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LA MILI DE AQUELLOS TIEMPOS

Por Juan José Hormigo Bautista.

 

La mili   de aquellos tiempos

Capitulo  1

  Las nueve  de la mañana eran cuando el tren procedente de Madrid   llegó a la estación de Badajoz.

  Media hora antes   subimos a él en la pequeña localidad de Guadiana del Caudillo. Abarrotado  iba de viajeros, la mayoría quintos  que iban  como yo  a  entregarse en la Caja de Reclutas de la capital  extremeña. Después… cada uno a un destino diferente en toda la Península, el protectorado  español en Marruecos y las islas. Cantábamos hasta  la ronquera  Las madres son las que lloran/ que las novias no lo sienten/ se juntan cuatro granujas/ y con ellas  se divierten. Alegres sin llegar a la embriaguez profunda íbamos todos o casi todos. Cuando subí al tren me hallaba nervioso, me acompañaba mi padre, a entregarme a los militares  en Badajoz; al igual que muchos padres de  aquellos  quintos del año 1960.

  Enfrente de un matrimonio joven, o eso parecía y varias  jóvenes   del sexo opuesto al nuestro  que  según  supe  viajaban a la ciudad  a  servir  nos sentamos. Pero yo estuve poco tiempo en el duro asiento de madera, me separé de mi padre y de la grata compañía que llevábamos en el  departamento para unirme a los demás quintos.
  Al pasar por el Montijo (/ me dijo una montijana/ si eres quinto de este año/ vente conmigo a la cama/.  Cantaban a coro otros que venían de más allá de Mérida.

  Mi padre entabló conversación con uno de aquellos  hombres  que bien iban en comisión de quintos puesto por el ayuntamiento  de procedencia o padre, en este caso era padre. Hablaban ¡cómo no!  De  nuestros destinos. “Mi hijo va a Sevilla—decía un hombre grueso, de manos callosas que se notaba que había dejado  las manceras del arado para  acompañar a su hijo-continuó- Ahora no es nada la mili, lo malo es en guerra, cuando yo estuve sí que se sufría ¿Ahora?… unas  vacaciones.
-Mi hijo va a  Córdoba apostilló otro  también heredero del  noble oficio de  San Isidro.

  Me  llamó  mi  padre para presentarme a  aquellos labriegos

  • “ Este es mi hijo; va  muy cerca aquí  mismo
  • ¿A  Badajoz?
  • No, mejor  a  Mérida, el pueblo donde vivimos está muy bien comunicado por  tren y por carretera.
  • -¡ Qué suerte-se lamentó otro padre que llevaba cara de pena—al mío lo han destinado a Melilla, ha tenido  peor suerte
  • - Nunca se sabe, -le  dijo  mi  padre  para  consolarlo.

  Otra vez  me  marché  buscando  los  que  cantaban. Ahora  arreciaban  mas  con  la  Montijana  por  aquello  de  “vente  conmigo  a  la  cama”

 Nos  presentamos.

“  Yo  soy  de Medellín…Y  yo  de  La  Zarza, yo  de  Esparragalejo,  Yo  de  Villafranca, de  Hornachos  de  Ribera  del  Fresno,

  No  va  ninguno  de  Fuente  del Maestre (  ese  es  mi  pueblo  de  nacimiento) No  iba  ninguno, los  de  Villafranca  me  informaron  que  los  de  ese  pueblo o sea  mi  pueblo  se iban  en  el  autobús  que  le  pagaba  el  ayuntamiento  y  no  tomaban  el  tren.

- Yo  soy  natural  de  La  Fuente, pero  hace  años  que  vivo  en  Alcazaba, un   pueblecito  muy  pequeño   cerca  de  Guadiana  del  Caudillo, donde he  montado. Me  contagie  con  sus  chabacanas  coplas  y  perdiendo  un  poco  la  vergüenza cantaba a gritos  con ellos, especialmente la Montijana.

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Las  jóvenes criadas se asomaban al pasillo para vernos y oírnos entorpeciendo el paso a los usuarios del tren que  iban al retrete o simplemente a estirar las piernas.

  Nos creíamos importantes, pensábamos que aquellas humildes pueblerinas se enamoraban de nosotros, quizás algo  hubiese de verdad, pero en estas creencias arreciábamos las voces volviendo a la montijana que dijo  o eso decía la copla  lo de vente conmigo a la cama. Los hombres  nos miraban y sonreían con algo de melancolía y evocando  tiempos  pasados. Las muchachas volvían la cara y miraban disimuladamente hacia otro lado, cuando se  cruzaban las  insinuantes miradas y, las mujeres  de  edad  madres   nos  compadecían.

“ Pobrecitos, que alegres van!  Para después   suspirar  acordándose  seguramente  de  su  hijo  ya  en  filas  o  próximo  a  ingresar  en  la  milicia.

  Le  hicimos  lado  a  la  pareja  de  servicio  de  la  Guardia  Civil, cargados  de  correajes,  con  su  traje  verde  y  su  charolado  tricornio  negro;  una  era  casi  de  la  edad  nuestra, el  otro  tan  viejo  como  nuestros  padres. El  joven  se  sonreía al  escucharnos, el  viejo  gruñendo   comentaba  para  sí

 “ ¡ Ya se os  acabara  el  cante  en  el  cuartel, si  lo  sabré yo”

 “ Y  a  ti  que  te  importa- dijo  un   recluta  reprochando  los  comentarios  del  veterano  guardia  civil-  Pronto  seremos  iguales-  dijo  cuando  ya  la  pareja  se  internó  por  el  fuelle  de acceso  al  siguiente  vagón. Y  luego  comentó “ Pronto  seremos  iguales, también  nosotros  llevaremos  uniforme  y  un  fusil. Al fin  y  al  cabo  todos  soldados. Lo  que  no  sabía  el  recluta  es  que  la Guardia  Civil  son  profesionales  y  agentes  de  la  Autoridad  aunque  sean  también  soldados.

  No  sé  por qué  me  hice  a  la  idea  de  que  aquel  muchacho  no  le  tenía  mucha  simpatía  a  la  Benemérita.

  El  tren  penetró  en  el  túnel  que  está  llegando  a  la  estación  de  Badajoz; silbaba aminoró la  marcha entramos  en  la  estación  y  bruscamente  se  detuvo. La  estación  que  se  asemejaba  en  aquellos  tiempos  a  una  estación  del  lejano oeste, se  hallaba  abarrotada. Esperaban   los  familiares  a  los  viajeros  procedentes  de  la  línea  de  Madrid  y  Sevilla. También  el  expreso  de  Lisboa  llegaba  pocos  minutos  más  tarde  en  la  vía  de  enfrente  a  la  nuestra.

  Me  arrime  a  mi  padre,  al  bajar  del  vagón, nunca  había  salido del  pueblo  y  estaba  asustado  , cohibido, tenía  miedo  a  perderme. Había  muchos  soldados  por  la  sala  de  espera  y  en  los  andenes. Vi  a  tres  juntos  con  machetes  y  uno  de  ellos  llevaba  cintas  rojas  en  las  mangas,  me  imaginaba  que  era  el  que  mandaba, pero  no  sabía  la  graduación, hasta  que  mi  padre  me  explicó  que  era  el  cabo  que  mandaba  la  patrulla  de  vigilancia.

“  Ya  os  enterareis  cuando  lleguéis  al  cuartel”- nos  decían  los  soldados  al  paso  y  nos  berreaban. Altaneros  se  burlaban  de  nosotros  los  tímidos  reclutas  que  pronto  seriamos. El  cabo  los  mando  a  callar  y  saludando  obedecieron, cuando  llegamos  a  la   Caja  de Reclutas  ya   había  mozos  esperando  en  la  puerta. Eran los  de  la  capital  y  los  pueblos  más  cercanos.

  La  caja  de  Reclutas  había  sido  un  antiguo  cuartel  de  artillería. Asustados  entramos  en  aquel  caserón, y  su  patio  semejante  a  la  cárcel  de  mi  pueblo (  el  que  nací)  pero  mucho  más  grande. Badajoz  se  hallaba  en  fiestas, era  el  día  19  de  marzo  festividad  de  San  José. Olía  a  pólvora  de  los  fuegos  artificiales  y  cohetes  de  feria, la  primavera  a  la  vuelta  de  la esquina  las flores  del  cercano  parque  de  Castelar  exhalaban  sus  perfumes. La  ciudad  estaba  engalanada  bullanguera  alegre.

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 Era un día espléndido, la primavera  se  anunciaba tras un invierno  lluvioso cuajadas  de  flores, y  hasta   allí llegaba  el  perfume  de  las  rosas  del  parque  de  Castelar.
  Un    sargento  de  lacio  y  gran  bigote, ayudado  por  dos cabos  nos  mandaban  a  formar, confusión enorme como es lógico no  sabíamos  ni  colocarnos  en  fila  el  suboficial se  impacientaba, aunque no se mostraba  iracundo, tal vez por la permanencia  de  nuestros  familiares  en  la  puerta  del  cuartel  y  algunos  hasta  en  el  patio  donde   formábamos.  Después  de  formados  nos  proveyeron  de cuchara, tenedor y  cuchillo  las  tres  piezas  unidas  por  un  fleje que  los  mantenía  en  una sola  pieza. También  nos  dieron  un chusco  y   un  huevo  cocido  hecho  bocadillo, así  como  un  petate  vacío  y  una  cantimplora  para agua..
  Cuando  comprobaron  que  no  faltaba  nadie  según  la  lista, ordenaron  romper  filas  para  despedirnos  de  nuestros  padres, madres  fueron  muy  pocas- Mi  padre  me  abrazó  y  me  besó,  se  notaba  que  las  lágrimas  querían  asomar  a  sus  ojos  pero  se  hizo  el  fuerte  y  las  pudo  contener.

 “ ¡ Ten cuidado  hijo!- me  decía. Yo  he  estado  tres  años  en  la  guerra y  casi  dos  antes  en  la  mili  en  Madrid y  nunca  me  arrestaron. ¡ Pórtate  bien!. Ese fue  el  consejo  que  me   dio al  despedirse. Las  tres  o  cuatro  madres  que  allí  estaban  presente  lloraban y  también  algunas hermanas  y  novias. Mi  madre  se  quedó  en  casa, no  pudo  acompañarme, pero  fue  a  la  estación  del  pueblo  por  donde  pasaba  el  tren  destino  a  Mérida. Novia…aun no  era  novia  todavía, y  nunca lo fue, estaba  enamorado  de  una  rubia  de  nombre  María  de  los  Ángeles, a  la  que  le  escribí  una  carta  pidiéndole  amores ,pero  aunque  me  contestó  por  ironías  del  destino  nunca  llegó  a  mi  poder.

  Atravesamos  el  parque  de  Castelar,  lleno  de  soldados  y  “ marmotas”  como  los  veteranos  decían  a  las  muchachas  de servir  y  niñeras—beheee,  behee, nos  berreaban  los  veteranos  que  paseaban  con  ellas. Ellas  se  reían  aunque  algunas  compasivas  nos  preguntaban.

“  ¿ Dónde  os  llevan? ¡Pobrecitos!- y  nosotros  orgullosos  ufanos  le  contestábamos: a Mérida  a  Artillería.  Arreciaban  los  berridos  de  los veteranos,  por  el  puente  de  Palmas. Hasta  que  el  sargento  los  mandó  callar  con  amenazas  de  un  arresto.  Saludaron  y  se  callaron….la  disciplina  militar,  a  veces  es  precisa.. Iba  destinado  a  artillería  el  arma  de  mi  padre, y  yo  me  imaginaba  vistiendo  un  bonito  uniforme  como  el  de  mi  padre  con  las  bombetas  relucientes  en  los  cuellos  de  la  guerrera.

  Llegamos  a  la  estación  y  en  ella  nos  esperaba  un  tren viejo, cochambroso  con  asientos  de  madera y  una  locomotora  humeante, vieja,  que  se  le  conocía  haber  recorrido  todas  las  vías  de  España.¿  Cuantos  miles  de  soldados  habría  transportado  desde  su  fundación? nadie  lo  sabía, estaba  destinada  a  eso, era  un  tren  militar  con  locomotora  y  todo.  Y  en  sentido  opuesto  otro  tren, este  más  lujoso  con  locomotora  también  de  vapor  pero  más  grande, mas chata  era  el  expreso  de  Lisboa  con  las  letras  CP  doradas  en  los  coches ( Compañía  Portuguesa)  . Mas  soldados  en  la  estación, Badajoz  ciudad  fronteriza,  alojaba  muchas  guarniciones  por  entonces, tal  vez  por  eso  por  ser  frontera  con  Portugal o  por  la  causa  que  fuere  los  soldados  abundaban  mucho.

  Ya   embarcados  el  tren  arrancó  con  trabajo  la  locomotora  resoplaba  asmática  cansada  y  nosotros   empezamos  a  cantar  la  canción  de  despedida. A  dios  con  el  corazón,  que  con  el  alma  no  puedo  al  despedirme  de  ti  de  sentimiento  me  muero. 

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El  andén  se  pobló  de  pañuelos  blancos  como  palomitas  de  la  paz  que  nos daban la despedida .Las mocitas y  madres  nos  lanzaban  besos  con  las  manos, que nosotros  alegres  agradecíamos devolviéndoselos. Los veteranos  se  reían, y  el  jefe  de  estación  con  el  banderín  rojo plegado    se  entraba  en  su  despacho   diciéndose   seguramente, otro  menos.. Ya  fuera  de  las  agujas  el  tren  alcanzaba  más  velocidad  hasta  llegar  a  unos  sesenta  kilómetros  por  hora; traqueteaba, resoplaba  la  locomotora  como  caballejo  cansado,  pedía  ya  la  jubilación  o  mejor  el  desguace; otra  vez  empezamos  a  cantar  pero  ahora  era  otra  canción.  Yo no siento ir  a Melilla/ ni pasar  por  el  estrecho/ lo  que  siento  es  mi  morena/  que la  dejo  de  barbecho/.   ¿ porqué  pensábamos en  Melilla  si  todos  los  de  aquel  tren  nos  quedábamos  en  Mérida?, bueno  sería  una  corazonada  que  se  cumplió.  Nosotros  íbamos  a  artillería, yo  pensaba  que  era  el  arma, aunque  mi  abuela  decía  cuerpo donde  sirvió  mi  padre  en  el  año  33  allá  en  Madrid, y  después tres  años  en  el  frente  de  Extremadura  y  Córdoba  tres  años, rezándole  su  madre  a  Santa  Bárbara para  que  nada  le  sucediese, y  la  Santa  la  escuchó. Yo  pensaba  en  aquel  retrato  que   con  la  bandera  republicana   se  hizo  mi  padre  vistiendo  el  uniforme  de  artillero, con  sus  bombetas  relucientes  en  los  cuellos, pronto  las  luciría  yo  también, y  pensando  esto  me  sentía  ufano  y  orgulloso  de  que  me  destinaran  al  mismo  arma  que  a  mi  padre.

Primera parada  Talavera, rezaba  un  cartel  encima  de  la  puerta  principal  de  la  estación. Una  estación  en  medio  de  un  campo  de  encinas  y  alcornoques  que  estaban  arrancando  para  transformar  las  tierras  en  regadío. Rimeros  de  carbón  vegetal  se  apilaban  en  el  lugar  de  carga, y  vagones  negros  esperaban ser  cargados  para  seguir  su  rumbo  a  ¿  Madrid?  ¿Barcelona? ¿Valencia?   Puede,  lejos  sí  que  iban  a  descargar  el  combustible. Paró  poco   inmediatamente  emprendió  otra  vez  la  marcha,  quince  minutos  más  tarde  pasamos  por  Guadiana  del  Caudillo,  corría  el  tren  a  más  velocidad  quizás  que  a  ochenta  por  hora, la  vía  era  recta  y  llana  y  el  maquinista  aprovechaba  para  adelantar   terreno  y  horario. No  paró  en  esta  estación, si  lo  hizo  en  la  de  Montijo; tenía  que  dar  paso  al  rápido  de  Madrid, pero  no  nos  dejaron  bajar. El  vagón  donde íbamos  paro  frente  a  la  cantina, dentro  una  joven  fea  y  panda  que  sería  y  era  la  cantinera  nos  sacaba  la  lengua, y  nosotros  le  dedicábamos  palabras   como  tía  buena, vente  con  nosotros  al  cuartel. El  sargento  nos  mandó  a  callar  y  obedecimos  al  momento. Otros  quince  minutos  después   bajábamos  en  la  importante  estación  de  la  Emérita  Augusta, cuando  el  sol  se  ocultaba  por  las  sierras  de  San  Serván y  las  luces  de  neón  empezaban  a  despertarse.   Llegamos a  nuestro  destino. El  cuartel  se  hallaba  cerca  de  la  estación  y  hasta   el  fuimos  andando  ,  a  pié, Al  entrar  por  el  portón  el  centinela  saludaba, y  la  guardia  estaba  formada ¿ Para  nosotros?, no  lo  creíamos, pero  sí  era  para  nosotros. Al  penetrar  en  el  patio  del  cuartel  arreciaron  los  berridos,  de  los  veteranos, y  nosotros  asustados  temblábamos  de miedo  a  lo  desconocido,  que  luego  no  fue  tan  malo  como  algunos  decían.
  Solamente  comimos  el  chusco  de  pan  y  el  huevo  duro en  todo  el  día, y  tragos  de  agua  caliente  de  la  cantimplora  que  nos  dieron  en  la  caja  de  reclutas. Por  lo  que  enseguida  nos  llevaron  al  comedor  donde  en  unas  bandejas  de  aluminio  nos  tenían  unas  tortillas  a  la  española  y  un  vaso  de  leche  con  otro  chusco. El  olor  era  nauseabundo, acostumbrados  a nuestras  casas, la  verdad  que  a  pesar  del  hambre  no  comimos  mucho. El  cabo  1º  que   nos  asignaron  aquella  noche  que  era  el  de  semana,  decía –“  ¿ No  queréis  comer  ¿  Ya  comeréis  y  esos  olores  mañana cuando os coloquen las  vacunas serán  a  rosa.

 Después  cerca  de  las  diez,  nos  llevaron  al  dormitorio, era  una  sala  corrida  con  camas  en  el  suelo  a  izquierda  y  derecha, las  colchonetas  estaban llenas  con  paja, que, por lo  trillada  era  casi  tierra, como  tamo, dos  burdas  sábanas  de   dudosa  limpieza,  y  dos  mantas  grises  con  una  franja  blanca en  los  extremos  por  la  parte  más  estrecha, típica  de  las  mantas  militares  de  aquellos  tiempos, una  almohada  o  cabezal    poco  limpio  con  una  burda  funda  medio  amarilla, ya  que  el  color  blanco  lo  había  perdido  por  los  sudores  de  miles  de  cabezas  que  se  reposarían  en  ellas  el  sueño ,también  como  las  colchonetas  rellenas  de  paja  desmenuzada  seria  nuestro  lecho  hasta  que  se  licenciaran  los  veteranos. El  cabo  1º  nos  deseó  buenas  noches  y  a  continuación  pronunció  esta frase.


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 “  Después del  toque  de  silencio  que  va  a ser  a  continuación, no  quiero  oír  ni  una  mosca, y  advierto  el  que  forme  escándalo  o  hable  va  a  dormir  a la  prevención  en  el   duro  suelo,  pero  antes  recibirá  un  par  de  bofetadas  de  mi  mano”.

Con  estas  palabras  es  de  suponer  que  nadie   dijo  nada, es  mas  yo  al  menos  me  fingía  dormido  sin  estarlo.

 A  las  seis  de  la  mañana  nos  tocaron  diana, carreras, nervios mal  colocadas  las  prendas  de  paisano, las  que  llevamos  de  casa, ya  que  el  uniforme  no  lo  entregarían, cuando  nos pusieran las  temidas  vacunas. Formados  como  es   lógico  mal  y tarde, de  paisano, y  una vez  pasada  lista  otra  vez  al  comedor a  desayunar; ya  no  nos  olía  tan  mal, y  aun  sin  vacunar. Café  con  leche  y  panecillo  con  mantequilla, desayunamos, y  todos  bebimos  y  comimos  lo  que  nos  pusieron, sin  rechistar. Luego  al  botiquín, talla  y  reconocimiento, este departamento  era  más  higiénico  que  el  comedor  y  el  dormitorio. Finalizado  el  reconocimiento, llegó  la  hora  de  las  vacunas. En  filas  uno  detrás  del  otro, en  las  espalda ( la paletilla)  nos  clavaba  un  practicante  la  aguja, otro  a  continuación, nos  inyectaba  el  líquido  milagroso  con  una jeringuilla  me  figuro  que  todo  desinfectado, y  este  también  nos  sacaba la  aguja  y  nos  untaba  con  yodo  el  lugar  del pinchazo. Algunos  se  mareaban, y  hubo  alguno  que  cayó  redondo  al  suelo.. De  allí  al  almacén  de  vestuario, por  fin  nos  iban  a  vestir  de  soldados, nos darían  la  ropa  como  nosotros decíamos. No  la  dieron  al  azar, y  lógicamente  nos  sentaba  mal, al  que  no  le  estaba  grande le  estaba  muy  pequeña, parece  que  lo  hacían adrede, con  uniformes  tan  grande  algunos  parecían payasos  de  circo. “Cambiaros  los  uniformes  -decía el  brigada  que  nos  la proporcionaba, y  empezó  el  cambio. A  mí  el  pantalón  me  venía  corto, la  guerrera  bastante  bien, me  lo cambió  otro  que  le  venía  muy  grande,- pues  el  muchacho  no  era  muy  alto, y  por  fin  si  no  cortado  por  un  patrón, si  casi  a  la  medida,  al  final  todos  contentos,  hasta  el  brigada, igual  ocurrió  con  las  gorras  y  las  botas. Tengo  que  decir  que  a  mí  no  me  sentaba  mal, y  cuando  me  vi  vestido  de  soldado  fue  un  gran  orgullo   y  una  gran  ilusión, ya  que  los  uniformes  me  encantan.

  A  continuación  el  destino, nos  encuadraron  en las  baterías, la  primera  y  la  segunda, solo  de  dos  se  componía  el  regimiento. Fui  destinado  a  la  primera, segunda  sección, cuarto  pelotón  y  sexta  escuadra.. A  mi  escuadra  destinaron  a  Nicolás, no  he  hablado  de  él, ahora  lo  hago. Nicolás  era  un  muchacho  taciturno, hablaba  poco, ya  en  el  tren  se  mostraba  remiso, no  cantaba  y  se  le  veía  muy  apenado, era  analfabeto  total, en  su pueblo  según  me  dijo, era  obrero  agrícola, que  lo  explotaban  todos  los  “señoritos” del  lugar, trabajando  de  sol a  sol  por  un  mísero salario.

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  Otros  que fueron  destinados a mis unidades y  excelentes  compañeros  de  fatigas   como Juan Márquez  natural  de  Hornachos, barbero  en  su  pueblo, y  luego  lo  fue  en  el  regimiento, se  las  daba  de  listo, sabía  leer  y  escribir, y  siempre  estaba  enseñando  la  fotografía  de  su  novia. Por  cierto  no  muy  agraciada. Alonso Llamazares, de  Villafranca de los  Barros, enfermizo  amargado, muy pesimista, sabía leer y  escribir, pero  deficientemente. Juan  Martínez, albañil  como Alonso y  del  mismo  pueblo, regordete muy  chistoso y  optimista, que  en  momentos  difíciles  nos  hacía  reír  con  sus  chascarrillos, sabía  leer y  escribir  pero  con  muchas  faltas  de  ortografía. Luego  el  intelectual José  Rabanal de  Don Benito, administrativo, bastante  culto, pero  siempre  amargado, no  le  gustaba  la  vida  militar  ni  para  diversiones, que, aunque  pocas también  las  teníamos, los seis  formamos  la  escuadra  de  fusileros. El  cabo  que  nos  mandaba era un tipo chulo, déspota y  abusón, era  de  Castuera.

  Aquel  mismo  día una vez  uniformados empezamos  la  instrucción sin  armas. Mucho  saludo; cinco  días  nos  estuvieron  enseñando  a  saludar y  durante  esos  cinco  días  no  nos  dieron  paseo  ni  salida  del  cuartel.

  “  Hasta  que  no  sepáis  saludar  correctamente y  el  uniforme  en  perfecto  estado   no  salís  de  paseo”- nos  decía  el  capitán  constantemente. Tantas  veces  hicimos  el saludo  militar  que  saludábamos  mejor  que  los  veteranos  y  hasta  que  los  oficiales.

  Por  fin  llegó  el  día  deseado, era  domingo  y  cuando finalizara  la  misa, ya  podíamos  permanecer  en  la  calle  hasta  el  toque  de  retreta, por  las  calles  y  plazas  de  Mérida. No  salimos  todos, yo  sí, pero  Alonso  Llamazares  por  no  aprender  el  saludo  como  nos  exigían  se  quedó  sin  paseo.  Mi  madre  me  esperaba  en  la  puerta  del  cuartel, ya  le  comuniqué  en  una  carta  que  el  domingo  nos  daban  licencia  para  salir  todo  el  día  de  paseo  por  Mérida, aunque  no  nos  podíamos  desplazar  a  ninguna  población  ni  a  la  mas  cercana ;   le  acompañaba  mi  hermana  la  pequeña  de  cuatro  años  de  edad. Muchas  madres  y  novias  y  hermanas  estaban  en  la  puerta  esperando  la  salida  de  los  reclutas es  decir  de  nosotros.  Una  mujer  de  unos  37  años  me  besó  y  me  abrazó-¡¡ Hijo  mío…!!!- exclamó  las  lágrimas  de  aquella  madre  me  humedecieron  las  mejillas, quedé  sorprendido, y  lo  que  ocurrió  es  que  como  todos  vestíamos  iguales  se  equivocó  y  me  tomó  por  su  hijo. La  pobre  mujer  al   darse  cuenta  de  su  error, prorrumpió  en  un  copioso  llanto.  Su  hijo  no  había  salido  de  paseo  se  lo  denegaron  por  no  sé  qué  del  uniforme   o  de  los  botones  que  no  estaban  bien  cosidos  y  se  desprendieron  dos  o  tres  de  la  guerrera. El  cabo  de  guardia  que  se  percató  de  lo  que  acontecía  y  lo  angustiada  que  se  encontraba  aquella  señora  al  no  encontrar  a  su  hijo, tal  vez  pensando  en  su  madre hizo  una  buena  acción  para  su  ínfimo  cargo.

  “¿Que  le  ocurre  señora? “- le  preguntó. La  pobre  mujer  sin  dejar  de  llorar, le   dijo  que  no  veía  a  su  hijo  entre  todos  aquellos  soldados, y  le  dijo  el  nombre.  Estaba  arrestado  en  la  cocina, y  no  podía  salir  de  ella  pelando  patatas  y  fregando  platos. La  mujer  insistía  que  quería  ver  un  segundo  a  su  Manolito, ya  que  se  había  desplazado  de  un  pueblo  lejano para eso. El  cabo  habló  con  el  oficial  de  guardia  y  el  jefe  de  cocina, para  que  le  concedieran  esa  gracia  de  que  su  madre  lo  quería ver. Las  madres,  que  cosa  hay  como  una  madre, nada  por  mala  que  sea. El  oficial  y  el  encargado  de  cocina  se  enternecieron  a las    palabras  del  cabo  y  le  concedieron  estar  con  la  autora  de  sus  días  una  hora, en  el  cuerpo  de  guardia  sala  de  visitas.

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  Mi madre  me  trajo un  paquete de comida, chorizo, queso de oveja, chucherías  como caramelos y avellanas  y  también  un  paquete  de  Ideales, para entendernos  de  tabaco  que  entonces  la  marca  ideales  se  fumaba  mucho  entre  los  pobres.  Lo  repartí  con  los  de  mi  escuadra, y  es  que  el  compañerismo  en  aquellos  tiempos  superaba  lo  normal y  mas  entre  soldados. Se  tuvo  que  marchar  en  el  tren  de  las  tres,  no  circulaba  otro  hasta  el   día  siguiente  por  la  mañana. Cuando  mi  madre  y  mi  hermana  se  marcharon, me  reuní  con  Nicolás y  Juan  Martínez  y  nos  fuimos  a  pasear  a  la  populosa  calle  de  Santa  Eulalia. Nos  dijo  Nicolás  que  había  una  prima  suya  sirviendo  en  una  casa  de  la  ciudad, pero  no  sabía  donde, a  los  diez  minutos  no  la  encontramos. Mérida  es  pequeña, y  más  en aquel  tiempo y  no  era  difícil  localizar  a  una  persona. Cuando  lo  vio  exclamó  echándole  los  brazos  al  cuello  alegremente.

  “ ¡ Ay   primo, que  alegría sabía  por  mi  madre que  te  habían destinado  aquí.

  Nicolás  nos  la  presento  muy  contento  y  ufano  de  tener  a  alguien  con quien  pasar  el  rato  cuando  nos  dieran  paseo. Se  llamaba  Loli  y  era  una  morena  muy  guapa, aunque  sus  manos  las  tenia  ásperas  por  la  acción  del fregoteo, que  con   énfasis  nos  tendió  a  todos. Con  ella  iban  dos  más, una  rubia  de  nombre  Juani, no  tan  agraciada  como  Loli, pero  sí  de  buen  ver  y  mejor  pasar, la  otra  era  Estrella  de  nombre, algo  menos  agraciada  que  las  dos  primeras,  color  caoba, que  tampoco  estaba  mal  para  pasar  la  mili, color  caoba  era  su  pelo, largo  y  sujeto  por  una  horquilla  en  la  sien  izquierda . Vestían  con mucha  sencillez. Faldas  plisadas  por  las  rodillas  y  rebeca  de  entre  tiempo  azules  y  rojas. Tengo  que  decir  que  eran  muy  simpáticas  y  amables. Las  tres quizás  buscaran  en  nosotros  aprovecharse  pero  si  así  era  ni  les  dio  tiempo  a  ellas  ni  a  nosotros, pocos  días  íbamos  a  permanecer  en  la  ciudad  romana.

   En  las  ciudades  donde  existen  guarniciones  militares  - hoy  todo  es  diferente-  pero  en  aquella época  los  soldados  buscaban  en  parques  y   jardines  así  como  en  paseos  a  las  criadas  y  niñeras, para  tener  compañía  pasar  un  rato  agradable  y  olvidar  amarguras  que  por  varias  causas  produce  el  estar  fuera  del  hogar  familiar. Ellas  también  están  solas  en  la   inhóspita  ciudad, no  muy  bien  consideradas injustamente  por  muchos  ciudadanos, por  lo  que  aceptan  la  compañía  de  los  muchachos  venido  de  los  pueblos  a  cumplir  con  sus  obligaciones  militares , tal  como  lo  mandaba  el  régimen  de  entonces.
 Entre  esas  muchachas  las  hay  buenas, muy  buenas  y  tan  honradas  como  las  señoritas  de   alcurnia  que  siempre  se  creen    superiores  a  ellas .

 Los seis  nos  encaminamos  calle  abajo  hacia  la  plaza  de  España. Existían  y  existen  dos  o  tres  kioscos  de  bebidas  que  en  el  estío  y  primavera  y  otoño, es  decir  con  el  buen  tiempo, sacan  mesas  y  sillas para  sentarse  los   paseantes  a  tomar  algo  de  bebida, siempre  refrescantes. En  una  de  aquellas  mesas y  sillas  que  estaban  vacías  nos  sentamos  los  seis, aceptaron  las  muchachas  la  invitación, como  una  de  ellas   era  prima  de  uno  de  los  reclutas  lo  hicieron  con  más  confianza .

  Pedimos  cerveza  para  los  hombres  y  refrescos  para  las  mujeres. Los   niños  jugaban  alrededor  con  una  pelota  y  otros  reclutas  paseaban   envidiosos  de  vernos  en  tan  preciosa  compañía.

  Unos  soldados  veteranos  que  iban  solos  se  acercaron    donde  estábamos  sentados, trataron  a  las  muchachas  de  zorras, seguramente  las  conocían  de  antes.

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   “ ¡Hola  ·Estrelli ¡- se dirigió  a  la  muchacha,  que   estaba  sentada  mas  afuera de la  mesa--   Ya  están  las  zorras  desplumando a los  polluelos  ¿no? Aquella  ofensa  la  azoró. Juan  Martínez  se  puso  de  pié  lo  mismo  hice  yo, queríamos  partirle  la  cara  a  aquel  energúmeno, pero  cerca  se  encontraba  la  vigilancia, y  si  formábamos  un  altercado  terminaríamos  todos  en  el  calabozo, eso  nos  contuvo. . A  la  joven  le  faltó  poco  para  llorar, quiso  marcharse  de  allí- “   nos queremos ir  de  aquí”- dijeron  las  tres   doncellas, y  nos  miraban  con  ojos  de suplica. No  nos  marchamos, y  seguimos  allí, Estrelli  se  levantó, pero  Nicolás  le  rogó  que  se  sentara, que  aquellos   tipejos  no  volverían  a  insultarla, y  así  fue  pues  los   veteranos  se  fueron  calle  Santa  Eulalia  arriba  dirección  del  cuartel.  Aquel  “incidente “nos  dejó  un  sabor  de  boca  amargo. Nos  despedimos  de  las  muchachas  en  la  puerta  de  la  Villa, , extremo  norte  de  la  calle  Santa  Eulalia, y  nunca  más  las  volvimos  a  ver, , nosotros, salimos pocas  tardes, y  si  ellas  salieron  no  coincidimos  en  el  paseo.

                                                *    *    *

 El  campamento  lo  montamos en  la  sierra  de  Córdoba, cerca  de  la  estación  de  ferrocarril  de  Obejo.

  Dos  días  estuvimos cargando  el  tren, con  cañones, camiones  , obuses  y  tiendas  de  campaña, así  como  otro  material  de  guerra  y  campaña. Un  atardecer  casi  al  ponerse  el  sol ,  embarcamos  en  Mérida  rumbo  al  campamento,  la  tarde  era  calurosa, a  pesar  de  estar  a  finales  de  Marzo, creo  recordar  que  era  el  día  29. ¡Que  hermosa  tarde  para  pasear  con  Loli, Juani  y  Estrelli…!  Pero  aquello  quedaría  muy  lejos, y  nunca  más  se  repetiría  en  Mérida, ya  que  más  de  la  mitad  de  aquel  contingente  de  tropa  no  regresamos  a  la  ciudad  del  Guadiana..  Vestíamos  un  mono  caqui, lleno  de  manchas,  pringoso  de  la  grasa  de  los  cañones,  de  la cocina   de  campaña  y  de  todo  el  material  que  cargamos  en  la  estación  emeritense. Se  apoderó  de  mi  la  melancolía, recordaba  a  mi  pueblo, mi  padre  y  madre, y  también  aquella  rubia  María  de  los  Ángeles  que  estaba  enamorado  de  ella  , pero  por ironías  de  la  suerte  o  del  destino  nunca  llegamos  a  ser  novios. Luego  al  compás  del  cha-ca-cha  del  tren,  rememoraba  a  Estrelli  y  a  las  otras  dos  ,  Juani  y  la  prima  de  Nicolás, Loli ¿  Seria  verdad  lo  que espetó  el  veterano  en  su  cara? ¿ sería  Estrelli  y  las otras  unas  zorras… puede ser, pero  las  muchachas  no  lo  demostraron  aquel  día.  Silbó  la  locomotora, era  noche  cerrada, oscura, y  aquel  vagón  donde   viajábamos, apretujados  y sudorosos, ya  que  había  dos  soldados  mas  en  cada  asiento  de  madera, y  la  carga  humana  nos  hacia  sudar. Por  supuesto  que  en  aquel  vagón  solo  íbamos  soldados , cabos  y  algún  cabo  primero, los  oficiales  y  suboficiales   iban  en  otro  más  cómodo  y  con  menos  carga  humana.. Otra  vez  se  me  vinieron   a  la mente  el  pueblo,  , Recordaba  a  mi  abuela  ya  bastante  vieja,  que  me   puso  una  medalla  para  que  la  virgen  me  protegiera, a  mi  padre  en  el  trabajo  del  campo,  labrando  el  huerto, a  mi  madre  haciendo  las  labores  de  la  casa, a  mi  hermano  y  hermanas, la  mayor  trabajando  en  la  recogida  y  plantación  de  tomates, algodón  pimientos  y  todo  los  productos  de  la  huerta,   Y  ¡ cómo  no!  a  María  de  los Ángeles  con  su  pelo  rubio  como  el  oro, aunque  la  verdad  de  cara  no  era  muy  guapa, pero  estaba  hermosa  radiante  y   muy atractiva. ¿Que  haría  el  domingo? ¿Asistiría  al  baile?  O  tal  vez  al  pequeño  cine    con  proyector  de  16  m/m,  de  películas  españolas  que  solían  proyectar.

Yo el  domingo  estaría acostado  en  el  santo  suelo, bajo la  lona  de  una  tienda  militar, a  oscuras o  alumbrado  por  velas, eso  si  no  estaba  haciendo  alguna  imaginaria  mientras  ella  se  divertía  en  el  baile: Guardia  al  no  haber  jurado  fidelidad  a  la  Bandera todavía  no  nos  nombraban.

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  Toda  la  noche  estuvimos  en  aquel  tren, llegamos  a  Almorchón  a  media  noche, para  seguir  la  línea  de  Córdoba, vía  con  muchas  curvas  y  túneles, ya  que  va  por  toda  la  sierra, por  eso  los  cordobeses  le  llamaban, y  digo  le  llamaban  porque  ya  no  circulan  trenes  por  ella, la  vía  de  la  sierra. Medio  durmiendo, medio  en duermevela, arribamos  a  la  estación  de  Obejo  al  amanecer; nos  esperaban  soldados  de  otros  regimientos  que  habían  llegado  el  día anterior y  nos  tenían  preparado  el  desayuno: café  con  leche  y  panecillos  con  manteca.  Eso  decían- De  café …, café  no  sé  si  tendría  mucho, más  bien  era  cebada  tostada  y  la  leche  algo  aguada, pero  nos  reconfortó  de  la  mala noche  que  pasamos.

  “  Tenemos  que  descargar  el  tren, y  montar  las  tiendas”- ordenaban  los  sargentos, cabos  1º  y  cabos. Un  teniente  que  llegó  en  el  coche  de  los  oficiales  fue  para  azuzarnos  a  que  nos  diéramos  prisa, pues  a  mediodía  debía  y  tenía  que  estar  todo  listo. Algunos  protestaron entre  dientes  y  oídos  por  el  oficial  fueron  arrestados. –No  hay  derecho- objetó  Nicolás- No  he  dormido  en  toda  la  noche, estoy  cansado y  ahora  nos  mandan  trabajar  como  a  mulas.. Lo  oyó  el  sargento y, lo  premió  con  dos  sonoras  bofetadas  en  la  cara. Nadie  se  atrevió  a  decir  nada  al  respecto.

  Alonso  decía  que  se  moría que  no  aguantaba  aquello, pero  su  paisano  Juan  Martínez  lo  animaba  diciendo  que  nadie  se  muere  trabajando, y  cuanto  antes  acabáramos  la  faena  mejor, luego seguramente  nos  darían  un  buen  descanso.

  Sudábamos  descargando  el  material  de  guerra, cañones  pesados,  obuses, la  cocina  y  todo  lo  demás. Sucios  sin  habernos  lavado  ni la  cara, pues  no  teníamos  agua y  en  todo  el  alrededor  no  existía ni  fuente, ni  riachuelo  ni  manantial  alguno. El  muelle  era  de  tierra  y  una  polvareda  enorme  se  levantaba  con  los  pies  y  las  ruedas  de  las  piezas  y  camiones.

  “  De  duchas  y  mujeres  os  podéis  despedir  durante  el  tiempo  que  estéis  aquí- , nos  decían  los  sargentos y  cabos, la  verdad es  que  excepto  los  oficiales, ellos  tampoco  la  tenían. Una vez  descargado  el  tren  no  con  mucho  calor, pues  de  los  picos  serranos  corría  un  airecillo  bastante  agradable; el  sudor  era  por  el  esfuerzo  realizado. Como  decía, una  vez  descargado  el  tren, anduvimos más  de  un  kilómetro, con  el  mosquetón, correaje   dotación  de  municiones  y  la  cantimplora  vacía, hasta  la  explanada  donde  montamos  el  campamento; eso  sí.  Era  un  bucólico  paraje  rodeado  de  frondosas  encinas  y  muchas  jaras.  El  saco  petate  con  el  uniforme  de  paseo  y  ropa  interior  lo  llevaron  en  los  camiones, solo  no  lo  pusimos  para  la  Jura  de  Bandera, y  algún  domingo  libre  que  nos  desplazábamos  a  algún pueblo cercano. Les  pusimos  con  bolígrafo  el  nombre en  la  tela  y  así  cada  uno  conocía  el  suyo. Montamos  las  tiendas  treinta  en  total,  y  una  vez  todo  preparado  y  montada  la  cocina de  campaña, nos  cocinaron  un  arroz  con  gambas, acompañada  de  un  vaso  de  vino  y  otro  de  agua, de  postre  naranjas. La  comida  a  las  cinco  de  la  tarde  fue  en  la  tienda  que  nos  asignaron. La  comida  la  trajeron  en camiones  desde  Córdoba y, el  agua  de  un  pantano  a  diez  o  doce  kilómetros  en  un  camión  cisterna. Del  camión  nos  surtimos  los  tres  meses  que  allí  permanecimos. Una  cantimplora  de  dos  litros diaria, para  beber, lavarnos  y  afeitarnos, no  había más.

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    A  menos  de  un   kilómetro, de  donde  instalamos  el  campamento, y  a  pocos  metros  de  la  estación  de  ferrocarril, se  hallaba  “ La  Casita  de  Papel”. Que  era  una  tasca  en  medio  del  campo, próxima  también  a  la  carretera  Badajoz- Córdoba, el  letrero  había  sido  pintado  en  la  fachada  por  encima  de  la  puerta  con  letras  negras, de caracteres  latinos. Detrás  del  mostrador  servía  a  los  soldados, cuando  los  domingos  y  festivos  estábamos  libre  de  servicio,  una  mujer  de  unos  treinta  años. Era  la  diversión  que  encontramos  en aquellos  encinares. Los  soldados  más  cultos  bautizaron  la  tasca  con el  apelativo  de  “ Templo  de  Baco”, porque  era  allí  donde  íbamos  a  saciar  la  sed  y  algunos  se  embriagaban. Vendían  en  la  Casita  de  Papel, tarjetas  postales  alegóricas  a  la mili, es  decir  soldados  y  alférez en  uniforme  de  gala, y  a  su  lado  una  señorita  para  los  de  la  estrella, y  una  moza  sirvienta  para  los   rasos. Al  menos  dentro  de  las  fatigas  diarias, teníamos  un  sitio  para  esparcirnos  los  días  de  descanso.  La  mujer  que  regentaba  aquella  taberna, parecía  honrada  y  se  compadecía  de  los  reclutas, y  en  más  de  una  ocasión nos  sacó  del  apuro  con  cosas  tan  sencillas  como  coser  un  roto  en  la  casaca  de instrucción,  pegar  un  botón  o  prestarnos  aguja  e  hilo  para  coser  galones  y  emblemas.

    En  cuanto  al  rancho  o  comida  era  regular, cuando  mejor  se  comía  era los  domingos  que no  faltaba  la  paella  valenciana- eso  ponía  la  orden  del  día- . Un   domingo  que  me  nombraron  cocina, vi  como  era  aquello, por  cierto  no  muy  agradable.. Era  para  quitar  el  hambre  sin  probar  bocado. Una  gran  perola  llena  de  agua, de  la  que  el  camión  traía  del  pantano hirviendo  en  un  fuego  de  leña  de  encina y  brezos, todo  al  aire  libre, un  enjambre  de  moscas  nos  invadía  por  los  cuatro  puntos  cardinales, debido  a  la  basura  acumulada  de  los  desperdicios  de  pescado  y  a  veces  carne, dicho  sea  de  paso  no  muy  adecuada  para  el  consumo  humano, el  olor  era  nauseabundo, y  a  veces   te  entraban  ganas  de  vomitar   aunque   nos  tenían  preparados con  vacunas. En  aquella  gran  perola  que   cabía  un  hombre  sentado, echaron  el  arroz, un   medio  saco  de  azafrán  y  unos  kilos  de  gambas   de  un olor  desagradable. Dos  soldados  rancheros, provistos  de  dos  palas  de  madera semejante  a  la  de  los  panaderos, le  daban  vueltas  y  más  vueltas hasta  que  los  blancos  granos  de  arroz  se  volvían  amarillo. Luego  encima  le  ponían  aceite, no  mucha, por  si  nos  hacía  daño,. Y  esa  era  la  paella  valenciana, que  los  domingos  nos  servían  con  un  chusco  de  pan,  un  vasito  de  vino  blanco y  de  postre  una  naranja, el  agua  de la  ración  de  dos  litros  que  por  las  mañana  del  camión  con  un  centinela  llenábamos  a  cantimplora.

  A  las  siete  de  la  mañana  tocaban  diana. Corriendo  al  desayuno,  café  con  leche  y  panecillos, eso  era  siempre  igual, luego  con  el  agua  que  sobraba  del  día  anterior nos  quitábamos  las  legañas. Y  nos  afeitábamos  al  aire  libre, con  brocha  dura  y  jabón  malo, y  la  hoja  para  que  contar. Decía  Juan  Martínez  que  a  su  cuchilla  de  afeitar  solo  le  faltaba  hablar, porque  dientes  para  morder  sí  que  tenía. Todos menos  Nicolás  y  Alonso  el  amargado  nos  reímos  de  la  ocurrencia. Nicolás  no  se  lavaba  nunca, porque  el agua  se  la  bebía  y  no  le  llagaba  para  el  aseo, se  afeitaba  no  sé  cómo. Siempre  se hallaba  triste dubitativo, y  a  veces  mas  amargado  que  Alonso.

  “- ¿Me  quieres  escribir  una  carta?- me  dijo  un  día.

 “Claro  que  quiero ¿cómo  no  voy  a  querer?- le  respondí.

 “- No hay problema, a  mi  me  gusta  escribir, así  no una  si  quieres  dos  también  te  escribo; una  a  tu  madre  y  otra  a  tu  novia.

--“  No  sólo  a  mi  madre, escribirle  a  la  que  fue  mi  novia  me  deshonra.

--“¡Perdona  Nicolás, si  te  he  ofendido, no  quería  hacerlo!

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-“No, no  me  has  ofendido. Es  más  veo  que  eres  buen  compañero  y  amigo, te  voy  a  contar  mi  vida,  que  es  bastante  triste.

 Hizo  una  pausa  y  comenzó  así.

“- Mi  pueblo  está  muy  cerca  de  Zafra, es  muy  pequeño y  nos  conocemos  todos; mi  padre  murió  siendo  yo  un  niño, solo  contaba  doce  años, por  lo  que  como  es  lógico  soy  hijo  de  viuda. Murió  mi  padre  en  un  accidente  laboral, trabajaba  en  las  canteras de la  Halconera, haciendo  barrenos  para  sacar  la  piedra  de  la  cal, no  calculó  bien  la  mecha  y  le  explosionó  un  barreno   a  menos  de  un  metro. Por  lo  tanto  pude  librarme  de  la  mili, mi  madre  así  lo  quería, le  concedieron  una  paga  muy  corta  que  apenas  teníamos  para  comer.  Y  para  mas  pena  lo  de  la puta  de  mi  novia.

 Calló  un  instante,   bebió  un  trago  de  agua  de  la  cantimplora  y  siguió.

“ Estuve  novio  con  ella tres  años, pero  era  yo  tan  pobre  que  nada  podía  darle. Y  ella  exigía   muchas  cosas. Es  bastante  guapa, y  llegó  un  chulo  de  Zafra  con  una  moto  grande, y  su  padre  poseía  algunas  tierras  de  labranza  y  una  tienda  de  ultramarinos. Yo  huyendo  del  hambre  había  marchado  a  Barcelona  con  sólo  dieciocho  años. Dos  años  estuve  en  Cataluña y  me  encontré  que   se  había  arreglado  con  el  de  Zafra; me  dejó  por  el  interés del  dinero. Los  lujos  y  el  dinero que, no  era  una  gran  cosa, pero  si  para  vivir  desahogada la  cegaron  y  todo  lo  que  decía  que  me  amaba  se  desvaneció. Así  que  no  quiero  de  ella  ni  escuchar  su  nombre.

  La  carta  que  me  dictó  para  su  madre, estaba  plagada de  mentiras, todo  para  que  no  sufriera- decía  así.

 “Madre  aquí   se está  muy  bien. Los  mandos  nos  tratan  con  mucho  cariño  y  los  compañeros  son  todos  muy  buenos- esto  si  era  verdad, al  menos   los  de  nuestra  escuadra- No  se  preocupe  por  mi  y  cuídese  bien. Es  mejor  que  haya  venido  a  la  mili  de  lo  contrario…  no  sé  lo  que  hubiera  hecho, en  fin  dejemos  eso, . Pronto  me  darán  permiso y  la  besaré  como  se  merece, si  ve  usted  a  Andrea  no  riña  con  ella, no  merece  la  pena, puede  que  de  aquí  le  lleve  una   con mejores  sentimientos  que  la  haga  feliz  y  a  mí  también. No  la  insulte  Dios  le  dará  su  merecido. Bueno  que  le  voy  a  poner  más… ¡Ah!  Se  me  olvidaba  decirle   que  las  comidas  son  muy  buenas  y  abundantes- está  fue  la  mentira  más  grande- ya  que  ti  eran  buenas  ni  abundantes, y  menos  mal  que  del  agua  nada  le  dijo, que  si  le  dice  la  verdad, seguro  que  la  pobre  mujer  no  duerme  en  todo  el  tiempo  que  permaneció  su  hijo  en  la  mili. Aunque  la  verdad  en  el  cuartel  todo  fue  muy  distinto.

  Finalizaba  la  carta  con  Reciba  usted  muchos  besos  y  abrazos  de  su  hijo  que  no  la  olvida. Luego  en  la posdata  le  decía  que  un  buen  muchacho  le  escribía  la  carta  y  que  eso  ya  lo  tenía  solucionado, que  ella  se  la  diera  para que  se  la  leyera  al  cura  o  al  maestro  o  maestra,  que  son  los  que  más  saben  en  el  pueblo y  te  dicen  la  verdad.

  Me  dio  las  gracias  cuando  terminé  el  sobre  a  la  dirección  que  él  me  indicó, y  me   invitó  por  ello  a  tomar  unas  copas  en  La  Casita  de  Papel , ya  que  aquel  día  era  domingo  y  estábamos  franco  de  servicio. Nos  bebimos  casi  medio  litro  de  vino  entre  los  dos, un  vino    de  la  provincia  de  Córdoba  que  si  no  era  de  los  mejores, tampoco  era  de  los  peores.  Charlamos  con  la tabernera, pues  no  había  muchos  clientes ya  que  muchos  se  desplazaban  a  Cerro  Muriano  o  a  Villaharta, supimos  que  era  casada  y  que  su  marido  era  sargento  del  regimiento  artillería  42  de  Córdoba, de  ahí  la atención  que  mostraba  por  la  tropa. No  nos  metimos  en  mas  hondura, pagamos  y  nos  fuimos  a  ver  pasar  el  tren  correo  a  la  estación  de  Obejo  que  se  encontraba  muy  cerca.

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  Cuando  llegamos  a  la  tienda  aunque  no  bebimos  mucho  llegamos  un  poco  alegre  con  aquel  cuarto  de  litro  que  de  vino  ingerimos. El  cabo  jefe  de  escuadra, que  como  dije  anteriormente  era  un  chulo , creído  y  poseído  por  los  galones,  que  mas  tarde  llevaría  yo,  nos  amenazó  con  dar  parte  de  nosotros  por  llegar  embriagados, y  era  mentira. Él  era  el  encargado  de  repartir  el  rancho  entre  los  de  la  tienda  y  siempre  estaba  hambriento, era  muy  tragón  se  servía  el  último  pero  calculaba  la  comida  mal, o  sea  muy  bien  para  él  `porque  casi  o  sin  casi  se  llevaba  el  doble  que  nosotros  los  reclutas, y  si  en  la  perola  había  carne  la  apartaba  para  él  con  el  cazo.

  Ya  dije  que  la  instrucción  era  diaria, y  si  dicen  que  la  Legión es  dura, me  río  yo  de  que  fuese  más  dura  que  la  que  nos  obligaban  a  practicar  a  nosotros  en  el  campamento. La  explanada  donde  la  realizábamos  le  llamaban  el  Llano Amarillo, y  como  la  tierra  estaba  muy  hollada  de  nuestras  alpargatas  y  botas, se  levantaba  un  polvo  amarillo  por  cierto  como  azufre  que  se  introducía  en  la  garganta produciendo  picor  y  sabor  amargo, se  pegaba  la  saliva   en  la  garganta, y  no  teníamos  agua  `para  despegarla. Cuando  alguno  nos  equivocábamos, cosa  muy  frecuente  por  ser  todavía  reclutas, nos  arrestaban  con  el  mosquetón  en  suspenda, hasta  la  vía  del  tren  corriendo  que  distaba  cerca  de un  kilómetro. Nos  reventaban  con  pasos ligeros  y  movimientos.

A  pesar  de  la  dureza seguía gustándome  la  vida  militar, cada  día  más  cosa  rara, ya  que  no  vengo  de  tradición  militar  y  sólo  mi  abuelo  materno  y  mi  padre  hicieron  el  servicio  militar  de  reemplazo  obligado  como  yo  estaba. Cuando  después  de  la  dura  instrucción desfilábamos  delante  del  coronel    cantando  aquella  canción  cuartelera  que  decía  Tengo  una  novia  que  es  mi  ilusión/  mas  rubia  que  el  oro/  en  sus  ojos  claros  me  miro  yo/  y  ella  es  mi  tesoro/  con  su  mirada  me  dice  adiós/  cuando  desfilo  con  la  formación…  me  recordaba  reconfortándome  del  cansancio   a  María  de  los  Ángeles, cerraba  los  ojos  y  veía  su  rubia  cabellera y  me  la  imaginaba asomada  al  balcón  de  su  casa, en  la  calle  principal  del  pueblo  a  través  de  las  acacias  y  palmeras  saludándome  con  la  mano  mientras  yo  con  mi  compañía  desfilaba  por  la  ancha  calle.

  Al  romper  filas  extenuados  y  sedientos  corríamos  a  llenar  la  cantimplora  al  camión  cisterna  que  estaba  bajo  de  una  encina para  que  el  agua  no  se  recalentase  mucho (  caliente  siempre  estaba) y  de  un  trago  casi  la  vaciábamos, luego  hasta  el  otro  día  no  había. Pasado  unos  días  estábamos  de  enhorabuena, nos   premiaron  con  dos  cantimploras, una  por  la  mañana  y  otra  por  la  tarde, ya  eran  cuatro  litros  de  agua, era  otra  cosa, un  lujo: todo  por  ser  buenos  chicos, eso  decían.

  La  ropa  olía  ya  mal,  varias  semanas  sin  lavarla, y  algunos  vieron  hasta  piojos, yo  no, total  que  dispusieron  que   nos  laváramos  la  ropa  interior, y  a  mas  de  cinco  kilómetros, y  por  grupos  un  sargento    nos  llevó  a  un  riachuelo  que  discurría  entre  dos  montañas, dos  picos  muy  altos   y  mucho  calor  en   charcos   con  agua  de  color  terroso, que  tenía  muchas  libélulas  y  mariposas  revoloteando  en  la  flor  de  las  jaras, nos  dieron  a  cada  uno  un  trozo  de  jabón  verde  y  lavamos  las  camisas , los  calzoncillos ,  los  pañuelos  y  los  calcetines… ¡ Que  alivio…!  Ahora  olíamos  a limpio ¡  al  menos  el  olor  y  el  sudor  se  quedaron  en  el riachuelo.

   Allí  siempre  era  lo  mismo, instrucción  mucha  instrucción  y  por  las  tardes  teórica. Bajo  una  gran  encina, sentados  en  el  suelo  nos  explicaban  los  honores  y  tratamientos, las  partes  del  fusil  y  del  cañón, la granada  de  mano y  proyectiles,  divisas    y  volvíamos  a  los  mismo  la  tarde  siguiente  `por lo  que  el  aburrimiento  era la  tónica  dominante..

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  Una  de  aquellas  tardes  me  invadía  el  sueño, pues  la  noche  anterior  tuve  la  tercera  imaginaria  y  no  dormí  casi  nada  Y  allí  bajo  la  frondosa  encina  otra  vez  la  misma  machaca, que  ya  me  sabia  de  carrerilla  y  de  aburrimiento  me  dormí.  El  teniente  que  nos  daba  la  teórica  no  era  de  los  mejores  en  ningún  concepto  y  me  localizó  dormido. Se  daban  las  divisas  y  tratamientos  a  los  superiores,  Me  despertó  de  una  patada  en  las  piernas, y  con  cara  de  pocos  amigos  me  preguntó  lo  que  estábamos  dando. Yo  aunque  dormido  escuchaba  lo  que  era. salté  de  inmediato   me  puse  firmes  y  se  lo  dije  todo  al  pié  de la  letra.  Torció  la  boca  y  me  dijo.

“-Está  muy  bien  pero  aquí  no  se  viene  a  dormir, la  próxima  vez  no  te  libra  nadie  de  un  arresto. Iba  a  protestar  diciendo  que  nada  había  dormido  aquella  noche  pero  lo  pensé  mejor  y  nada  dije—para  qué—puede  que  si  protesto  me  hubiese  cargado  el  arresto.

  Alonso  y  Nicolás    lo  pasaban  mal, peor  que  todos  los  de  la  escuadra  y  seguramente  peor  que  todo  el  regimiento. “Si  esto  no  cambia  me  muero.  --decía Alonso. Yo   intentaba  animarlo   con  palabras  de  aliento, como no  te  preocupes, que  solo  nos  queda  dos  meses, luego  en  el  cuartel ya  verás  cómo  estamos  mucho  mejor. También  Juan  Martínez  le  daba  aliento, y  le  contaba  algún  chascarrillo  de  los  suyos  que  en  nada  le  hacía  que  tuviese  mejor  humor.

  Nicolás  se  iba  adaptando  poco  a  poco  a  la  dura  vida  del  campamento  y  Juan  el  Barbero  que  en  Mérida, estaríamos  mejor  que  en  casa.

  Cuando  solo  quedaban  quince  días  para  la  Jura  de  Bandera , la  instrucción  y  los  desfiles  fueron  más  duros  aun,  si  ya  lo  eran  poco. Caíamos  en  los  camastros  agotados. Luego  las  largas  marchas, aunque  estas  eran  más  llevaderas  que  la  monótona  instrucción  en  orden  cerrado, pues  el  paisaje  era  bonito, bucólico  y  se   pasaba  el  tiempo  antes , cantábamos  la  “ Rubita” La  Madelón, Margarita  se  llama  mi  amor, y  el  himno  de  artillería. Y  otras  canciones  cuarteleras. Veíamos a  poca  gente  por  aquellos  agrestes  parajes, pero  de  vez  en  cuando  surgía  de  entre  las  piedras  o  detrás  de  una  encina  alguna  cabrerilla  de   16  o  18 años  guardando  su  rebaño  de  cabras, y  arreciábamos  más  las  voces  para   que  nos  mirara  y  la  verdad  que  sí  y  se  quedaba  embobada  viendo  pasar  por  el  polvoriento  camino,  aquella  columna  de  hombres  jóvenes  con  el  fusil  colgado  del  hombro. En  los  altos  nos  sentábamos  en  el  suelo,  tirábamos  de  cantimplora  y  nos  refrescábamos  la  garganta. Mirando  aquellos  picachos  de  sierra  Morena, a  algunos  se  le  antojaba   contar  alguna  historia  de  bandoleros  del  siglo  XIX,  como  la  de  José María  el  Tempranillo  o  otro, ensalzando  a  aquellos  bandoleros  que  al  fin  y  al  cabo, no  fueron  más  que  eso  malhechores  en  caminos  y  despoblados, hasta  que  se  fundó  la  Guardia  Civil  que  terminó  con  ellos.

  Hoy  nos  levantamos  más  alegres  que  nunca,  excepto  los  pocos  de  siempre, es  día  14  de  Mayo  y  vamos  a  jurar  fidelidad  a  la  Bandera. Día  ansiado  por  casi  todos. Primero  por  el  acto  castrense,  que  con  orgullo  y  patriotismo  íbamos  a  celebrar  en  el  Llano  Amarillo,  engalanado  con  banderas  y  gallardete,  regado  el  suelo  y  marcadas  las  líneas  con  cal  blanca  para  el  desfile. Lo  segundo  porque  ya  sí  que  nos  queda  poco, para  marcharnos  de  aquel campamento  regresar  a  Mérida  y  empezar  otra  vida  mejor.- Mérida  sería  para  unos, otros  fuimos  más  lejos, como  se  verá.

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  Después  de  todo  siempre  queda  algo  en  el  alma  del  hombre  que  da  pena  dejarlo,  al  menos  a  mí, claro  que  yo  a  veces, muchas  veces me  considero  un  hombre  raro  y  es  verdad  que  lo  soy.

  Allí  se  estaba  mal,  muy  mal, pero  sentía  irme. Ya  me  había  amoldado  a  aquella  forma  de  vida  y  casi  me  gustaba.

   Adiós  a la  Casita  de  Papel  que  fue  donde  pasamos  algunos  buenos  ratos  con  la  compañía  de  una  botella  del  vino  cordobés, o  de  donde  fuera pero  que  nos  alegraba  el  espíritu.  Adiós  a  la  estación  de  Obejo,  donde  los  domingos  veíamos  asomarse  a  las  mozas  a  las  ventanillas  del  tren  y  saludarnos  con  la  mano. Allí  también  existía  otra  cantina,  que  comprábamos  postales  para  mandarlas  por  correo  a  la novia  o  la  amiga, o  a   la  enamorada  sin  saberlo  ella,  como  hice  yo. En  el  buzón  del  vagón  correo  depositábamos  las  cartas  y  tarjetas,  con  la  convicción  que  llegaban  antes  a  su  destino.  A  veces  en  funcionario  se  asomaba  a  la  ventanilla  y  nos   recriminaba  diciendo  que  en  el  campamento  existía  un  buzón,  que  con  tantas  cartas  al  tren  a  veces  llegaba  a  Almorchón  y  no  había  clasificado  ni  la  mitad.  Piropeábamos  a  las  viajeras  jóvenes,  con   un  “  Adiós  guapa  que  estas  muy  buena.

Ya  la  vida  se  iba  dulcificando  mas, después  de  la  jura  de  Bandera  nos  dejaban  más  tranquilos,  hacíamos  mucha  menos  instrucción  y  nos  aumentaron  la  ración  de  agua,  podíamos  llenar  hasta  cuatro  cantimploras  diarias.

  Algunas  noches  nos  daban  cine,  en  la  pared  de  un  cortijo  a  dos  kilómetros  del  campamento  que  era  la  residencia  de  los  oficiales. Eran  películas  de  guerra, Raza, A  mí  la  legión, Agustina  de  Aragón    o  la  fiel  infantería, aunque  también  nos  echaron  El  Derecho  de  Nacer y  Nuestra  señora  de  Fátima.

  Una  noche  de  tormenta  fuimos  al  cine,  proyectaban  el  Santuario  no  se  Rinde, no  estaba  la  noche  para  cine  y  menos  al  aire  libre  sentados  en  el  suelo.  No  llevaba  la  película  proyectándose  mucho  tiempo, cuando  un  gran  relámpago  semejante  a  un  sarmiento  de  vid, que  dejó  ahogada  la  pantalla  del  cine. A  ese  trueno  le  sucedieron  mas  y  mas, y  el  pánico  empezó a  invadirnos, no  solo  a  los  soldados  si  no  también  a  los  sargentos  cabos  1º  y  oficiales. Los  truenos  eran  cada  vez  mayores, y   retumbaban  en  los  picos  de  la  sierra  como  si  de  miles  se  tratara. Empezaron  a  caer  las  primeras  gotas  de  lluvia,  a  lo  primero    pocas  pero  muy  gruesas  como  perras  gordas,  pero  no  tardó  mucho  en  diluviar. Se  produjo  la  estampida,  y  todos  salimos  corriendo  en  busca  de  nuestra  tienda,  que  como  he  dicho  distaba dos  kilómetros   a  campo  traviesa.  Juan  Martínez, Nicolás, El  Barbero, Alonso  y  yo, inseparables  emprendimos    el  regreso  a  campo  través  porque  el  camino  no  lo  encontrábamos, las  jaras  y  las  retamas  nos  impedían  el  paso,  ya  íbamos  calados  hasta  los  huesos, pero  fue  peor  cuando  llegamos  a  la  tienda,  el  agua  lo  había  anegado  todo,  corría  por  el  suelo  y  había  mojado  las  camas  Tuvimos  que  encender  hogueras,  con  leña  mojada, teníamos  frío  y  estábamos  entumecidos. La  leña  ardía  mal  y  echaba  mucho  humo,  se  nos  enrojecieron  los  ojos  y  nos  picaban  y  así  sin  dormir  mojados  y  extenuados  pasamos  la  noche.

  Cuando  amaneció  se  avivó  un  poco  a  lumbre, pero  salió  el  sol  y  fue  el  Astro  Rey  quien  nos  secó  y  nos   reconfortó  de  aquella  mala  noche.

 Hasta  aquí   fue  todo  antes  de  la  jura  de  bandera.

  Dos  días  después  fue  el  14  de  mayo, y  antes  de  la  ceremonia,  limpiamos  las  botas  con  crema  que  nos  dieron, y  sidol  para  las  hebillas  y  bombetas,  los  correajes  eran  negros  y  también  los  tuvimos  que  abrillantar,  el  traje  de  paseo  como  no  lo pusimos  poco  estaba  en  perfecto  estado,  nos  dieron  guantes  blancos,  porque   vestíamos  de  gala,  en  eso  consistía  la  gala  en  los  guantes  blancos. Todos  estábamos  muy  bien,  de  punto  en  blanco  como  se  suele  decir.

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  Llegaron  autobuses  y  trenes  con  familiares  de  los  reclutas,  madres,  padres novias  y  amigos o  hermanas,  de  Córdoba,  de  Badajoz  de  Mérida  de  muchos  puntos..  familiares  nuestros,  es  decir  de  Juan  Martínez,  de  Juan  el  Barbero,  de  Nicolás  Alonso  y  yo,  no   llegó  ninguno,  éramos  los  más  pobres, o  de  entre  los  pobres  los  primeros,  no  disponían  de  dinero  para  el  viaje,  porque  conocimiento  de  la  jura  si  lo  tenían.

A  las  nueve  empezó  la  jura  propiamente  dicha. Una  banda  de  música  militar  y  la  de  tambores  y  cornetas  del  regimiento  tocaban  desde  dos  horas  antes.

 “¡ Juráis  por  Dios, y  prometéis  besando  con  unción  la  Bandera….!

“¡Si, Juramos- contestamos  todos, con  voz  fuerte  y  alta.

  Si  así  lo  hacéis  que  Dios os  lo  premie , y  si  no  que  os  lo  demande.

yo  besé  la  Bandera, que  era  el  Estandarte  del  Regimiento, con  no  poco  orgullo  y  emoción. Luego  desfilamos   con  la  música  de  soldadito español  y  la  banderita  de  tres  en  tres  bajo  la  Enseña  Nacional, estaba  tan emocionado  que  me  tuve  que  tragar  las lágrimas, y  unas  se  escaparon  y  rodaron  mejillas  abajo.. No  cabía  en  sí  de  gozo, desfilando  veía  a  mi  padre  y  a  mi  madre  hermanas  y  a  María  de los  Ángeles, todo  imaginario, entre  la  multitud de  madres  y  novias  que  tuvieron  la  suerte  de  ir  a  ver  la  jura  de  sus    hijos  y  novios  y  hermanos o  primos.

 Y Como  suele  suceder  en  esos  casos  todo  salió  a  la  perfección  y  si  alguno  lo  hizo  mal  no  se  notó  entre  tantos  como  íbamos  bien. No  en  vano  nos  enseñaron  a  hacerlo  hasta  que  caíamos  reventados  de  cansancio. El  día  estuvo  magnifico  ni  frío  ni  calor, radiante y  para  refrescarnos  corría  una  brisa  muy  agradable  que  nos  daba  bríos.

  Cuando  rompimos  filas, hubo  muchos  besos  y  abrazos, y  muchos  soldados   y  sus  novias  se  “perdieron”  por  entre  las  jaras  y  retameras  para  darse  su  amor, todo  tolerado  por  los  jefes  y  los  padres.

  La  comida  para  los  pocos  que  comimos  aquel  día, ya  que  la  mayoría  lo  hicieron  con  sus  familiares  en  la  Casita  de  Papel, Y como dieron tres días de permiso muchos se fueron a sus pueblos- fue mejor que nunca, paella pero de las buenas, con mariscos y de segundo plato huevos duros con tomate frito, vino del bueno, dulces de postre y un puro para después de la comida. . . . .después  en  la  Casita  de  Papel  unos, en  la  estación  otros  y  en  otra  tasca  llamada  el  42  ya  cerca  de  Cerro  Muriano  completamos  el  día, porque  también  nos  pagaron  las  sobras, como  decíamos  a  los  cincuenta  céntimos  que  nos  daban  diario  que  los  pagaban  cada  10  días  así  que  disponíamos  de  más  de  cinco  pesetas, no  estaba  mal  para  aquellos  tiempos  y  un  pobre  soldadito  de  reemplazo.

  Como  queda  dicho  nos  dieron  tres  días  de  permiso  para  marcharnos  a  nuestras  casas, pero  nosotros  los  inseparables  de  la  escuadra, no  los  disfrutamos, pues  ni  disponíamos  de  dinero  ya  que  al  ser  permiso  no  oficial  no  nos  daban  pasaporte  para  el  tren, ni  tampoco  de  tiempo, porque  tres  días  para  Badajoz  era  poco  tiempo, así  que  nos  quedamos  en  el  campamento con  las  consiguientes  penas  y  mas  que  ninguno  Alonso,  que  era  buen  muchacho  pero  la  amargura  lo  hacía  ya  antipático. Nuestra  diversión  era  la  estación, viendo  pasar  a  las  jovencitas  que  de  Córdoba   regresaban  a  sus  pueblos, o  al  revés  de  sus  pueblos  marchaban  a  Córdoba; era  un  consuelo.

Seis  día  solo  permanecimos  en  el  Campamento  General  Cascajo, ya  está  bien  ahora  a  Mérida, a pasear  por  la  calle  Santa  Eulalia,  a  intentar  ver  a  Loli   , Juani  y  Estrelli…¡ Ilusos ¡  No  fue  así  a  Mérida  no  la  volvimos  a  ver    hasta después.

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De la  licencia, nuestro  destino  seria  otro,  lejos  de  la  península  en  el  Rif  en  Melilla,  aunque  antes  pasamos  un mes  y  medio  en  la  capital  de  los  Califas.

  El  coronel  nos  arengó  a  que  fuésemos  buenos  soldados,  que  la  patria  estuviera  siempre  orgullosa  de  nosotros, como  los  fueron  nuestros  antepasados, que  escribieron  muchos  con  sangre  la  historia  de  España. Y  terminó  diciendo  que  solo  los  voluntarios  y  los  que  eligieron  cuerpo, irían  a  Mérida, los  demás  ahora  provisional  a  Córdoba  luego… bueno  a  lo  mejor  tal  vez  a  Mérida  o  Melilla,  según  las  circunstancias.

Y    finalizó  la  arenga  con  un  ¡ Viva  España!

  Adiós  las  ilusiones  de   regresar  cerca  de  casa. Adiós  las  ilusiones  de  que  mi  madre  y  mi  padre  y  hermanas, fueran  a  verme  los  domingos  y  me  llevaran  paquetes; adiós  las  ilusiones  de  pasear  por  la  populosa  calle  de  Santa  Eulalia, y  buscar  a   Loli, Juani  y  Estrelli, y  si me  quedaba  en  Córdoba  que  se  oía  que  era  un  buen  destino, uno  de  los  mejores  regimientos  de  España, no  estaba  mal, lo  temido  era  Melilla, y  a  Melilla  fuimos, como  se  verá.

  Ninguno de  mi  escuadra  éramos  voluntarios  ni  elegimos  cuerpos, así  que  Alonso  siguió  amargado, y  los  demás  nos  conformábamos  con  nuestra  suerte- ¡ Que  habíamos  hecho  nosotros  para  merecernos  aquello?  Nada. Pero  así  es  la  vida  y  así  la  suerte  y  el  sino  de  cada  uno.

  Dos  días  después  nos  encontrábamos  en  el  cuartel  del  Regimiento  de  Artillería  nº  42,  de  la  ciudad  cordobesa. La  verdad  sea  dicha,  aquel  cuartel  era  buenísimo, buenas  comidas  mucha  agua,  las  camas  de  litera  con  colchonetas  y almohadas  mullidas, y  limpieza,  las  sábanas  nos  las  cambiaron  y  eran  mucho  más  blancas  en  fin  una  delicia. Ya  nos  pusimos  más  contentos, y  lo  mejor  es  que  nos  daban  paseo  hasta  las  doce  de  la  noche. Alonso  cayó  enfermo  y  lo  evacuaron  al  hospital  militar,  estaba  algo  enfermo pero  también  la  tristeza  de  no  regresar  a  Mérida   avivó  su  enfermedad.

  Casi  siempre  salía  con  mis  compañeros, pero  a  veces  cuando  por  guardias  o  desgana  ellos  no  salían, me  iba  yo  solo, no  me  gustaba  permanecer  en  el  cuartel  y    hartarme  de  juegos  en  el  hogar  del soldado. Me  corría  la  ciudad, y  visitaba  los  lugares  culturales, el  museo  de  Romero  de  Torres,  la Mezquita, las  Tendillas  y  también  los  jardines  de  la  Victoria, la  calle  Gondomar  y la   casa  de  Manolete, entre  otros  monumentos, me  gustaba  la  estatua  ecuestre  del  Gran  Capitán, el  Ángel de la  Guarda  y  las  ruinas  romanas  y  árabes. En  fin  me  lo  pasaba  bastante  bien  en  Córdoba. Como  disponíamos  de  mucho  tiempo,  asistíamos  a sesiones  de  cine  de  verano  en  la  plaza  de  toros, a  los  soldados  solo  nos  cobraban  la  mitad  del  precio. También  a  alguna  novillada, aunque  no  soy  muy  aficionado  al  arte  de  Cuchares.

  Los  servicios  eran  muy  llevaderos, la  instrucción  poca, y  a  decir  verdad  los  jefes  que  ya  cambiamos  al  pasar  al  cuartel  eran  bastantes  tolerantes.. Se  estaba  también  allí  que  casi  no  nos  acordábamos  de  Mérida, ya  que  decían  que  en  Mérida  se  pasaba  la  vida  militar  peor.

  A  los  pocos  día  convocaron  plazas  para  el  empleo  de  cabo, de  los  de  Mérida  como  nos  decían  nos  apuntamos  al  curso  cuatro. José  Rabanal Sosa, Juan  Martínez Juan  el  Barbero  y  yo. Nicolás  no  se  apunto  por  cosa  obvia, no  sabía  leer  ni  escribir,, y  Alonso  Llamazares  permanecía  en  el  hospital, tampoco  se  apuntaría   dado  la  tirria  que  le  tenía  a  la  mili.

  El  examen  no  fue  muy  fuerte  pero  tampoco, nos  dieron  los  galones  rifados  como  algunos  decían, consistía  el  examen  en  un  dictado  largo y  difícil no  admitiendo  más  que  tres  faltas  de  ortografía- yo  no  tuve  ninguna  ni José Rabanal  que  era  mas  culto  tampoco- luego  algo  de  geografía, geometría, y  las  cuatro  reglas, los  artículos  del  soldado  y  del  cabo. José  Rabanal  fue  el  número  1  yo  el  2, los  demás  de  la  escuadra  no  aprobaron  y  muchos  más   del  regimiento  tampoco  otros  si  por  debajo  de  nosotros  dos.

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  A los  pocos  días  concretamente  el día  1º  de  agosto   me  dieron  permiso, al  único  de  los cinco, … buena  suerte  tuve, a  los  otros – me  refiero  a  los  de  mi  escuadra.

Los dejaron  para  el  segundo  turno, pero  no  disfrutaron  nada. La  marcha  a  África  se  lo  impidió.

  Al  toque  de  retreta, nos  dieron  licencia  para  marcharnos  del  cuartel, ya  de  noche. Pudimos  haber  dormido  en   el  acuartelamiento. Pero  era  tanta las ganas  que  nos  entró  de   salir  de  allí  que  pasamos  la  noche  deambulando  por  la  ciudad. El  tren  que  nos  llevaría  a  casa, por  la  sierra  no  salía  de  la  estación  cordobesa  hasta  las  siete  de  la  mañana  del  día  2  de  agosto. Me  uní  a  otros  soldados  del  regimiento, incluso  de  mi  misma  batería, que  nos  conocíamos aunque  como  los  de  mi  escuadra  no  éramos tan  amigos  pero  sí  compañeros. En  el  estío  y  en  aquellos  tiempos, en  Córdoba   había  puestos  de  melones  en  las  calles,  permanentes pues  no  se  iban  de  allí  los  dueños  y  dormían  al  lado  en  el  suelo, y  a  veces  ni  dormían  para  que  no  se  los  hurtasen, o  esperaban  otra  remesa  que  en  burros  y  serones  o  carros  llevaban  de  los  pueblos  de  la  campiña. En  uno  de  aquellos  puestos  estaba  de  guarda  una  mujer  de  unos  cuarenta  años, debía  de  ser  bastante  compasiva  o  le guardaba  cierto  afecto  a  la  tropa  porque  a  todos  los  que nos  acercamos  a  su  puesto nos  regaló  un  melón, y  esa  fue  la  cena. Un  melón  fresquito  y  muy  dulce,  bueno   como  éramos  muchos,  nos  regaló  un  melón  para  dos  que  como  eran  grandes  y  gordos  tuvimos  más  que  suficiente  con  dos  tajadas. Y  le  di  las  gracias, pero  algunos  ni  eso, creían  que  por  llevar  el  uniforme  del  ejército  español  tenían  derecho  a  todo, como  dijo  un  torero “- Es  que  hay  gente  p´a to.

  Luego  asistimos  a  casa de  mala  nota,  en  la  calle  de  la  Feria,  calle  larga  y  con  faroles  a  trecho, donde  las  pupilas  nos  dejaban  pasar  la  noche  por  cinco  pesetas solos  y  diez  acompañados  en  la  cama. Yo  no  intente  quedarme siquiera, y  me  salí  de  aquellas  casas  de  desgraciadas que  ejercían  la  prostitución  por  unas  míseras  pesetas  para  poder  comer. Tampoco  disponía  de  dinero,  pues  solo  tenía  para  el  tren  que  pagábamos  el  30%  del  importe  total. Unos    cuantos  con  los  que  hice  mucha  amistad, y  me  parecieron  buenos  muchachos,   marchamos  a  la  estación  y  en  la  sala  de  espera  nos  acostamos  en  el  duro  suelo, hasta  que  abrieron  la  taquilla  para  despachar  los  billetes. A  las  7  en  punto  partió  el  tren  para  Almorchón, y  allí en  un  coche  de  tercera  con  asientos  de  madera. Íbamos  cantando  y  muy  contentos  porque   ya  pronto  aquel  mismo  día  llegaríamos  a  casa,  abrazaríamos a  los  nuestros y  veríamos  a  nuestras  enamoradas. Yo  iba  con  ilusión de  ver  a  María  de  los  Ángeles  y  decirle  si  había  recibido  la postal  que  desde  campamento  le  envié  con  un  soldado  y  una  criada  uniformados y  un  poema  al  reverso.

  En  la  estación  de  Peñarroya  subió al  tren  una  mujer  de  unos  30 años, y  fue  a  sentarse  en  el  departamento  nuestro. Alegre  compañía, era  guapetona  y  muy  abierta  de  genio, dicharachera,  y  muy  simpática. Nos  preguntó  si  conocíamos  a  un  artillero,  sobrino  suyo, pero  estaría  en  otra  batería  porque  no  lo  conocíamos  ninguno.  Uno  conocía  a  una  vecina  suya, y  fueron  charlando   hasta  que  la  mujer  bajó  en  la  próxima  estación, antes  de  bajar  nos  obsequió  con  una  amplia  sonrisa  y  un caramelo para  cada  uno  de  los  que  compartíamos  el  departamento.  Aquella  mujer, seguramente  casada,  nos  alegró  parte  del  viaje, y  nos  endulzó  el  paladar,  cada  vez   íbamos  más  contentos. El  calor  era  insufrible  más  de  40 grados  marcarían  los  termómetros  aquel  día, y  ni  el  aire  que  entraba  por  las  ventanillas  con  la  marcha  del  tren  paliaba  el  calor. ¡Pobre  maquinista  y  fogonero!  Que  calor  llevarían al  pie  de  la  boca  de  la  caldera, ya  que  los  trenes  de  entonces   eran  arrastrados  por  locomotoras   de  vapor  y  para  calentar  el  agua  lo  hacían  con  carbón  mineral  y  a  veces  con  tocones  de  leña.

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  A  la  una  llegamos  a  la  estación  de  Almorchón, sudorosos  y  sucios. Estuvimos  esperando  el  tren  que  de  Madrid  iba  a  Badajoz  tres  horas.  Comí  un  bocadillo  de  tortilla  en  la  cantina  de  la  estación  con  un  vaso  de  vino, que  me  costó  tres  pesetas, ya  solo  me  quedaban  dos  de  las  cinco   con  las  que  salí  de  Córdoba. Bebí  agua  calentona  en  un  grifo  que  había  adosado  a  la  pared. El  agua  era  fina, de  la  sierra, si no  hubiese  estado  tan  caliente  seria  deliciosa,  el  calentamiento  se  debía  que  no  llegaba  directamente  del  manantial, antes  pasaba  por  el  deposita  de  las  máquinas.

 Muchos  de  los  compañeros  se  quedaron  en  aquella  estación  esperando  un  coche  de  línea  para  sus  pueblos, especialmente  los  de  la  llamada  Siberia  extremeña, otros  iban  a  Cabeza  del  Buey, total  que  menos  de la  mitad  embarcamos  para  Badajoz, o  mejor  dicho  dirección  Badajoz, pues  a  la  capital  llegaron  pocos.

  Ya  en  mejor  tren  pues era  el  correo,    cinco  horas  más  tarde  arribe  en  la  estación  de  Guadiana  del  Caudillo, y  de  allí  a  Alcazaba, donde  vivía. Nadie  me  esperaba  pues  a  nadie  le  comuniqué  que   llegaría.  Le  pedí  una  bicicleta  prestada  a  un  amigo, y  media  hora  después  cuando  el  sol  ya  se  había  puesto  y  la  noche  iba  tendiendo  su  negro  manto  entre  por  las  puertas  del  pueblecito.

  María  de  los  Ángeles  vivía  en  la primera  casa  del  pueblo, por  lo  que  me  vio  entrar  la  primera,  con  mi  traje  caqui,  mi  kepis  y  mis  bombetas  doradas  adornados  los  brazos  con  los  galones  rojos  de  cabo ,  iba  yo  alegre  y  contento, pero  ella  se  escondió  en  su  casa  y  cuando  yo  entraba  en  la  mía, fue  a  correos y  como  era  amiga  de  la  cartera,  retiró  la  carta  que  al cuartel  me  escribió. No tuve  respuesta o sea  no  la  recibí, ni  a  ella  tampoco  la  pude  ver pues  marchó  a  otro  pueblo  que  tenía  un  familiar.

  El  recibimiento  que  mi  padre  me  hizo  y  mi  madre, fue  especial  lloraron  de  alegría, igual  que  mis  hermanas hermano  y  abuela.

 “  - ¡ Hijo!- me  decía  mi  abuela- con  el  traje  militar  todo  te  pareces  a  tu  abuelo ¡ Ay ¡  si  te  pudiera ver! – pero  mi  abuelo  hacia  dos  años  que  había  fallecido., se  conservaba  una  fotografía  de  cuando  hizo  el  servicio  militar  en  Ronda  y  era  muy  guapo  y  apuesto.

  Aquella  noche  fue  una  de  las  alegrías  más  grande  que  le  di  a  mi  familia, y  cenamos   especial pues  mi  madre  mató  un  pollo  del  corral, y  mi  padre  fue  a  `por  cerveza  al  bar  y  juntos  comimos  invitando  a  los  vecinos. Mis  primas  Catalina  y   María  del  Carmen también  estuvieron, así  como  mi  tío  Agustín  y  su  mujer  Ángeles

 FIN     DE  LA  PRIMERA  PARTE

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Capitulo  2

Como es de suponer los pocos días que  disfruté de permiso, fueron  alegres, pero…¡fueron tan pocos…!
  Entre a trabajar  en  una  empresa  que  realizaba  obras  para  la canalización  de las aguas  sucias, y  me puse  muy  contento, porque  ganaría  algún  dinero  que  no  me  vendría  mal  en   el  cuartel ,

  El verano  era  muy  fuerte,  en  Andalucía y Extremadura  los termómetros  subían  a  mas  de 40 º  sobretodo  en Córdoba , Sevilla y  Badajoz, pero  las  tardes  eran  agradables y  una  vez  que  dejaba  el  trabajo  me  iba  con  los  amigos  al  único  bar  que  existía  en  el  pueblo  a   jugar  a  las  cartas, y   ver  la  televisión  aunque  todavía  en  pañales  daban  programas  muy  entretenidos  y  no  malas  películas  de  la  época.   También  en  el  cine  o  bailes, pero  como  dice  el  refrán  poco  dura  la  alegría  en  casa  del  pobre.  Yo  le  dije  a  mi  madre  que  no  se  preocupara  pero  que  era  muy  difícil  que  retornara  a  Mérida, y  que  en  Córdoba  se  pasaba  muy  bien, pero… se  oían  rumores  de  que  nos  llevarían  a  Melilla. Como  es  de  suponer  mi  madre  se  puso  muy  triste, y  le  rezó  a  la  Virgen  y  le  encendió  velas  para  que  eso  no  ocurriera, pero  de  nada  le  sirvieron.
Llevaba  solo  12  días  de licencia,  cuando  una  tarde  se  presentó  en  mi  casa  preguntando  por  mí  una  pareja  de  la  Guardia Civil. Yo  no  estaba  en  casa y  mi  madre  se  asustó. Un  guardia  le  dijo  que  no  pasaba  nada  ni  había  hecho  ninguna  cosa  mala, solo  que  habían  recibido  una  orden  del  Regimiento  Artillería  42  de  que  en  24  horas  me  presentara  en  dicho  regimiento.
  Esto  alarmó  mas  a  mi  madre  que  rompió  a  llorar, pues  ya  me  veía  pegando  tiros  en  Melilla. Los  guardias  la  consolaron  diciéndole,  que  no  se  apurase  que  en  la  mili  llaman  a  uno  por cualquier  tontería, quizás  ellos  lo  supieran  pero  nada  le  dijeron.
  Cuando  mi  madre  me  dio  la  noticie  exclamé.
“- ¡Vaya, ni  20  días  de  permiso  te  dejan  disfrutar, y  no  con buenas  ganas  hice  el  petate, para  marchar  por  la  mañana  en  el  correo  de  Madrid, como  siempre  hasta  Almorchón  y  tomar  el  tren  de  Córdoba  que  llegaba  al  anochecer,  casi  pasadas  las  24  horas, pero  estaba  justificado  por  la  combinación  de  trenes  y  no  me  arrestaron.
  Al  llegar  al  cuartel Nicolás  y  Alonso  estaban  en  la  puerta, habían  llegado  del  paseo  diario,  las  caras  largas  avinagradas  con  muestra  de  disgusto  y  preocupación.
“- ¿  Qué  pasa?- les  pregunte, a  la  vez  que  le  tendía  la  mano.
“-¿ Que  que  pasa!   Respondió  Alonso  mas  amargado  que  nunca, pues le  acababan  de  dar  de  alta  de  su  enfermedad,  dos  días  antes.
“- Pasa  que  ya  no  vamos  de  permiso, los  han  suspendido  y  vamos  derechos  a  Melilla, ya  nos  lo  han  dicho.  Según  se  oye  los  moritos  se  han  puesto  farrucos y    aquella  parte  necesita  más  tropa, y  como  tenemos  tan “buena suerte” nos  ha  tocado  a  nosotros.
  “- Que  le  vamos  a  hacer  Alonso, paciencia.
“- Si, pero  tú  ya  has  disfrutado  algunos  días  de  per miso, pero  nosotros  desde  que  nos  incorporamos  en   Badajoz,  nada todavía  no  he  visto  ni  a  mi  madre  ni  a  mi  novia.
  Llevaba  razón.
  Al  día  siguiente  por  la  mañana  nos  acuartelaron. A  mí  y  a  los  que  regresamos  de  permiso  nos  entregaron  el  material, y  armamento, una  pistola  del  9  largo, una tiendas de campaña  individual, un  plato  bollado  de  aluminio  cuchara  y  tenedor  como  en  campamento, un  casco  de  guerra  un fusil  más  moderno  y  toda  la  munición  precisa.

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En  la  estación  esperaba  un  tren  militar  cargado  con  las  piezas  de  artillería nosotros  esta  vez  no  cargamos  nada, todo  lo  cargaron otros, los  veteranos  próximos  a  licenciarse.
  Por  las  calles  de  Córdoba  caminábamos  hasta  la  estación  a  paso  de  maniobra, parecía  que  marchábamos  a  la  guerra, tal  vez  fuera  verdad,. Las  mujeres  nos  compadecían, y  alguna  madre  cordobesa  lloraba  detrás  de  nosotros. Tristes  y  sudorosos, sucios  también  por  el  calor  y  el  material, ya  no  cantábamos, íbamos  ensimismado, pensando  cada  uno  en  la  familia. Yo  como  cabo  formaba  delante  de la  escuadra, a  mi  lado  un  sargento de  nombre  Cantero, de  lacios  bigotes  marchaba   también  cabizbajo, dejaba  atrás  a  mujer  e  hijos.
  En  la  estación  había  una  banda  de  música  militar. ¿Para  qué  sería?  Lo  supimos  al  momento, porque  empezaron  a  tocar  el  soldadito, el  himno  de  artillería  y  el  himno  nacional. Una  vez  subidos  todos  en  el  tren, vagones  de  tercera  pero  más  confortables  que  los   de la  primera  vez, o  sea  de  Mérida  a  Obejo. Arranco  el  tren  resoplando  la  locomotora, y   al  amanecer  llegamos  a  Málaga.
    El  desayuno  no  lo  dieron  en  el  puerto,  donde  en  un  tinglado estaba  el  cuerpo  de  guardia, provisional claro, y  allí  en  el  suelo  duro  de  cemento  con  una  manta  tuvimos  que   esperar  cuatro  días  hasta  que  embarcamos  rumbo a  Melilla.
 Nos  dejaron  salir  por  la  ciudad, vestidos  con  el  traje  de  campaña, sucio  y  algunos  rotos, la  única  regla  que  nos  pusieron, es  que  en  lugar  del  casco  llevásemos  el  gorro  cuartelero  que  era  de  borla  estilo  italiano. La  verdad  es  que  la  población  civil  nos  rehusaba, se  desviaban  para  darnos  paso, pero  no  precisamente por  deferencia, o  eso  creo  yo  aunque… En  los  tranvías  urbanos  montábamos de  balde, no  nos  cobraban  nada, y  también  a  veces  entablábamos  conversación  con  los  usuarios.
  En  una  parada  del  tranvía  de  la  Avenida  del  General  Franco, por  entonces ( hoy  no  sé  cómo  se  llamará), al  bajar  vi  subir  a  una  joven  enlutada, era  una  tal   Margarita,  que  en  el  viaje  de  regreso    del  permiso  montó  en  Valsequillo, y  le  dimos  entre todos  de  comer,  porque  no  llevaba  comida  alguna.  Me  pregunte  si  sería  otra  pues  existen  muchas  caras  iguales. Pero  era  raro  que  también  llevara  riguroso  luto  como  la  otra.  Sentí  una  cosa  extraña  por  mi  cuerpo ¿  Me  habré  enamorada  de  la  enlutada? Tontería; si  ni  siquiera  la  conozco. Claro  que  era  guapa, muy  guapa, morena, alta  con  un  cuerpo  de  Venus y  ojos  profundos  , vamos  según  se  los  vi  en  el  tren.
 Y… llegó el  día  de  embarcar. El  barco  se  llamaba   Plus- Ultra, era de la  compañía  Transmediterránea, alquilado  por  el  ejército  para  transportar  tropas, al ponerse  el  sol  embarcamos, ya  los  huesos  los  teníamos  molidos  de  dormir  con  una  manta  bajo el  cuerpo  y  vestidos, nos  afeitábamos  en  un  grifo  con  agua  medio  salada  y  allí  nos  lavamos  la  cara y  manos, el  rancho  no  lo  llevaban  en  un  camión  desde  el   cuartel  de  Capuchinos  de  Málaga, por  eso  deseábamos  de  embarcar  y  llegar  a  Melilla, para  ver  cómo  era  aquello. Unas  veces  creíamos  que   nos  llevarían  al cuartel y  nos  animábamos nosotros  mismos, pero  otras  veces  entraba  el  desanimo  al  habernos  provistos  de  linternas  de  petróleo. Nadie  sabía  nada, nadie   nos  aclaraba  nada.
 ¡Que  noche, la  de la  travesía! Doce horas  empleó  el  barco  en   salvar  la  distancia  entre  Málaga y Melilla. Nos metieron  en  la  bodega, o  en  cubierta, donde  nosotros  quisimos, al  final  optamos  por  las  dos  cosas, unos  arriba  y  otros  abajo. Los  camarotes  para  los  oficiales y  los  más  inferiores  para  los  suboficiales, los  jefes  incluido  el  coronel  se  quedaron  en  Mérida.

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 De la bodega  cuando  el  calor  era  excesivo  subíamos  a  cubierta y  cuando  hacia  fresco  bajábamos  a  la  bodega  y  así  estuvimos  toda  la  noche. En cubierta  divisábamos  lucecitas  en  medio  del  mar  y  nos  parecían  islitas, pero  eran  las  barcazas  de  los  pescadores, de  Málaga  y  Melilla  que  se  adentraban  mar  adentro, según  los  expertos  en  estas faenas.
 Había  luna   llena  y  veíamos  saltar   nítidamente  a  los  delfines  que  seguían  el    Plus- Ultra. Pasamos  por  unos  promontorios  de  tierra  con  escasa  vegetación-  nos  informaba  José  Rabanal  que  era  el  más  estudiado  y  por  consiguiente  el  más  culto  que  aquella   montañita  era  la  isla  de  Alborán.
  Y  a las  nueve  de  la  mañana  llegábamos  al  puerto  melillense  con  mucho  sueño  y  entumecidos..  Nos  recibieron  los  legionarios  y regulares, se veían moros  con  la  chilaba  y  el  féz  rojo  cónico, merodear  por    el  muelle, tenían  pinta  de  mendigos  estafadores  y  gente  de  mal  vivir. Los  legionarios  les   conminaban  a  que  no  se  acercarse  a  nosotros, unos  hacían  caso, pero  otros  como  si  no  oyeran. Entonces  un  legionario   se  encaró  con  uno  que  se  acercaba  demasiado  a  nosotros.
“- Eh paisa- le  decía  el  legionario- atrás, no  quiero  que  te  acerques  mas   así  que  largo- le  señalaba  con  el  dedo   índice  el  camino  a  seguir, pero  el  moro  no  le  hacía  caso.
“- Yo  ser  amigo  de  España- objetaba  el  magrebí, sin  inmutarse  por  las  advertencias  del  legionario, y  quiero  ayudar.
“- Ni  un  paso  más  y  largo  he  dicho.
 El  moro  siguió  sin  hacer  caso  y  lo  lamentó  porque  el  legionario  le  propinó  un  puntapié  en el  sitio  que  más  duele, que  lo  hizo  doblarse, y  quedó  tendido  en  el  suelo  de  dolor, dando  alaridos.
 Acudieron  más  legionarios  que  vieron  que  aquello  podía tener  consecuencias  pues  también  se  acercaban moros  amenazantes. Llegaron  oficiales  legionarios  y  los  nuestros. Arroparon  entre  todos  al  legionario  que  le  propinó  la  patada  y  lo  metieron  en  un  coche  militar  que  allí  estaba  y  se  lo  llevaron  al  cuartel, no  ocurrió  nada mas, al  moro  lo  levantaron  los  suyos  y  pronto  quedó  aquello limpio  de magrebíes. No  sé  si  el  legionario  obró  bien o  mal, pero  creo  que  estaba  allí  para  impedir  que nos  robaran  o  timaran   o  quizás  peor  nos  vendieran  drogas.
  Nos  llevaron  al  cuartel  de  artillería  número  9, tuvimos  suerte  y  no  fuimos  a ningún  campamento  aunque  más  de  una vez teníamos  que  permanecer  diez  días  en  el  monte  del  Gurugú  que  era  primera  línea.
  Ocupamos  uno  de  los  dormitorios  peores y  sucios  del  cuartel, los  buenos si  alguno  existía  lo  tenían  cogido  los  que  eran del  regimiento, nosotros fuimos  agregados, las  camas  eran    de  a  tres con  colchonetas  rellenas  de  guata, y  todo  muy  estrecho, el  traje  de  paseo  tenía  que  permanecer  en  el  petate  arrugado y  el  correaje  colgado  de  la  cama, la  gorra  para  que  no  se  deformara, en  un  clavo  que 
existía en la  pared  encima  de la  cabecera  de  la  cama, y  allí  colgábamos  las  tres   gorras  de  los  tres  que  dormíamos  en  las  literas  unos  encimas  de  otros.
 La  vida  allí  era  dura, en Rostrogordo   estaba  el  campo  de  instrucción  y  tiro  a  las  afueras  de  la  ciudad  por  el  cabo  Tres  Forcas , y  como  al  general que  mandaba  la  plaza  le  gustaba  la  infantería, todos   practicábamos  esas  guerrillas   propias  de  dicha  arma  pero  no  de  artillería. La  comida  unas  veces  era  buena, otras  regular  y  otras  mala, el  agua  mala  pero  no  era  como  en  campamento  que  la  teníamos  racionada, allí  aunque  no  la   despilfarramos  había  suficiente, aunque  también  en  los  grifos  pusieron  centinelas  para  no  abusar  del  preciado  líquido.
  Una  cosa  buena  si  teníamos  que  para  salir  de  paseo  no  ponían  muchas  trabas, a  veces  no  pasaban  ni  revista, y  las  revistas  eran  protocolaria, nada  rígidas.

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  En  la  legión  había  un  teniente  que  era  del  pueblo  donde nací, y  me  presente  a  él,  con  el  debido  respeto. Me  dijo  que  donde  no  hubiera gente  que  le  tuteara pues  él  conocía  bien  a  mi  familia.
 Al  día  siguiente  por  la  tarde   me  presentó  a  Rocío, una  muchacha  sevillana  muy  salerosa y  nos  hicimos  muy  amigos.  Era  amiga  de  Margarita, las  dos  criadas  y  pasábamos  muy  buenas  tardes  por  el  parque  de  Melilla, otras  veces   asistíamos  al  cine, el  Victoria  que  era  el  más barato  y  a  los  soldados  y  cabos  nos  hacían mucha  rebaja, la  mitad  del  precio  de  la entrada. Me  hice  novio  de  Margarita, y  muchas  tardes  me  llevaba  un  bocadillo, que  escondía  entre  sus  braguitas  para  que  me  lo  comiera  lo  escondía  para  que  no  lo  viese  la  señorita  con  la  que  trabajaba. Rocío  estaba  enamorada  de  un  cabo  alto  y  apuesto  y  aunque  el  teniente  le  pedía  relaciones  ella  se  las  negaba,
  Pero  no  estaría  mucho  tiempo  gozando  del amor  y  los  bocadillos  de  Margarita  por  el  momento,  ya  que  me  nombraron  subir  10  días al  monte  Gurugú  con  otros  seis  soldados  mas, ya  dije  que  era  cabo  y  me  nombraron  jefe  de  aquel destacamento. Entonces Guillermo  que  este  era  el  nombre  del  teniente  se  quedó  con  las  dos.
  El  teniente  las  conoció  una  tarde  en  un  cafetín  del  puerto, se las presento el  cabo  Rabanal, que  a  la  vez  también  las  conocía  de  otro  de  los  paseos  y  Rocío  se  enamoró  de  él, ya  he  dicho  que  era  alto  , apuesto  y  muy  culto, aunque  la  vida  militar  no  le  iba.
   Pero al  cabo  Rabanal  le  nombraron  un  servicio  en  el  que  con  otros  cuatros  soldados  escoltarían  un  barco  cargado  de  armamento y  materiales  del  ejército   a  la  península  desembarcándolo  en  Málaga.
  Y  Guillermo  quedó  completamente  solo  con  Rocío  y  Margarita, ya  que  Rabanal  permanecería  otros  10  días  fuera  de  Melilla   como yo. Pero  tuvo  mala  suerte, pasó  algo que   solo  voy  a  mencionar   Una  vez  que  llegaron  a  Málaga  cogieron  un tren  y  marcharon  a  sus  pueblos y  como  regresaron  después  de  lo  previsto  los  metieron  en  el  calabozo.
 En  el  Gurugú  era  la  vida  muy  dura, sólo  eran  diez  días  pero  a  marcha  forzada  y  en  peligro  de  algún  ataque  de  los  rifeños.  Era  aquel  destacamento  el  peor  de  todos, la  comida  no  la  llevaban  en  un  camión  hasta  donde  podía  subir  luego  nosotros  teníamos  que  ir  a  por  ella  y  llevarla  a  la  tienda, llegaba  fría  desecha  era  mala   se  puede  decir  que  bazofia, luego  el  agua  también  la  teníamos  racionada,   que  la  llevaban  en  otro  camión. El  correo  cada  seis  o  siete  días.
Porque  aunque   recibíamos correspondencia diaria, las  cartas  iban  al  cuartel, y  unas  veces  por  que  se  le  olvidaba  al  encargado  de llevarlas  al  destacamento, otras  porque  el  cabo  cartero  las  demoraba, total  que  cuando  se  acordaban  no  las  llevaban ,hubo  soldado  que  en  todo  los  diez  días  recibió  una  carta, y  luego  se  las  dieron  todas  al  menos  seis  en  el  cuartel que las tenía  en  su  taquilla  el  cabo  de  cuartel, claro para  repartirlas  y  dárselas  al  que  subía  al  monte, pero  se  le  olvidaba.
  Nicolás  recibió una  carta  de  su  madre, en  la  que le  comunicaba  que  Andrea  se  casó  con  el  de  Zafra,  y  le  afectó  tanto  que  no  ponía  cuidado  en  nada, es  más  le  dio  por  la  bebida, y  más  de  una  vez  durmió  en  el  calabozo  por  embriagarse.
  Juan  el  barbero  se  enchufó  con  los  oficiales  de  peluquero  y  barbero, por  lo  que  lo  rebajaron  de  servicio  y  tuvo  la  suerte  de  no  subir  al  Gurugú  ni  hacer  guardias  de  aquellas  peligrosas  de  Horcas  coloradas (  el  polvorín)  ni  en  el  fuerte  de  Rostrogordo ( prisión  militar).

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  Un  día después  de que  bajamos  del destacamento  que  fuimos  relevados  por  la  Legión,  me  acerqué  a  un  bar  que  estaba  frente  al  parque  de  Melilla,  se  llamaba  el   bar  “ El  Caballo  Blanco”, y  allí  me  encontré  a  Nicolás,  borracho,  con  la  gorra  tirada  en  el  suelo y  desbrochada  la  guerrera,  estaba  echado  sobre  una  mesa  y  parecía  dormir..
  Le  eche  la  bronca, le  puse  bien  la  guerrera  y  el  gorro  y  quise  llevarlo  al  cuartel  antes  de  que  la  vigilancia  lo  localizara  y  lo  arrestara. No  se  quería  ir  conmigo.
“- Déjame- decía Yo  me  se  cuidar  solo, además  tú  también eres  de  los  mandos  de  los  que  están en  contra  nuestra, si  estoy  borracho  es  con  mi  dinero.
 No  le  hacía  caso a  las  palabras, algunas  insultantes ,sólo  quería  llevármelo  de  allí para  evitarle  el  calabozo, al  fin  logre  sacarlo  del  bar, lo  llevé  como  pude  al  autobús  urbano  que  paraba  en  la  puerta  del  cuartel, y  allí  lo  entre mintiéndole  al oficial  de  guardia, de  que  le  había   dado  un mareo, pues lo  llevaba  cogido  por  un  brazo. El  oficial  era  un  alférez  de  complemento, y  no  quiso  investigar  nada, en seguida  supo  lo  que  tenía  y  se  metió  en  su  despacho  sin  más. Lo  libré  de  un  arresto  seguro, y  ya  era  reincidente.

                                          *    *    *
  Una  tarde otoñal  del  mes  de  octubre (  digo  otoñal  porque  hacia  sol suave  y  agradable), cuando  el  sol  está  `próximo  al  ocaso  y  el  viento  suave  se  levanta  del  mar, me  encontraba  paseando  solo  por  la  Avenida  del  General  Franco ( entonces). Tres  días  antes  bajamos  del  Gurugú, por  lo  de  ahora  tardaría en  subir  otra  vez, había  muchos  regimientos  que   nos  relevaban  y  hasta  que  todos  dieran  la  vuelta  no  íbamos  otra  vez, quizás ya  no  me  tocara  mas, se  verá.
  A  veces  me  gustaba  pasear  solo, los  jardines  me  gustan  mucho, y  de  la  Avenida  me  fui  al  parque, prefería  estos  lugares  mejor  que  las  tascas  y  otros   sitios  no  muy  recomendables, entenderán.  El  parque  no  estaba  muy  concurrido, no  es  que  se  encontrara  desierto pero  tampoco  había  mucha  gente  como  era  habitual, sobre todos  criadas soldados y  niñeras . Pero  diseminadas  se  veían  algunas. Yo  miraba  a  un  lado  y  otro  del  ancho  paseo  entre  palmeras  y  arriates  verdes, cuando  en  un  banco  divisé la  figura  de  una  mujer  vestida  de  negro pero  sin  velo, era  Margarita, que  ya  se lo  había  quitado.
  “- Hola Margarita ¿ Cómo  estás  tan  sola?- le  dije  con  un  poco  de  chanza
 “- Mejor  sola  que  mal  acompañada- me  respondió.
  Paseamos  una  hora  y  me  contó  que  Guillermo acosaba  a  Rocío  constantemente pero  que  ella  no  le  hacía  mucho  caso, pues  como  sabía  estaba  enamorada  del  cabo  alto  compañero  mío, y  tenía  miedo  a  que  pudiese  pasar  algo, ya  que  el  teniente  valido  de  sus  estrellas, amenazaba  a Rabanal  que  la  dejase. Pero  Rabanal  que  ya  había  salido  del  calabozo,  le  dijo  al  legionario, que  de  eso  nada, que  era  ella  la  que  tenía  que  decidir. Si  ella  lo  quería, se iría  con  él, pues  también  él  quería  a   Rocío.
  En  fin  aquello  estaba  liándose. Yo cuando  regresé  al  cuartel, me  dieron  otra  sorpresa, no  muy  agradable. Al día  siguiente  con  cuatro  artilleros, tenía  que  embarcar  en  un  barco  militar, con  otro  cargamento  de  armas  y  material  de  guerra  para  Málaga, y  de  ahí  por  tren  hasta  Córdoba, pues  sobraba  material  viejo  en  Melilla  y  aquello  pertenecía  a  Córdoba.

 

Por  la  tarde  nos  presentamos  en  el  puerto  para  embarcar  en  aquel  barco,  que   estaba  cargado  en  demasía. Yo  era  el  encargado  de  todo. La  tripulación  sólo  de la  navegación  como  es lógico, pero  el  responsable  del  material  era  yo.
 
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En  el ejército  se  ven  cosas  raras  y  absurdas, un  simple  cabo  como  yo  era, al  cargo  de  tan  importante  transporte. ¿Es  que  no  había  Sargentos? O  brigadas o  tenientes. Sí, claro  que  los  había  pero  se  quedaron  en  tierra, no  lo  sé  porque, y  en la  vida  militar  las  órdenes  no  se  discuten.
  El  mar  estaba  un  poco  revuelto. Era  por  la  tarde, y  el  capitán  del  barco  no  sabía  si    levar  anclas  o  esperar. Por  fin  decidió   despegar. El  mar  en  el  puerto  estaba  rizada, pero  en  cuanto  salimos  a  mar  abierta  las  olas  eran  más grande  de  lo  que  creíamos. Estuvo  a  punto  de  volver  a  puerto, pero  no  lo  hizo, y  quizás  conociendo  el  Mediterráneo  creyó  que  aquello  amainaría. Pero  se  equivoco.
  No  tardó  mucho  en  oscurecer  y  entonces  todo  se  hizo  más  tenebroso. Relampagueaba  por  el  horizonte  y  las  olas  jugaban  con  el  barco  como  si  fuese  una  cáscara  de   nuez  en  una  bañera  a  la  que  un  niño  le  echa  agua  jugando. Empezaron  los  mareos. La  tripulación  se  mostraba  tranquila, pero  los  soldados   se  marearon  y  yo  también. A  pesar  de  ir  mareado  me  daba  cuenta  de  todo, y  noté  que  la  tripulación  y  el  capitán  habían  perdido  la  calma. Las  olas  barrían  la  cubierta  y  los  relámpagos  y  truenos  y  el rugir    de las  olas  ensordecían  todo. La  única  mujer  que  iba  a  bordo  era  la  señora  del  capitán.  Este  decía  que  se  había  equivocado, que  nunca  creía  que  un  mar  tan  pacifico  nos  jugara  aquella  mala  pasada. Pero  así  era, y  para  más  INRI   una  ola  fuerte   hizo  estremecer  el barco  a  la  misma  vez  que  la  cadena  del  timón  se  rompió, por  lo  que  navegábamos  a  la  deriva.
 Yo  iba  tendido  en  el  suelo  cerca  del  camarote  del  capitán. En  él  se  veía  por  los  cristales  de  la  ventana  una  imagen  con  la  Virgen  del  Carmen,  con  flores  que  algunas  rodaban  por  el  suelo.
  Entonces  vi  una  cosa  extraña,  o  tal  vez  fuese  corriente  entre  aquellos  lobos  y  loba  del  mar. tanto  el  capitán  como  su  mujer se  arrodillaron  enlazados  para  no  rodar  por  el  suelo  por  el   ímpetu  del  mar, y  rezaron  a  la  Virgen  del  Carmen  y  se  santiguaban  constantemente. Estábamos  extraviados  en  medio  del  mar, no  sabía dónde  nos  hallábamos, la  brújula  marcaba  como  siempre  el  norte, pero  que  norte el  de  Málaga   el  de  Almería  o  cual?
El capitán lanzaba  mensajes S.O. S. pero  no  recibía  contestación, La  radio  del  barco no  se  había  estropeado, ¿ qué  pasaba? La  noche  le  dio  paso  a  un  día  espléndido   salió  el  sol  y  no  quedó  ni  rastros  de  tormenta, el  mar  como  una  balsa  de  aceite, navegaba  el  barco  sereno, pero  ¿ rumbo a  donde?  Por  fin  se  recibió  un  mensaje  en  contestación  a  nuestro  S.O.S., estábamos  muy  cerca  de  Orán , a  tiro  de  cañón.
  Pero  los  argelinos  que  habían   logrado  su  independencia  el  yugo  francés, no  se  fiaba  al   contestar  el  capitán  que  era  un  barco  cargado  con  armamento  y  material  de  guerra  español,  que  debido  a  la  tempestad  de  por  la  noche,  se  había  roto  el  timón  y  navegábamos  a  la  deriva.
  Le  respondieron  que  anclara  el  barco   que  enseguida  iban  a  inspeccionarlo  y  a  arreglar  la  avería.
  El  capitán  hizo  caso  a  lo  que  le  ordenaban, y  media  hora  después  llego  una  motora  con   un  inspector  militar  a  bordo, y  dos  mecánicos  y  varios  soldados  armados.  Inspeccionaron  el  barco,  le  pidieron  la  hoja  de  ruta  que  el  capitán  le  mostró  muy  complacido  y  los  mecánicos  arreglaron  el  timón  soldando  el  eslabón  de  la  cadena  que  se  había  roto.
   En  lontananza  se  divisaban  los  minaretes  y  las  torres  de  Orán, y  la  niebla  que  produce  las  ciudades  populosas, que  se  extiende  por  todos   el  cielo  de la  orbe.
  Pusimos  rumbo ( lo  puso  el  timonel  claro)  rumbo  a  Málaga  y  14  o  15  horas  después  llegábamos  al  puerto  de  La  malagueta  en  la   capital  andaluza.

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    Antes  de  seguir  adelante tengo  que  aclarar,  que  bien  porque  la  Virgen  nos  escucho, ya  que  todos  rezábamos  en  silencio, o  que  las  fuerzas  de  los  elementos  se  cansaron,  en  cuanto  terminamos  de  santiguarnos,  dando  por  finalizado  el  rezo  cada  uno  a  su  manera, el  mar  se  calmaba  por  segundo  hasta  que  una  hora  más  tarde  se  convirtió  en  una  enorme  piscina  de  tranquilas  y  sosegadas  aguas.
  En  Málaga  nos  esperaban  para  desembarcar  el  material  una  sección  de  soldados,  ya  sabían  lo  que  nos  había  ocurrido, ya  que  captaron  en  el  puerto  de  Málaga  y  Melilla  los  S.O.S.,  cosa  rara  que  a  la  radio  del  barco  no  llegaran.
  Nada  tuvimos  que  hacer allí, el  oficial  que  mandaba  a  los  descargadores, me  dijo, una  vez  que  me  presenté  a  él  con  el  debido  respeto, dándole  la  novedad, que  nos  fuésemos  al  cuartel  de  la  Trinidad   de  infantería,  donde  nos  tenían   preparadas  unas  duchas  y  una  comida,  que  una  vez   limpios  y  comidos  existían  en  el  botiquín  seis  o  siete  camas  libres,  que  descansáramos  allí, pues  por  la  noche  una  vez   cargado  el  armamento  y  material  en  un  tren  de  mercancías, solo  para  ello, debía  y  era mi  obligación  según  dispuso  el  Gobierno  Militar  de  Melilla,  que  lo  llevásemos  a  Córdoba, donde  en  dicha  estación   nos  esperaban  camiones  con  soldados  para  la  descarga  y  traslado  al  almacén  del Regimiento  Artillería  número 42.
  Una  vez  limpio, lo  que  nos  vino  casi  mejor  que  comer, y  el  descanso, por  la  noche  montamos  en  un  vagón  de  mercancías  y  en  el  suelo  del  vagón  con  una  cama  improvisada  de  paja  que  encontramos,  pasamos  la  noche, Al  amanecer  estábamos  en  Córdoba.  Allí  ya  le  entregué  el  material  y  armamento  a  un  teniente  que  me  recogió  los  papeles  y  me  dio  el  recibido  con  su  firma  y  el  membrete  del  regimiento. También  me  entregó  un  pasaporte  colectivo  para  cinco  personas,   hasta   Málaga,  en  un  coche  de  tercera, y  otro  de  la  compañía  Transmediterránea  para  embarcar  hasta  Melilla,  este  en  cubierta. Nos  dijo  que    nos  podíamos  marchar  a  donde  quisiéramos. Hasta  el  otro  día  por  la  noche  que   cogeríamos  en  expreso  Córdoba  Málaga  (  siempre  viajábamos  de  noche), pero  ¿  dónde  ir?  El  tiempo  era  poco  para  dar  una  vuelta  a  casa,  el  dinero  menos. Así  que  decidimos  quedarnos  en  el  cuartel,  allí  dormir  y  comer,  aunque  todo  el  día    pasamos  por  Córdoba. El  regreso  a  Melilla,  fue  de  lo  más  normal  que  se  pueda  imaginar. Llegamos  por  la  mañana  A  Málaga  y  por  la  tarde  embarcamos  en  el  Virgen  de  África,  y  al  cuarto  día  al  amanecer,  en  el  puerto   melillense, una  hora  más  tarde,  le  daba  la  novedad  al  oficial  de  guardia, y  le  entregaba  el  recibí  del  teniente  que  se  hizo  cargo  de  la  mercancía.
  Nos  dio  la  enhorabuena,  el  capitán  quiso  que  le  contase  que  nos  había  sucedido; se  lo  conté  con  naturalidad  y  me  dijo,  que  éramos  unos  valientes    que  lo  tendría  en  cuenta.   Con  lo  único  que  me  premiaron  fue  con  un  pergamino  al  licenciarme    como  el  tercero  mejor  del  Regimiento, el  primero  fue  un  alférez  de  complemento no  sé  por qué el  segundo  un  cabo  1º   que  tuvo  una  escaramuza  con   rebeldes   rifeños  en  el  Gurugú  y  defendió  bien  la  posición, el  tercero  por  el  viaje  yo , para  los  demás  que  hicieron  tanto  como  yo, o  mas  no  hubo  ni  mención. Y  es  que  en  el  ejército  está visto  que  las  estrellas  y  los  galones,  son  los  que  figuran.

                                               *     *     *

  Mientras  esto  me  sucedía  a   mí, ¿ qué  pasaba  con  Margarita  y  Rocío, el  apuesto  cabo  artillero, y  el   chulo  teniente  de  la  Legión? pues  que  los  dos  querían  a  Rocío, y  Rocío   a  los  dos  les daba  esperanzas. Pero  en  realidad  de  quien  estaba  enamorada  era  de  José,  aunque  Guillermo  por  su  paga  y  sus  estrellas  más  que  otra  cosa  también le  gustaba.

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Una  tarde  de  invierno, fría  y  ventosa, aunque  en  Melilla  el  frío  no  es  muy  intenso, pero  el  reglamento  mandaba    ir  con  el  abrigo  largo  (capote), y  así  paseaba.  En  el  parque  me  encontré  a  Margarita, le  dije  que  que  pasaba y  me  dijo  que  nada  bueno.
  Yo  me  he enamorado  de  ti,  Margarita  y  como  nosotros  no  tenemos  nada,  podemos  casarnos  el  día  de  mañana.
 “- Cuando  tú  te  marches  a  tu  pueblo, se  te  olvida, la  mili, Melilla  Margarita, el  día  que  nos  vimos  en  el  tren  hacia  Córdoba, el  día  que baje  del  tranvía  en  Málaga, y  el  día  que  me  pedistes   relaciones  aquí  mismo.
“ -  No  lo  creas, yo  te  quiero  Margarita, y  estoy  dispuesto  a  volver  aquí  y  llevarte  conmigo.
  Pero  ella  no  se  lo  creía  y  así  era,  yo  para  ella  era  lo  que  ella  para  mi, un  pasatiempo  de  mili, un  pasatiempo  de  criada,  así  se pasaba  en  aquella  lejana  tierra  mejor  el  tiempo, hasta  que  cada  uno   regresara  a  su  tierra.
-   Insistí  que  había  entre  Rocío  y   José. Apreciaba  a  este  muchacho, y  el  teniente  era  de  mi  pueblo, no  de  Guadiana  sino  de  Fuente  del  Maestre,  que  es  el  pueblo  donde  vi  por  primera  vez  la  luz  del  mundo.
 Me  dijo  que  el  teniente  no  cejaba,  le  oyó  decir  que  un  simple  cabo  no  se  iba  a  reír  de  un  oficial  y  menos  de  la  Legión, y  que si  no  era  para  él  no  seria  para  el  otro. Aquello  era  un  desafío.
 Y  José  aceptó  el  reto.  Según  me  dijo  Rocío, se  habían  desafiado  a  navaja  en  las  traseras  del   depósito  de  agua  allá  por  el  barrio  del  Real.
-  ¿Y tú,  no  hiciste  nada  para  evitar  tal  desatino? Porque  eso  es  un  desatino. Los  legionarios   son  diferentes, no  digo  que sean   mejores  ni  peores  que  nosotros, pero  llevan  otra  vida  y  les  da  igual  todo,  son  valientes, eso  no  se  puede  dudar, pero  también  son  temerarios, y  ya  digo  diferentes  a  nosotros.
“-Lo  intenté. Hable  con  los  dos, les  dije  que  no  hicieran  tal  barbaridad, pero  los  dos  me  respondieron  lo  mismo.
“- ¿qué te dijeron?- pregunté impaciente  aunque sabía  la  respuesta  que  me  iba  a  dar. En  mi  paisano  Guillermo, yo  sabía   que  era  un  cabeza loca, siempre  en  el  pueblo  fe  un  bala  “perdía “ Estudió  en  Villafranca  y  no  se  le  daban  mal  los  estudios, pero  luego  lo  estropeaba  todo  con  sus  calaveradas.  Se  llevaba  muy  mal  con  su  padre, que  era  un  labrador  de  los  que  poseían  varias  fanegas  de  viñas  y  olivos, pero  tampoco  quiso  hacerse  cargo  de  la  hacienda  que  le  daba  su  padre, ya  que  era  hijo  único, tuvo  varios  altercados. La  Guardia  Civil  y  la  guardia  municipal  lo  tenían  en  el   punto  de  mira  , pues  era  raro  el  día  de  fiesta  o  domingo  que  no  hacia  alguna, embarazó  a  una  muchacha  a  la  que  pagó  con  dinero, debido  al  hambre  que  padecía, y  una  buen  día  o  malo,  se  cansó  de  las  aventuras  del  pueblo  y  se  alistó  en  la  Legión,  como  tenía  algo  de  estudios,  llegó  a  teniente  en  poco  tiempo   y aquí  lo  tenemos  desafiándose  por  la  muchacha  sevillana  con  José  el  apuesto  cabo  de  artillería.
“- Me  dijeron  que  ya  no  había  solución  que  uno  u  otro  quedaría  en  tierra. Pues  a  decir  verdad  los  dos  son  orgullosos  y tercos- apostillo Margarita.
“- Y  valientes. También  los  dos  son  valientes.
 Nos  despedimos  ya  era  la  hora  de  regresar  yo  al  cuartel  y  ella  a  casa  de  su  “señorita” por  cierto  que  ella  se  despidió  medio  llorando  por  no  poder    impedir  aquella  riña  que  tendría  lugar  el  domingo  por  la  tarde,  en  un  sitio  solitario.

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  Aquella  noche  no  pegué  un  ojo, pensaba  en los  dos  y  daba  vueltas  y  más  vueltas  en  la  cama  sin  poder  conciliar  el  sueño.
  Por  la  mañana  cuando  dispuse  de  un  poco  de  tiempo  libre  busque  a  José  por  el  dormitorio. Estaba  serio  y  pensativo,   preocupado  por  el  asunto  que  se  le  planteó, ya  no  solo  era  el  amor  de  Rocío  que  sí,  que  de  verdad  la  quería, pero  también  era  el  honor  de  su  persona , incluso  del  cuerpo  era  todo  lo que  le  obligaba  al  desafío. No  era  un  duelo  entre  caballeros, los  duelos  estaban  prohibidos, y  ellos  en  sentido  de  aristócratas  no  eran  caballeros, aunque  si  personalmente.
“- No  vayas  José- le decía  yo  tratando  de  disuadirle  de aquel  descabellado  acto.- No  ves  que  él  está  más  acostumbrado  a  las  peleas, no  es  la  primera, además  los  legionarios  son  más  veteranos  saben  mejor  manejar  las  armas.
“- No  se  trata  de  ningún arma, es  a  simple  navaja.
“- Como  los  bandoleros,  como  la  gente  de  mal  vivir ¡ No  vayas  José!  No  merece  la  pena  perder  a  lo  mejor  la  vida, en  manos  de  un  desalmado, por  una  mujer,  que  tampoco  la  conoces  a  fondo.
“- Es  el  honor. Si no   voy  creerá  que  le  tengo  miedo  que  soy  un  gallina, y  yo  jamás  soy  un  cobarde. Así  Juan  no  te  canses  la  suerte  está  echada.
“- Voy  a  dar  cuenta  al  capitán  para  que  te  arreste, y  así  evito  este  destino.
“-No  lo  hagas,  de  nada  servirá. Si  no  es  el  domingo será  otro día, y  si  lo  haces  pierdes  un amigo. Si  me  pasa  algo,  di  siempre  que  he  sido  un  valiente.
  No  insistí  más. Era  terco  como  dijo  Margarita  y  nada  iba  a  conseguir.  Cuatro  días  faltaban  para  el  domingo, y  en  ese  tiempo  no  salimos  del  cuartel. Había  trabajo, teníamos  que  realizar  prácticas  de  tiro,  y  habían llegados  los  voluntarios  que  eran  bastantes  y   les  enseñábamos  la  instrucción,  el  manejo  de  las  armas  a  saludar  y  todo  lo  que  conlleva  el  ejército  español.
  Hablé  poco  con  José  , es  más  note  que  me  rehuía, como  si  no  quisiera  que  le  sermonearse  más   del  caso  y  por  fin  llegó  el  domingo. Los  veteranos  excepto  las  guardias   no  teníamos servicio y  ni  el  tubo  guarda  ni  yo  tampoco, me  llegué  a  enterar  que  si  le  nombraban  guardia, la  cambiaria  con  el  cabo  Rodrigo,  que  para  esto  era  muy  servicial.
  Salí  solo, pues  no  quería  tampoco  llevar  a  nadie,  ya  que  pensaba  desplazarme  al  barrio  del  Real, al depósito  de  aguas  donde  estaba  prevista  la  descabellada  pelea,  para  intentar  que  desistieran  de las  navajas, y se pelearan   a  puñetazos, o  mejor  que  no  lo  hicieran  y  se  dieran  la  mano.
  En  la  Avenida  del  General  Franco (entonces)  me  topé  con  los  cuatro  ¿ raro?  Verdad  que  sí. Margarita  iba  en  medio   Rocío  al  lado  de  ella, El  Teniente  con  Rocío  y Margarita  con  José. Las  muchachas  le  decían  que  se  dejasen  de  tonterías,  que  por  una  simple  criada  no  se  iban  a  matar  dos  hombres  de  honor. Esto  lo  escuché  de  labios  de  Margarita, mi  amiga  insistía  para  que  cesaran  en  su  empeño  de  matarse.
“- Hola  Juan- dijeron  casi  al  unísono las  dos  muchachas  al  verme. Se  pusieron  contentas. Ellos  nada  dijeron.
  El  teniente  me  miró  sonriente, seguro  de  sí  mismo  y  ufano  de  que  Rocío  prefiriera  a  él, pues  desde  que  faltábamos  al  paseo, por  el  trabajo  y los  desplazamientos, y  también  el  arresto  de  José, Guillermo  casi  tenia   convencida  a  Rocío  que  fuera  su  novia,. La  muchacha  se  encontraba  entre  dos  aguas. Era   de  esa  clase  de  mujeres  que  no  saben  decir  no  a  los  hombres y,  yo  creo  que  puesta  a  elegir  se  quedaba  con  los  dos,  si  eso  fuera  posible. (En  aquellos  tiempos  no  lo  era)

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  Saludé  a  las  muchachas y  le  dije  a  los  dos  contrincantes.
“  - Es  una  vergüenza,  que  dos  caballeros  se  peleen  y  menos  a  navaja  como  bandidos. Usted es  teniente y  debe  evitarlo, mejor  que  un  simple  cabo. Siempre  le  hablaba  de  tu, pero  ahora   no  apeé  el  tratamiento  para ver  si  razonaba.
  De  pronto miró  a  Rocío  como  si  la  fuera  a  fulminar  y  dijo-
“-  Nunca  creí  que  fueses  tan  zorra. Eres  una  puta, nos  has  engañado  a  los  dos.
 Pero  José  que  estaba  enamorado  de  ella  hasta  la  médula no iba  a ceder,  y  aquel  insulto  lo  embraveció  mas, y  a  punto  estuvo  de  asestarle  un  puñetazo  en  pleno  rostro  al  teniente  si  no  lo  sujeto  y  Margarita  se  pone  delante.
  Total  que  en  vez   de  apaciguar  las  palabras   el  teniente  al  cabo, lo  enrabietaron  mas y lo  volvió  a  desafiar  enseguida, pero  junto  al  polvorín  de  Horcas  Coloradas,  que  allí  no  iríamos  ninguno, Lo  primero  por  ser  zona  de  difícil acceso, para  mujeres  y  también  zona  prohibida  por  ser  militar 
Yo no obstante  los  seguí, pero  era tanto  el  afán  de  matarse  uno  al  otro  que  no  les  daba  alcance, ya  que   partieron  veloz. Las  muchachas  quedaron  atrás,  llorando.
  El polvorín  de  Horcas Coloradas  estaba  en  terreno   rocoso  por  el  otro  lado  del  mar  y  por  el  norte  y  este  lindaban  con  las  aguas  del  Mediterráneo. No  se  podía  acercar  allí  nadie  que  no  fuese  militar  y  estar  autorizado, y  para  impedirlo  habían  puestos centinelas. Pero los  centinela  estaban  de la  alambrada  hacia  dentro, y  por  fuera  de  ella  existía  una  pequeña  explanada  cubierta  de  hierba,  fuera  casi  de  la  vista  casi  del  centinela  que  permanecía  en  la  garita. Luego  cada  media  hora  una  patrulla  de  reconocimiento  vigilaba  el  exterior, por  un  camino  sin  asfaltar  de  tierra  colorada  y  polvorienta.
 En  el  pequeño  rellano  de  hierba  se  pararon. Allí  uno  de  los  dos  se  iba  a  matar, perdería   el  que  fuera  la  vida, por  una  mujer, como  en  tantas  novelas  ocurría, pero  aquello  no  era  novela  era  realidad.  Cuando  llegué  ya  estaban  enzarzados  en  la  riña. Parecerá  mentira, pero  el  oficial   empuñaba  una  navaja  albaceteña  de  grandes  dimensiones, estilo  José María  el  Tempranillo, y  el  cabo  otra  aunque  más  pequeña. Los  dos  cumplieron  con  su  palabra,  de  batirse  a  navaja, y  navaja  llevaron.
   Se tiraban  tajos  uno  al  otro,  que  eludían  con  paso  atrás, parecía  que  el  teniente  llevaba  la  ventaja, en  una  embestida  logró  arañar  a  José  en  el  rostro, y  la  sangre  roja  como  una  amapola  brotó.  Yo  daba  voces  de  que  aquello  era  un  suicidio,  que  las  personas civilizadas  arreglan  las  cosas  de  otra  manera, pero  nada. Ellos  no  me  oían  o  no  querían  oírme. Yo   quise  sujetar  al  teniente, y  rogarle  al  otro  que  ya  estaba  todo  resuelto, pero  no  logre  nada, el  teniente  se deshizo  de  mi  de  una  sacudida  y  fue  a  por  su  rival  con  la  navaja  en  ristre, como  fue  don  Quijote  con  su  lanza  a  por  las ovejas  creyendo  que  eran  gigantes.
  No  acertó  Guillermo  a  clavársela  en  el  vientre  como  era  su  intención,  José  esquivó  limpiamente  el  golpe, y  entonces  arremetió pinchando  al legionario  en  el  hombro  derecho. Luego  con  furia, la sangre  estaba  tan  caliente   ardía; le  asentó  una  patada  en  la  mano  y  la navaja  del  teniente  voló  por  los  aires.
  Rugió  de  dolor  Guillermo, y  se  llevó  la  mano  a  la  herida  que  era  muy  profunda, sangrando  abundantemente.  A  mis  gritos   apareció  el  cabo  de  guardia  con  dos  soldados ya  que  el  centinela  lo llamaba  sin  dejar  su  puesto, luego  se  presentó  la  patrulla, y  como  los  dos  sangraban  se  los  llevaron  al  hospital  militar, y  a mí  a  declarar ante el  auditor  militar  de  la  plaza.
  Nervioso  dije  toda  la  verdad  tal  como  había  sucedido  y  los  motivos. Quede  libre   aunque  insistía  el  juez militar  el porqué  no  arriesgue  mas  para  impedir  aquella  absurda  pelea.

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   En  el  hospital   permaneció  diez  días  Guillermo, dos  José, hasta  que  curaron  de  las  lesiones. Como  arresto  preventivo  hasta  que  saliera  el  juicio el  cabo  pasó  al  penal  militar  de  Rostrogordo, por lesionar  a  un  superior. A  Guillermo  las Chafarinas,  como   abuso  de  autoridad  y  no  saber   cumplir  el  código  de  honor  que  todo  oficial  jura  o  promete.
Ya  no  los  volví  a  ver  mas,  a  uno  y  a  otro  le  caerían  algunos  meses  o  años  de  arresto  y  degradación  del  cargo. Al  Cabo  le  daba  igual  lo  de  la  degradación, pero  no  que  toda  su  quinta  se  licenció  y  el  quedó  allí, hasta  Dios  sabe  cuándo.
Estábamos  a  punto  de  licenciarnos. Nada  pintábamos  ya  en  el  cuartel, puesto  que  los  nuevos  soldados  eran  los  encargados  de  toda  clase  de  servicio  de  armas  y  mecánicos. Ya  hacia  un  mes  que  juraron  Bandera. , pero  no  sé  porque  nos  retuvieron  un  mes  más   de  lo  previsto. Quizás  temiéndose  algo  de  Marruecos, o  porque  tenían  que  preparar  ciertos  transportes, por  lo  que  fuera,  nuestra  misión  era  comer  dormir  y  en  las  horas  de  paseo  pasear.
   Una  de  aquellas  tardes  me  encontré  en  el  paseo  a  Rocío  y  a  Margarita,  que  pese  a  ser  la  primera la  causante  de  que  dos  hombres  se  perdieran  por  ella, ni  la  molestaron  ni  ella  dejó  su  paseo  vespertino. Me  acerque  a  ellas.
 “- Buenas  la  has   liado Rocío, tienes  a  dos  hombres en  prisiones  militares, y  fueron  heridos  por  tu  culpa, y  estás  aquí  tan  fresca.
  No  supo  que  contestarme, pero  masculló que  de  ella  no  era toda  la  culpa, porque  si  mi  amigo  José  no  hubiese  faltado, ella  no   hubiera  consentido  al  teniente, porque  de  quien  estaba  enamorada  era  del  cabo.
“- ¿Estabas?- ya  no  estás- le  reproché  displicente,
“-Ya  nada  puedo  hacer.  Uno  y  otro  me  odiaran , yo  pronto  a finales  de  mes  cuando  cobre  me  marcho  a  Sevilla, y  siempre  recordaré  esto  que  ha  pasado, pero…¿qué  puedo  hacer?  La  justicia  militar  es  dura  y  ellos   saldrán  de  prisión   a  lo  mejor. No  sé. Yo  soy  joven ¿Qué  puedo  hacer?
 Me lo  decía  acongojada, si  le  afectó, pero  como  decía  era  joven  y  tenía  mucha  vida  por  delante. También  eran  jóvenes  los  dos  “novios”  y  con  mucha  vida  por  delante  se  veían  privados  de  libertad,  ¿ por  culpa  de  ella?  O  por  ironías  del  destino, hay  lo  dejo, que  el  amigo  lector  lo  juzgue.
  En  cuanto  a  Margarita, me  rogó  que  siguiera  con  ella. Que  era  buena, y  me  haría  feliz, que  estaba  dispuesta  a  seguirme  a  irse  conmigo  a  España  como  ella  decía,  porque  aunque  Melilla  es  de  España,  las  criadas  y  los  soldados  decíamos  África, y  algunos  hasta  Marruecos.
“-  Lo  pensaré  Margarita, lo  pensaré.- estuvo  mal  lo  que  hice, lo  reconozco, porque  solo  pensaba  en  licenciarme, y no en  otra  cosa. No  era  plan  en  aquellos  tiempos,  llevar  a  una  mujer  al  pueblo, sería  la   comidilla  de  todas  las  vecindonas, y  estaría  repudiada  por  las  mozas  del  pueblo, que  veían  como  una  intrusa, de  sabe  Dios  qué  conducta  y  honradez  le  había  robado  un  mozo,  que  esperaban  para  ellas.
  Al  día  siguiente,  nos  ordenaron  formar  en  el  patio  del  cuartel, a  las  doce  del  mediodía,  era  la  entrega  de  la  ropa  militar, el  armamento  y  todo  lo  perteneciente  al  ejército  menos  la  bolsa  de  aseo, la  ropa  interior  y  el  cubierto. Podíamos  vestir  de  paisano, con  la  ropa  que  guardábamos  en  las  viejas  maletas  que llevamos  al  cuartel. Si  alguno   carecía  de ropa civil por  deterioro  o  perdida, podía  marcharse  de uniforme, entregando  la  ropa  en  el  cuartel  más  próximo  del  los  tres  ejércitos, o  por distanciamientos  de  estos  en  el  Puesto  de  la  Guardia  Civil  del  pueblo.
  Es  de  suponer  la  alegría  de  Juan  el  Barbero, Juan  Martínez, Nicolás Oliva.  Alonso ya  había  sido  licenciado  por  enfermo y  todos  en  general, lamentábamos  que  José  el  alto  y  apuesto   Cabo  no  pudiera  compartir  la  gran  alegría  que  a  todos  nos  invadía.

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  Después  de  la  comida,  ya  casi  todos  de  paisanos,  nos   llevaron  al  puerto, y  aquella  tarde  en  un  barco  cuyo  nombre  he  olvidado, nos  embarcamos  hasta  Almería. Fueron  mucha  gente  a  despedirnos, hombres  mujeres y  niños. Era  tradicional  en  Melilla,  la  banda  del  Gobierno  Militar, tocaba  marchas  militares.
Cuando subía a pasarela  del barco, miré  hacia  atrás para despedirme  de  la  ciudad  de  Melilla,  donde  pasé   11 meses, de  no  muy  gratos  recuerdos,  aunque  tengo  que  confesar  que  fue   en  donde  adquirí  el  gusto  por  lo  militar, y  por  eso  años  más  tarde  ingresé  en  otro  cuerpo  militar  aunque  con  doble sentido,   ser un  cuerpo  mas  del  ejército  español  y  velar  por  la  seguridad  y  propiedad  de  todos  los  españoles. Como  ya  habrá  adivinado  el  lector  o  lectora  me  refiero  a  la   Guardia  Civil.  Cuando  miré  hacia  atrás vi  a  muchas  personas  agitar  su  pañuelo  blanco, y  divisé  a  Margarita  que  lo  agitaba  con  fuerza, de  vez  en  cuando  se  lo  llevaba  a  los  ojos para  secarse  una  fugaz  lágrima  que  resbalaba  por  sus  mejillas, eso  creo  yo, o  tal  vez  fuese  solo  un  espejismo  una  ilusión  óptica  mía. Pero  la  ilusión  de  los  que   regresábamos  a  nuestras  casas  es  imposible  de  describir.  Sacábamos  la  verde, como  le  decíamos  a  la  cartilla  militar  y  la mostrábamos al  aire,  gritando  que  estábamos  lili, como  queriendo  decir  que  éramos  libres.
  Aquella  verde, aquella  cartilla  militar  que  nos  entregaron  al  licenciarnos,  contenía  toda  la  historia  de  nuestro  tiempo  en  filas. La  mía  estaba  “limpia”  por  lo  que  tenía   derecho  a  solicitar  cualquier  puesto  de la  administración del  Estado, bien  civil  o  militar. Algunas  iban  “manchadas”  y  esos  que  así  la  llevaban  no  podían, no  lo  admitían  en  aquellos  tiempos  a  ocupar  un  cargo  público  por  insignificante  que  fuera, ni  a  guarda  jurado  de  un  cortijo  en  el  páramo  tenían  derecho  a  solicitar, pues  se  le   rechazarían. Así  era  la  vida  entonces.
  Llegamos  a  Almería  al  día  siguiente,  dormimos  algo  en  el  barco  pero  poco, la  emoción  de  regresar  a  nuestros  hogares  nos  embargaba  el  sueño, y  al  desembarcar   (aun estábamos  bajo  mando  militar) un  cabo  nos  formó  y  nos  condujo  a  un  cuartel, donde  nos  dieron  el  desayuno. Como  en  todos  los  cuarteles    café  con  leche,   y  panecillos  con  mantequilla. Lavados  y  aseados  en  los  lavabos  de  tropa, el  mismo  cabo  1º  nos  condujo  a  la  estación  del  ferrocarril, y  allí  había  formado  un  tren larguísimo.  Escrito  en  los  coches  de  tercera con  tiza  pusieron  los  nombres  de  cada  región  y  provincia. Era  el  que  nos  llevaría  a  cada  uno  a  nuestro pueblo. EXTREMADURA Badajoz, decía  el  de  los  extremeños  y  allí  montamos  en  los  duros  asientos  de  mares. Ya  llevábamos   la  ropa  sucia. Era  el  mes  de  agosto  y  hacía  mucho  calor. Una  camisa  blanca  que  me  compre  en  una  tiendo de unos  judíos  en  Melilla  ya  estaba  negra  de  suciedad, y  aun  tardaríamos  dos  días  en  llegar  a  Badajoz. Si  es  vedad  que  de  Almería  a  la  capital  extremeña,  se  hace  el  recorrido  en  mucho  menos  tiempos, pero  aquel  tren  al  que  le   pusieron  dos  máquinas  como  cafeteras,  adelantaba  poco  y  menos  por  las  sierras  de Almería  y  Granada. En  Guadix,  paramos  tres  horas  para  comer rancho  que  nos  llevaron  no  sé  de  dónde. Y  de  vez  en  cuando  permanecíamos  en  vías  muertas, hasta  que  quedaba  vía  libre  para   nosotros. Iban  soltando  vagones  de  aquel   tren  que  enganchaban   a  trenes  del levante,  de  Cataluña,  del  norte  otro  para  Madrid, y  otros  para  las  provincias  andaluzas. Al  fin  quedó  el  nuestro  que  fue  soltando  mozos  hasta  que  llegó  a  Badajoz. Y  antes  del  final  bajé  en  la  estación  de  Guadiana  del  Caudillo,  negro  de  tizne  y  suciedad.

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 Llegué  de  noche, y aunque  el  calor  había   cesado  algo  en el  ambiente  era  bochornoso. No  me  esperaban, pues  siempre  he  tenido  la  fea  costumbre  de  presentarme  de  incógnito.
  La  sorpresa  y  la  alegría  de  mi  familia  fue  como  es  de  suponer  enorme  y  mas  la  de  mi  abuela  y  madre,  que  no  dejaron  de  rezar  a  la  Virgen  y  a  Santa  Bárbara  para  que  regresara   como  salí  de  ella  sano  y  sin  lesiones y  así  regrese.
Luego  tres  años  después  ingresé  en  la  Guardia  Civil, pero  esta  es  otra  historia.

                                                     *    *    *
  Han  pasado  más  de cuarenta  años  desde  entonces y  todos  los  años  viajo  a  Valencia  tres  o  cuatro  veces  para  visitar  a  mi  madre  ya  muy  anciana.
  Una  tarde  de  otoño  cuando las hojas de los  árboles  alfombran  las  calles  y  parques  de  la  ciudad  del  Turia, En  una  de  las  plazas  más  céntricas  de  aquella  hermosa  ciudad,  vi  a  una  indigente  vendiendo  “ La  farola”.
 “ – Me  compra  usted  un  periódico?- me  dijo  con  pena- No  puedo  comer, no  tengo  dinero.
“- Que  vale  eso?-le  dije. Pero  al  mirar  aquella  cara  ajada, y  macilenta,  me  dio  un  vuelco  el  corazón.
“-¡ Dónde  he  visto  yo  esta  cara?- me  pregunte.
  En  esto  que  se  acercó  otro  mendigo  y  le  preguntó
“- ¿Te  quedan  muchos  ejemplares  Margarita?
“- Si,  se  vende  poco, muy  poco.
“- Pues  vete  a  Sevilla. Allí  se  vende  más.
  Al  oír  su  nombre  mi  memoria  me  trajo  remotos  recuerdos. Si, era  ella  no  cabía  duda. Era  Margarita, la  que  fue  novia  mía  durante  el  servicio  militar.
  Le  compre  el  periódico  y  me  marché. No  me  atreví  a  decirle  nada. Ella  me  miró  un  rato, creo  que  también  me  reconoció, pero  no  lo  tengo  muy  seguro.
  Al  día  siguiente, fui  al  mismo  lugar  para  comprarle  otro  periódico, no  porque  me  gustara, sino  por  ayudarla, pero  ya  no  estaba,
 Entonces  en  un  quisco  cercano  compre  el  periódico  valenciano  Levante, lo ojee y  me  llamó  la  atención  la  página  de  sucesos decía.
 Hallada muerta una  indigente  en  la  puerta  de  la  catedral, llevaba  varios  ejemplares  de  “La farola”  por  su  D.N.I..  se  conoce  su  nombre se  llamaba Margarita S.R. Era  efectivamente  ella, la  criada  de  Melilla  la  amiga  de  Rocío, la  que  fue  medio  novia  mía  durante  los  ratos  libres  allá  en  la  ciudad  del  norte  de  África,  en  Melilla.
  Aquí  finalizo  esta  novela, que  es de  ficción  pero  con  muchos   tintes  de  realidad. Los  lugares  son  reales, los  personajes   reales  aunque  les  he  cambiado  el  nombre, y  de  protagonista  me  he  puesto  yo  mismo, para  que  no  haya  interpretaciones  equivocadas.

 

                                            F   I   N

 Guadiana  del Caudillo, Julio 2008--- Juan J. Hormigo Bautista

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