por la recomendación de Carmen, aunque hay que  agradecerle que ella   rogó y peleó con El Canutillo para que su amante, fuera el segundo de la partida. Y lo consiguió. Ya era  el subjefe de aquel grupo de malhechores, por medio de  una mujer, y su debilidad por las  mujeres  hermosas.

 Carmen dejó de trabajar en la fabrica de uniformes militares y como le prometió a Don José se fue con ellos a la sierra.  El Niño del Callejón no la echaba de menos ya que la gitana bajaba a la taberna de La Andaluza y en el tablao bailaba y cantaba.

 Asistían los húsares franco de servicio, que la aplaudían cuanto cantaba alguna de aquellas canciones.

         Mi novio es un bandolero
         Que cuando va caminando
         Tie mucho arte y salero.

         No le teme a los civiles
         Ni a los húsares  flamencos
        Porque lleva en su faja
        Una faca, y un trabuco
        Con la bocacha muy ancha...

 El teniente conocía sus andanzas, pero no quería detenerla, para que fuera cebo que la llevara a la sierra  con el fin de  detener a los bandoleros. Pero Carmen era astuta y lo eludía con evasivas y promesas de que algún día  se lo entregaría. No caía el oficial en esta trampa, pero  le daba cuerda para   seguir el rastro.

Don José a veces se disfrazaba de gitano, con patillas postizas y el pelo  pintado de  otro color y bajaba a la taberna.  Cuando el peligro acechaba la Andaluza lo ocultaba hasta debajo de su cama, claro  con sus cuentas y razones. Luego   se marchaba a la sierra  en un caballo que  guardaba en la cuadra de la taberna.

 El Canutillo y el se entendían muy bien con Carmen, y esta le informaba de lo que acontecía en el pueblo. Se escurría en todos los estamentos públicos, y privados. Así conocía si la diligencia correo , llevaba dinero o algún ricacho local que lo llevara en la cartera. Los bandoleros conocían muy bien los caminos, y se apostaban en los lugares mas idóneos para el asalto. Y atemorizando a los  viajeros se hacían del botín, que transportaba la diligencia. No eran  sanguinarios exceptuando al Zapatones, pero este ya estaba fuera de combate como sabemos. Una vez  asaltada la diligencia o algún  solitario viajero con  dinero, los dejaban marchar en paz, sin el tesoro, advirtiéndoles que si daban cuenta a la Guardia Civil o a los húsares, eran hombres muertos. Con las mujeres se mostraban galantes aunque  este no les  impedían  robarles  el oro  y joyas de valor, a pesar de las suplicas y llantos de ella.

 Don José  se sentía incomodo con estos procedimientos, pero nada podía hacer, era uno mas de la partida. No uno mas sino el lugarteniente-  En un asalto a la diligencia correo, una mujer joven , llevaba al cuello una medalla con  el retrato de su marido. Era viuda, según dijo  a Don José  que  el marido  había sido militar, murió en la guerra contra los carlistas en El Maestrazgo. La cadena donde pendía la medalla era de oro, y valía bastante dinero. La viuda que no rebasaba los treinta y  cinco años,  empezó a llorar suplicando que  la cadena se la llevasen, pero que la medalla  era  el único recuerdo  entrañable  que tenia de su marido. Don José, miró el medallón era efectivamente un soldado  con graduación.

_ No tema señora- le decía  el  exhusar  a la vez que le tendía su pañuelo, para que se limpiara las lágrimas- Le dejo la medalla y la cadena. Yo también he sido soldado, y no me dicta mi conciencia arrebatarle  a una mujer tan guapa su tesoro mas preciado. A sus pies señora.

 No le gustó mucho la actitud de Don José a los de la partida, pero era el  segundo de  aquellos forajidos, y el Canutillo  no quiso quitarle  autoridad al  que tan valientemente desempeñaba  su cometido.

 El Canutillo, a decir verdad no era sanguinario ya lo hemos dicho, pero en tocante a la compasión de los asaltados no mostraba ninguna. Es verdad que a veces se mostraba generoso con aquellos  que  lo encubrían, y le facilitaban la huida a la partida, bien equivocando a los húsares y guardia civil, o bien negando haberlos visto por el  camino que  marchaban. Y otras veces  equivocando a las fuerzas del orden  por otros caminos que no eran por donde  iban los bandidos.

 En la Taberna de la Andaluza,  acordaban los bandoleros, el robo  o asalto a perpetrar.  Allí en aquel  local, iban  mucha gente. Últimamente  disponía de mucho dinero, que se lo facilitaba la partida del Canutillo. Y la Andaluza contrataba a gente de la farándula, del  cante jondo, Los mejores  cantaores y  cantaoras de la época  se subían al tablao de la Andaluza, también  Carmen  hacia su papel con su traje de gitana y el clavel en el pelo. No solo  asistían gente del pueblo, también los ricos de la comarca  se desplazaban en sus carricoches y caballos a  oír  cantar a las div as de aquellos tiempos – Cuando el vino  hacia sus efector y los vapores alcohólicos subían a la cabeza, se hablaba de todo, y la Andaluza   aguzaba los oídos enterándose, de aquel que llevaba escolta, el otro que   regresaba por tal o cual camino. Le veía la cartera  y si estaba abultada, se lo comunicaba al Canutillo, que siempre estaba   a la sombra pero viendo todo lo que se  cocía en la sala. Este informado, reunía a los hombres de la partida y asaltaban al ingenuo que  no esperaba  que  a aquellas horas y en aquel punto apareciera la partida. Y así   robaban  hasta que  los  aficionados escamados dejaron de asistir a la taberna, y  la Andaluza  dejó de contratar a buenas figuras.

 Entonces  la partida  se retiraba, y dejaba los asaltos. Los correos  circulaban con escoltas, unas veces de  húsares y otras de civiles, por lo que  a los bandoleros, se le terminaba  las fechorías y robos.

  Por una temporada se internaron en la sierra. Bajaban de vez en cuando  a la taberna de la Andaluza que también  había decaído bastante. Carmen, cantaba pero cada vez gustaba menos. El  Niño del Callejón, toreaba por los pueblos  de poca importancia, y aquello fracasaba.

 Carmen, seguía enamorada de los tres.  Y los tres estaban ciego por ella. Don José, El torero y el bandolero.  A veces  discutían acaloradamente los tres, porque los tres  querían  que  estuviesen con ellos, pero Carmen los apaciguaba con sonrisas picaras y palabras melosas, que aunque no convencía a ninguno calmaban su sed  lujuriosa.

 Un  día que estaban en la Taberna de la Andaluza, estuvieron a punto de enzarzarse en una pelea por ella. Pero la gitana  lo evitó diciéndole que  ella no era para ninguno, y al mismo tiempo era para los tres.

 Don José , jamás pensó caer tan bajo. Ahora se daba cuenta de  la locura que había hecho.  Arruinó su carrera, abandonó a su novia  casta y buena, y le causó un gran sufrimiento a su madre , y todo por una mujer, que ya había sido de  varios, al meno de dos.

 El cerco en torno a ellos se cerraba cada día mes. Los húsares por un lado y la Guardia civil por otro se veían acosados.  Los que los ocultaban y encubrían, ya habían cogido cierto miedo a las fuerzas del orden, y  si alguno lo  encubría era mas por temor que por  admiración.

 Carmen en la taberna supo por un  húsar borracho, que  la tropa  por orden superior, se disponía a dar la batida con refuerzos llegados desde la capital.  Eran muchas las denuncias y quejas de los  moradores de aquel pueblo y otros del entorno, que  se presentaron ante la  máxima Autoridad de la provincia,  quejándose de los robos y fechorías del Canutillo, y su partida. Desesperados llegaban a cortijos muy aislados y no solo robaban dinero y ganado, sino que hasta violaban a las pobres  cortijeras  igual viejas que jóvenes. Aquello no podía seguir así. La Guardia civil también reforzó  su plantilla y  lo mismo de día que de noche patrullaban  el  campo  como el pueblo y la sierra.

  Lo de Carmen ya había prescrito, la Trini curó de  la herida que le hizo con las tijeras, y  como  fue soltada por  don José, en este recaía el castigo, que  no fue tan grave como  creían, total   herida en riña. En fin que Carmen  bailaba y cantaba en la taberna, sin molestarla nadie, nada mas que los moscones que aspiraban sus favores. Pero como sabemos Carmen  informaba a la partida de todo lo que se cocía en el pueblo, a través de las conversaciones  que se  sucedían en c asa de la Andaluza. Y fue un húsar borracho, el que se fue de la lengua diciendo que  ya sabia donde  se escondía la partida, y  aquella misma noche  rodearían la cueva y  caerían  vivitos y coleando.

 En seguida Carmen,  terminó  de  bailar, pues  en una interrupción la Andaluza le contó lo que había escuchado por bocas de un soldado. Armen fingió  ponerse mala, y partió para la sierra  en unión del  Niño del Callejón, que aunque  con el disfraz de torero también  apoyaba a la partida.

 El Canutillo al enterarse   supuso que don José los había traicionado. Porque  verdad era que al  destituido cabo,  no le gustaban las actuaciones de los bandidos, y mas de una vez le reprochó a todos aquellas fechorías, sobretodo las violaciones. Por otro lado Don José mostraba gran  deferencia por los  antiguos compañeros, porque el antiguo cabo de húsares, no olvidaba a los que  habían sido sus compañeros, a los que compartió jornadas de lucha u ocio, en  el cumplimiento del deber.

 Uno de los que mas desconfianza de el, era e4l Zapatones, llegando a decirle al Canutillo cuando estaba ausente el amante de Carmen, que   era el causante de que los migueletes, como ellos le llamaban estuviesen al tanto de su guarida.

 El Canutillo empezaba a sospechar de su lugarteniente, pero no dijo nada, quería comprobar  por si mismo si era cierto las sospechas o no.

 Enterados por la cigarrera, que los húsares   darían la batida aquella noche,  quisieron tenderle una trampa. Una trampa mortal donde  todos cayeran muertos.

 La estrategia  era colocar cargas de dinamita, que habían robado de las canteras de la cal de un pueblo próximo. Y  sembrar un estrecho pasillo por don de   tenían que pasar forzosos, ya que  no existía otro camino. El pasillo  era una vereda entre dos montañas, que salvado este accidente del terreno, se abría a campo despejado, estando ya cerca la guarida. Los húsares lo harían de noche, para cojerlos por  sorpresa. El teniente  mandaba aquella tropa, auxiliado por un sargento y dos cabos nuevos, que se habían incomparado recientemente a la pequeña guarnición.

 El Canutillo lo planeo bien. Llenarían  la senda de  explosivos, unidos todos por una gran mecha, para no  causar sospecha los cubrirían con hierbas y ramas de  retamas, cuando entraran en la trampa no podrían retroceder ni  esparcirse por el alrededor, ya que las montañas se lo impedirían. El Zapatones, que era el que mas odio le  tenia a los migueletes, seria el encargado de  prender la mecha, en una oquedad de la sierra, seguro de que no lo alcanzaría, y de esta forma  eliminar a aquellos “intrusos” que  se llevarían un chasco.

 Desde lo alto de la sierra, los bandoleros verían caer a los húsares, entre alegres risotadas y  bromas. Para lo cual también se llevarían a Carmen, pues ella había sido la promotora con su chivatazo de  la torpeza de los soldados.

 Y... llegó el momento.  A Don José la conciencia no lo dejaba en paz.  El también había colaborado en aquella  infamia que se llevaría por delante a todos sus compañeros. No. El eso no podía con sentirlo. Pensó  persuadir al Canutillo, que mejor era escapar  a otras sierras próximas que no  causar aquella carnicería.

 El Zapatones, al escuchar  de labios de Don José , que no quería derramamientos de sangre. Pensó dos cosas, o aquel que El Canutillo tomó por su lugarteniente gracias a los favores de Carmen era un cobarde o mas bien un traidor a la partida.

 Se apartó  un poco y llamó al capitán.

_ Me paese que ese poyo está tramando argo contra nohotros. Le sopló con ira mal contenida.

 El Canutillo le respondió que  no, aunque  también sospechaba que tanta  indulgencia hacia los migueletes le estaba resultando extraña. Pero como el  era capitán de bandoleros y sentía   cariño por sus hombres, también  pensaba que a Don José como buen  compañero  sentiría  cierta  conmiseración por los que  dejó en el cuartel cuando  conducid a Carmen ante el juez, y la dejó escapar  por  amor hacia la gitana,  echando por tierra  toda su carrera militar.

 El sanguinario Zapatones no lo perdía de vista. La noche  no estaba a oscuras. Una luna llena  alumbraba con su luz plateada los picachos y la estrecha garganta por donde  tenían preparada la trampa mortal para  los  confiados húsares

 A Carmen tampoco le gustaba la estrategia, pero aceptaba creyendo que el  amante  principal  estaba de acuerdo con sus  compinches. Muertos los  húsares, ya no se  atreverían a internarse en sus dominios, y así vivirían tranquilos. Aun quedaba la Guardia Civil, pero estos no estaban tan bien pretechado como los húsares, además  no poseían caballos y  sin  estos solípedos era mas difícil llegar a su guarida.

 Todos  y también la gitana, permanecían a la escucha para oír el tropel de los caballos, de aquellos jinetes  que  saltarían por los aires al hacer explosión los  cartuchos de dinamita…

 Cuando todos murieran   como así lo creían, ufanos y contentos se  reunirían en la cueva, donde tenían  proyectada una juerga con vino y  aguardiente, un cordero asado de los que habían robado en una de las majadas de su territorio y a la guitarra de el  Puñales, Carmen cantaría y bailaría para ellos. Don José no  quería el jolgorio alegando que alguno podía quedar herido, y no era muy humano que  cundo ellos  estuviesen  ebrios de vino y juerga, algún desgraciado  estuviese llamando a su madre en  el último aliento.

 Este comentario del  antiguo  soldado, hizo sospechar mas a la partida que ya no lo miraban con buenos ojos, creyendo que  estaba de parte de los contrarios. Solo Carmen  le mostraba  cariño y lo comprendía.

 La antigua cigarrera,  estaba enamorada de Don José. Lo que empezó para ella en una aventura, en otro tiempo para sus caprichos y colección, terminó en amores  sinceros. La finura de Don José con ella, su educación y su simpatía, aparte de sus cualidades y bondades, levantaron en el corazón de la gitana  un vasto amor hacia el desertor, que no pasaba desapercibido ni para El Canutillo ni para el Niño del Callejón.

 Estos le  iban  tomando cierto  odio al preferido de Carmen, y El Canutillo  azuzado por el Zapatones, lo trataba con  un desprecio que nunca  lo hubiese hecho si la gitana no lo mirase con mas preferencia que a el,
 
 Sobre  las tres  llagaban los  soldados a la garganta de la muerte. Los bandoleros  estaban preparados. El  Zapatones,  con su caja de cerillas para prender fuego a la mecha. Se hizo el silencio. Todos querían  ver saltar por los aires a caballos y jinetes. Bueno no todos, Don José y Carmen, mostraban   no estar  conforme con aquella carnicería, injusta. porque  ellos conocedores de todas las sierras,  podían haber elegido escapar  de allí, que fue lo que Carmen les propuso, no  hacer una escabechina contra aquellos  hombres.

 La gitana no era mala, como mujer tenia sus debilidades pero en el fondo su corazón era tierno.

 El Zapatones  desconfiando de Don José como sabemos y  no le quitaba la vista de encima. Al fin apareció el Teniente montado en su corcel blanco. Iba en cabeza, detrás todo el escuadrón. Faltaban unos cincuenta metros para llegar al punto fatídico. No quiso encender la mecha el Zapatones antes, por si los húsares divisaban  la mecha ardiendo, quería  que todos  estuvieran bojo la dinamita. Entonces Don José, con su potente voz empezó a gritar.

-¡Alto mi teniente no sigan, den marcha atrás, le han tendido una trampa y morirán todos. Soy el Cabo Don José, el desertor.

El aviso de Don José lo escuchó el oficial claro y alto, la voz retumbó en las montañas y eco lo fue transmitiendo por toda la cordillera.

_ ¡Alto! Atrás todos, nos han  tendido una emboscada, tomen posiciones, y los soldados bajaron de sus monturas y  se posesionaron en las rocas y árboles

 El Canutillo al sentirse traicionado por su lugarteniente, le apuntó con el trabuco cargado.
_ Cobarde, vas a pagar caro lo que has hecho, -le dijo  con toda la hiel que destilaba su cuerpo Carmen que  lo conocía bien  sabia que le dispararía sin  tener en cuenta que Don José  estaba desarmado, ya que   se le cayó el trabuco cuado  le gritó a sus antiguos compañeros. Entonces la gitana se interpuso en medio de los dos. Nunca  creía la  costurera que su primer amante le dispararía pero el bandolero lleno de rencor y ciego de ira no vio a Carmen, solo veía la traición según el de su  según do  no dudó en apretar el gatillo.

 La  Gitana, la bailaora de la taberna La Andaluza, la costurera de uniformes militares, amante  primero del que le   causaba la muerte, y después del torero y por ultimo del cabo de  Húsares,  del que se enamoró perdidamente, solo exclamo.

 _Me has matado, te quiero  don Jo... No pudo  terminar la frase, cayó en brazos de  su amor, de su don José.

 Este  la besó y  sollozando  le  retaba al bandido un duelo a navaja.. El Canutillo aceptó, y mirando el cadáver de Carmen, también  lloraba. El nunca creía  que la gitana  estuviese tan enamorada del  desertor de los  Húsares.

_ TE MATARE COMO A UN PERRO. Yo no la he matado , has sido tu. Ella  te quería demasiado, nunca  debites acercarte a ella.

  Los de la partida quedaron petrificados.  El Zapatones  descargaba   su trabuco sobre Don José, pero uno de ellos dándole un fuerte empujón desvió la trayectoria de la metralla.

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Los húsares, una vez  parapetados en las rocas y troncos,  disparaban apuntando  al bulto que la  luz de la luna les permitía ver. Eran los  bandoleros  que  se divisaban confusamente, sobre los picachos. Estos al verse atacados,  también rompieron fuego  sobre los soldados, pero sus trabucos no tenían al alcance que las carabinas de los  húsares, ni eran tan buenos tiradores como ellos. Los bandoleros estaban en desventaja, les había salido el tiro por la culata. Eran los húsares muchos mas, mejor adiestrados para las guerrillas y mas disciplinados. Pronto los del Canutillo empezaron a sufrir bajas. Maldecían los heridos y buscaban con la vista a Don José para  descerrajarle un tiro con sus trabucos, pero Don José ya no estaba con ellos.

 Aprovechando  la confusión y  la oscuridad, pues hasta  el cielo se puso en su favor, un nublado  cubrió la luna , dejando a oscuras la sierra.  El  Antiguo cabo aprovechando que  la oscuridad era reinante, y mas  al quedar cegados por el  resplandor de la luna que antes los iluminaba,  con su arma  reglamentaria que  conservaba. Besó a Carmen en los labios  que empezaban a enfriarse, y la depositó en el suelo cuidadosamente.   Los bandoleros en aquellos momentos estaban mas pendientes de las balas que  les llovían desde  la embocadura de la garganta, donde  aun permanecía la dinamita inerte., al Zapatones no les dejaron los  húsares prender la mecha. Estaban acorralados. Tampoco ello tenían   por donde escapar, por delante los soldados con sus afinadas punterías, por  el lado derecho la garganta, y por el izquierdo los montes.  El Teniente los conminó a que se rindiesen , pues no tenían escapatoria posible, pero todo hay que decirlo, eran valientes y preferían  morir matando antes  que entregarse.

 Algunas balas de  los del Canutillo  llegaban a las tropas que bien parapetadas y la poca fuerza con la que llegaban las balas de los trabucos, no hacían nada ni siquiera desmoralizar a los  antiguos compañeros de Don José.

 El amante de la fallecida, nada pudo hacer por ella. La metralla del trabuco del Canutillo le destrozó el pecho, murió casi en el acto. Don José  nada tenia que hacer  ya allí. Además que el nunca dispararía contra sus compañeros. Nunca jamás  hubiese colaborado  en  dar muerte a aquellos con los que compartió comida y posada, vistiendo el mismo uniforme, uniforme honroso que lo perdió por  causa de una mujer  que lo embrujó con sus  sonrisas y un clavel que le tiró al corazón arrancándoselo de su pelo.

 Muerta ella, ya no quería ser bandolero, y se pasaría si no lo mataban unos u otros al bando de  los suyos.

Por eso, aprovechando  todo lo que tenia a su favor como hemos dicho, ocultándose  en los matorrales, raptando   y aprovechando los tiempos  en que no disparaban, ni unos ni otros, bien  para cargar las armas o para  afinar la puntería, llegó  a diez metros de la línea de húsares.

_ ¡Compañeros, no disparéis, soy  el cabo desertor, pero vengo a unirme a vosotros. Estoy arrepentido, no me matéis, yo os puedo  conducir a donde están ellos, estoy de vuestra parte!

_ Quieto- le ordenó el húsar mas cercano_ , tira el arma y  levanta los brazos.

 La luna volvió a alumbrar , la nube se alejo y otra vez  las montañas  se divisaron como fantamasgorico espectro.

 El húsar llamo al Teniente . El oficial  al ver a Don José desarmado y con los brazos en alto, derrotado, sintió  pena por el. Había sido un buen cabo, un excelente húsar, un jinete  de los  que hacen historia, tenia un porvenir muy  grande, hubiese llegado a oficial, y por culpa de una “mala” mujer todo lo echó a rodar.

 Don José al ver a su  antiguo superior, bajo la vista al suelo y  con la voz rota, no por el miedo sino por la vergüenza,  para  decirle.

_ Perdón mi teniente, aunque se que no  puedo ser perdonado, soy un desertor un traidor a mi Regimiento y a mis compañeros, esto se paga con la muerte, lo se; pero  prefiero ser juzgado en consejo  de guerra, por un honesto tribunal militar, que por una  banda de malhechores, a la que he pertenecido. Mis manos aun no están manchadas de sangre. La mujer que hizo perderme la cabeza con sus arrumacos y  carantoñas, ha muerto, y su muerte ha salvado mi vida.

 A continuación le  relató todo el episodio que  conocemos.

 El teniente, le  preguntó si  estaba arrepentido.

_ Si, mi teniente. Porque  conocía las intenciones de los bandidos, porque no podía consentir de que  a mis  compañeros le den dieran una trampa mortal, por que no es igual morir luchando  en un noble enfrentamiento cada uno  en sus creencias, que  tender cobardemente una emboscada. Por eso  avisé, por eso el jefe quiso matarme, y la mujer  que  no era tan mala como parecía, se interpuso en medio del trabuco del Canutillo y yo. Este disparó ciego de ira, y terminó con la vida de la gitana. Si, gitana pero que he podido comprobar que no tenia mal corazón. Ella  muchas veces evitó derramamiento de sangre que algunos de los hombres del famoso salteador de caminos, llevaran su  maldad a efectos. Ella  tampoco quiso nunca  que se maltratara a ninguna mujer, y si es verdad que algo del botín de los asaltos a diligencias y  carruajes era repartido entre ,los  pastores y  braceros  que  mas lo precisaban, por eso  en la comarca el  Canutillo  le daban la fama de bandido generoso, que no era tal. Yo nunca  me manché las manos de sangre, y evité que muchos lo hicieran, por eso  me odiaban, sobre toldo uno muy sanguinario el peor de toldos, peor incluso que El Canutillo   apodado El  Zapatones, que también  intentó asesinarme, gracias a otro bandido de mejor catadura no lo hizo, al darle un empujón y desviar la trayectoria de la bala.

 El teniente lo abrazó, y casi llorando. Ordenó que  los condujera por  otras sendas que no estuviesen minadas a la cueva de los bandidos, porque  seguro que allí irían a refugiarse y a curar a sus heridos.

 Don José acatando las ordenes de su  antiguo superior, los llevó por   otro camino  mas seguro, por el que los de la partida nunca solían  adentrarse.  Los húsares, caminaban con dificultad por las escarpadas trochas, en una enmarañada sierra donde el peligro acechaba. Habían evitado la trampa pero  aquellas  intrincadas veredas mas para cabras que para hombres no dejaban de tener sus riesgos.

 Caminaban en silencio, la luna  ya se  estaba  ocultando y aun  tardaría unas horas en llegar el nuevo día. Don José  mandó alto. A unos cien metros se divisaba la entrada de la gruta. Los hombres tomaron posiciones, era lógico que si los del Canutillo los divisaba, se  liaran a tiros con ellos.  Esperarían a que  fuese de día claro para   conminarle a rendirse, si no  lo acataban  se liarían a tiros unos con otros.

 No se oía ni el canto de los grillos. Si los bandoleros  estaban en su guarida,  dormirían, o permanecerían en el mas absoluto silencio,  tal vez por si los soldados  osaban  llegar hasta la boca de la cueva   empezar a disparar sus trabucos.

Las dos horas que tardó en amanecer se hicieron  siglos, los húsares estaba extenuados, entumecidos sus músculos por el relente y el sueño, pero  su deber era resistir hasta capturar a todos o morir en el intento.

 Amaneció el día algo nublado,  A don José le entregaron una carabina. El trabuco lo había dejado caer cuando  abrazó el cuerpo inerte de Carmen para depositarla en el suelo cuidadosamente.  Algunos húsares no se fiaban de el, pero el oficial les tranquilizó   asegurando que nada intentaría contra ellos, lo conocía muy bien.

 Al pisar alguna rama seca crujía y era mucha la atención que  ponían por si lo escuchaban los del Canutillo, Pero no, o estaban dormidos o muertos todos o se habían fugado por otra salida, era lo que pensaban todos. Pero no. Los bandidos que eran  siete , dos habían muerto en el tiroteo uno fue el Zapatones y el otro uno de los que mejor se entendía con Don José, en total quedaban cinco y los cinco  dormían en el interior de la gruta  confiados en que allí no podían llegar los soldados sin atravesar  la garganta de la muerte, sembrada de cartuchos de dinamita, aunque nada podían hacerle al no estar  encendida la mecha. De todas maneras el acceso a la cueva era muy  difícil, y menos para los que no conocían el terreno.  A don José lo creían muerto, ya que  aunque se  escapó  era imposible que viviera al estar entre dos fuegos, así  pensaban los cinco.

 Después de una penosa y difícil marcha, reptando y saltado de mata en mata como conejos, llegaron a la boca de la cueva. El oficial mando a cubrirse, y el  fue el que   gritando con todas las fuerzas de sus sanos pulmones le decía al Canutillo que se entregara, pues estaban rodeados y nada  podían hacer.

 El Canutillo era valiente, eso no podemos negárselo, quiso  plantar cara a toda una compañía, pero  sus hombres le  decían que era mejor entregarse, tal vez después de varios años de cárcel podían  conseguir la libertad,  podían existir indultos. Al fin y al cabo ellos no tuenan las manos muy manchadas de sangre. Era cierto gracias a Carmen y al  excavo de húsares, que siempre se opusieron al derramamiento de sangre inocente., que era cuando actuaban, en diligencias desprotegidas y caminantes solitarios o cortijos  donde  solo  vivía un matrimonio indefenso casi siempre viejo. Nunca se atrevieron con diligencias ni carruajes  escoltados por la Guardia civil o simples guardas rurales.

 El Canutillo hemos dicho que era valiente, pero nunca quiso atreverse a  asaltar a diligencias escoltadas. Robaba en despoblado en cortijos y majadas, en almacén es de pólvora para  fabricar   cartuchos con  la pólvora.

Los enfrentamientos que tuvieron lugar, eran  al ser  perseguidos por los húsares o guardias, entonces se parapetaban en el monte y  salían ilesos  al conocer todas las peñas, árboles y arbustos trochas y veredas, y como  al principio hemos dicho porque algunos pastores y campesinos los ocultaban  y encubrían, casi siempre por temor a que  se metieran con ellos o con sus mujeres e hijas, violándolas o extorsionándolas. Aunque tampoco debemos olvidar que repartieron algunas monedas del botín robado  entre los que  los  protegían y ocultaban en sus  aposentos.

 Los caballos de los húsares habían sido maniatados en  un llano, al cuidado de dos de ellos. No era fácil el acceso a los animales por el lado  que los condujo Don José. Sin embargo los de los  bandoleros  si, estaban detrás de la gruta  ocultos  en un bosque de encinas y alcornoques que se extendía  por la planicie donde finalizaba la cordillera, Era por  ahí por donde   ascendían  los   forajidos a la cueva, pero para eso había que dar un rodeo de mas de 20 kilómetros, ellos lo hicieron por lo tanto  estaban rendidos y dormidos cuando el Teniente de Húsares le conminó a que se entregaran.

 El Canutillo, quiso  salir disparando, pero no encontrar apoyo en sus hombres, los cinco sabían que nada  podían hacer, aquello  era una locura, no tenían cuartel eran muchos hombres adiestrados con solo cinco, Entonces  el capitán viendo que no tenia apoyo  salió el primero con los brazos en alto. Mejor la cárcel que el cementerio, pensó, Tras de ellos  salieron los cuatro bandoleros   como el con los brazos en alto. El teniente ordenó que los  esposaran, o ataran con  las cuerdas que llevaban y así finalizaba la partida de El Canutillo.

 Don José se dirigió a el.

 _ Lo siento, Mi deber era  salvar a los que fueron mis compañeros. Soy un desertor  y  me arrepiento. Lo hice  por Carmen, ya no está, nada me importa, Su cadáver hay que rescatarlo de las alimañas, y darle cristiana sepultura.

 El Canutillo lo miró,  pero no con odio sino con   admiración y le respondió.

_ Eres el primer hombre que me ha  engañado. Debí de  hacerle caso al Zapatones, el siempre desconfió de ti. A pesar de todo no te guardo rencor. Eres valiente como yo. Carmen  ha sido de los dos. Hoy ya no es de nadie. Tu no se si lo sabrás pero El Niño del Callejón, también era su amante, estaba enamorada de los tres, porque  a Carmen le gustaban los hombres valientes y en los tres  encontró  sus deseos.

 Debemos darle cuenta a el, y  si  el Teniente lo permite, rescatar su cuerpo antes de que las alimañas lo devoren.

 El Teniente  aceptó al deseo de los dos amantes de la gitana, y se pusieron en marcha  de nuevo al lugar donde  la fogosa Carmen  murió para que su  ultimo amante, el que fue el amor verdadero de su vida no  lo matara el bandolero.

 Y lo rescataron,. Estaba fría,  la besaron , y improvisando unas parihuelas con dos palos de  encina y  dos guerreras  los húsares la  llevaron al pueblo.

 La Andaluza y el Niño del Callejón lloraron su muerte. Y entre  todos pagaron su entierro y su sepultura en el cementerio. Una sepultura sencilla, cerca de un ciprés. La primera palada de tierra la  echo don José, luego el Canutillo y finalmente el torero-  Rezaron una oración y regresaron.

  Al Canutillo y sus hombres los condenaron a muerte. Pero  el Rey, al no  haberse manchado las manos de sangre, los  indultó , cayéndole treinta años al Jefe de la banda y veinte a los cuatro restantes.  Aquí se pierde su pista. Unos decían que  fueron a la prisión de Ceuta y otros que al Puerto de Santa María.

 El Niño del Callejón, sintió  una profunda pena por Carmen. De verdad la quería, y aun que  fue con el que menos estuvo si fue el que  mas sintió su muerte.

 Una tarde de  fiesta. La fiesta del pueblo, el día del Santo, del Patrón  del pueblo, toreaba  junto a  Costillares y Lagartijo- Era un cartel de lujo para el pueblo . La  pequeña plaza estaba abarrotada  llena hasta la Bandera, como dicen los castizos. Allí se encontraba el Teniente y los húsares franco de servicio Alcalde, Juez y demás autoridades. La Andaluza  tampoco quiso perderse la corrida.

 El Canutillo mas moderno era el ultimo de la terna. Costillares el primero. Hizo  Costillares una gran faena a  su primer toro que le valió  las orejas y el rabo del astado. Segundo  Lagartijo no quiso ser menos, y  rubrico una  terna  igual que la de su compañero. Por ultimo el Niño del Callejón,  el  segundo amante de la malograda Carmen.  Salió el  torero al ruedo algo distraído. Enterado de la muerte de su amada Carmen, una pena muy honda le embargaba. Nadie sabe  porque aquella mujer causaba tanta  euforia y ternura a la vez en el corazón de los hombres. Los tres la querían, a sabiendas de que ella  se entendía con los tres.

Cuando  al torero la Andaluza le comunicó el fatal desenlace de la gitana, en Niño del Callejón, se abrazó a la tabernera y llorando como un niño hipando le decía.

 _ Andaluza, mi vida se ha marchado con ella. Si me hubiese hecho caso ahora estaría aquí bailando y cantando  ¡ Con lo bien que lo hacia! Ahora  reposa en una tumba fría  teniendo por compañero un triste ciprés. Mira mejor era que se hubiese  quedando trabajando en el obrador de los uniformes. Mejor hubiese sido que nunca   se presentara ese tal Don José, por quien bebía los vientos.  Yo todo lo consentía  con tal de estar a su lado. Luego parece mentira que el Canutillo que ojalá se pudra en la cárcel del Puerto o de Ceuta, disparara contra ella. Si , creo que fue un accidente. El bandolero  a quien quería matar era al traidor del húsar. Traidor doble, a los suyos y a  ella a todos.¡ No puedo Andaluza, no puedo!

 Pero  la vida sigue, y  nadie se mantiene del aire. El Niño del Callejón  tenia que torear en su pueblo, como todos los años lo hacia , y aquel  fue el último.

  Cuando salió el  toro del chiquero, le dio un capotazo   sin ganas, pensaba en ella. A veces creía que  se encontraba entre el publico que lo silbaba. Otros años lo aplaudían. Aquel día  estaba mal, muy mal. El bicho era  bravo y algo traicionero. El Niño del Callejón, parecía  que  quería que el toro lo cogiera, y lo cogió.

 Vio en  uno de los tendidos a una morena. Era la sosia de Carmen, parecía  un  retrato hecho por el mismo patrón . Morena con el pelo suelto y un clavel rojo como ella en la sien  izquierda. El Niño del Callejón, la miraba, si, se decía parece ella, es como si hubiese  bajado del cielo para presenciar la corrida. No pudo  mirarla mas. El Toro lo embistió con tal ímpetu que lo lanzo  a las alturas, lo recogió  en el aire clavándole el pitón  izquierdo en el pecho. Le atravesó   rompiéndole el corazón. Cuado los de su cuadrilla fueron a recogerlo, ya había expirado. Nadie  lo oyó,  pero se decía que alguien  dijo que en el  momento en que fue  lanceado dijo. “ Va por ti Carmen.”

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 Don José, fue  juzgado en un consejo de guerra. El fiscal , un coronel pidió para el la pena capital. Por desertor, incumplidor  del  sagrado juramento que  empeño a su  regimiento a España y a sus compañeros. El defensor un capitán de infantería.  Lo defendió brillantemente.

 _ Señoría el acusado, es cierto que  ha cometido los delitos que se le imputan. Pero fue cegado por el  instinto o por la exigencia que la naturaleza obliga a  querer a una mujer. Lo hizo obcecado peor un amor, quizás embrujado por un sortilegio de gitana, pero nunca  quiso  causar mal a sus compañeros. La prueba es que  en cuanto vio que  viendo en peligro de muerte a su compañía, expuso su vida para salvarlos, y lo consiguió. Informes recabados del personal  civil, se dice sin temor a equivocarse ninguno, que  el evitó que los bandoleros  cometieran   delitos de sangre. Que a las señoras y mujeres las trataba con corrección  y empatia. Y quien sabe si se fue con la gitana, para  descubrir donde se hallaban  la guarida del Canutillo y sus hombres. Todos tenemos debilidades, somos hombres y ningún hombre es perfecto. Dicen que solo lo fue Jesucristo, pero yo digo que también tuvo sus debilidades ante una mujer. En fin esto no nos incumbe. Pero  por su arrojo, su valentía y  haber logrado salvar una compañía entera de húsares, que si no hubiese sido por el  a estas horas estarían muertos, pido su absolución y el  reingreso en su regimiento-

   Después de  varios juicios. Por fin el veredicto  fue , un mes de arresto, y la perdida del empleo. Pudiendo  reingresar como soldado raso.

 Así  estuvo dos años, una vez  invalidado el correctivo, le  dieron los galones de cabo. Y  al año siguiente  ascendió a sargento.

 Micaela, La infeliz, la noble y buena Micaela lo perdonó, y durante el tiempo  que duro el arresto, lo visitaba con la madre de Don José, de la que nunca se separó. Ya era vieja, y casi ciega pero reconoció a su hijo al que lo bendijo.

Se casaron, en una ceremonia sencilla. Y mas tarde  aquel regimiento, fue trasladado a Sevilla. El cuartel quedó en ruin as y hoy aun existen sus vastas paredes de piedra que el ayuntamiento ha  levantado una nueva  plaza de toros.

F   I   N