hormigo

 

LAS ENFERMERAS

Por Juan José Hormigo Bautista.

 

 1

  hormigoEl edificio  rojo de cuatro plantas se divisaba erguido, majestuoso sobre los  tejados de las edificaciones colindantes más bajos que el hospital. Era mitad civil mitad militar, pues al cerrar el  ejército el hospital que poseía, también los militares iban a sanarse al HOPVA (Hospital Provincial de Valencia). Y en aquel  establecimiento  de esperanza y sufrimiento trabajaba Natalia de  enfermera. La muchacha que no pasaba de los veintes, tenía la cabellera como los dorados rayos del sol, su cara muy blanca con algunas pecas salteadas que la hacían más bella estaba adornada por una nariz recta, ojos azules y dientes marfilados, brazos torneados al igual que sus piernas que terminaban en un diminuto pie calzado graciosamente con las zapatillas de uniforme.
  Natalia no era valenciana, aunque trabajaba en el hospital de la ciudad, era extremeña, había nacido en un pueblecito de la fronteriza provincia de Badajoz, en las vegas bajas del Guadiana... Sus rojos labios siempre estaban prestos a emitir una alegre y  cándida sonrisa a todo el mundo. Lucia con mucho garbo su blanco uniforme, Ese uniforme  tranquilizador  de enfermos  que tanto  gusta a los internos, y en su cofia lucia la cinta azul de su empleo y grado.
  Natalia no fue al HOPVA  a ser enfermera, su oficio era más sencillo aunque también preciso y necesario, llego recomendada por un médico de su pueblo al director del hospital para  limpiar las salas de los enfermos, y lo llevaba con tanta ilusión  y denuedo que jamás defraudó a su paisano, ya que  al poco tiempo de estar trabajando se granjeo la simpatía, de todo el  personal del Centro, y de los enfermos y enfermas que esperaban salir de allí completamente curados.
  Por su buen hacer y su comportamiento la hicieron  a gusto de todos jefa del equipo de limpiadoras, pero a pesar de que  estaba a gusto con su cago  y era apreciada por todos, ella aspiraba a ser enfermera., porque su meta y su ilusión era llevar consuelo esperanza y amor a los desdichados que  en todas las salas  permanecían con dolores y fiebres por enfermedad o accidente. Así se lo  propuso al Director, que era hombre humano servicial y  consciente. Pero para eso tenía que prepararse, estudiar y hacer practica con enfermeras  consolidadas.
 Así que se puso manos a la obra, y un día paseando por la ciudad del Turia cuando finalizó su trabajo, se acercó a una librería de  libros usados pues los nuevos costaban mucho dinero y su economía no estaba para ello, y al viejo librero le  preguntó si  tenía algunos libros de tratado de enfermería o y medicina. El hombre buscó por las empolvadas estanterías y pudo encontrar algunos  tan viejos que habían servido de orientación a las viejas enfermeras  que un día curaron a los soldados que lucharon en   Cuba y Filipinas   , pero que le iban a dar un resultado excelente.
  Después de finalizada su labor de limpieza, se encerraba en su piso que con otra  aspirante alquilaron en la angosta calle de Santa Isabel  donde se pasaban las horas estudiando vendajes, torniquetes,  sueros y toda clase de  instrucciones que  aquellos viejos libros enseñaban. Para Natalia ser enfermera  lo era todo.
 En su pueblo jamás tuvo ocasión de nada, como sabemos  nació y se crió en un pueblecito de  Extremadura donde la única opción que tuvo fueron los rudos trabajos del campo, sembrando y recogiendo tomates y maíz cuando no segando trigo y trillándolo en la era, a pleno sol y con vientos de los cuatro puntos cardinales
              Le había oído muchas veces decir a su tía Lucia, que se dedicaba a cuidar enfermos en una residencia de Badajoz que el placer más grande que sentía, era cuando llevaba la alegría y consuelo a las personas que habían perdido toda la esperanza de la vida, por alguna enfermedad incurable. Natalia había heredado por parte de su tía los mismos sentimientos el mismo instinto benefactor, por eso no se encontraba a gusto en su aldea y  aspiraba a otros horizontes más útiles para la sociedad y sobre todo para los que sufren en sus carnes el  martirio de la enfermedad, por lo que buscó la recomendación del Doctor Soriano amigo de la familia para que la colocase en Badajoz en uno de cualquier hospital de la ciudad; pero en la capital extremeña no existían plazas de lo más humilde, por lo que lo más cercano  que podía colocarse era en el hospital de Valencia, bastante lejos de su tierra, pero  como su ilusión era la que sabemos, una buena mañana tomo un tren expreso y en 24 horas se puso en la ciudad del Miguelete, donde se presentó al director con una carta de recomendación.
  Su madre y toda la familia se opusieron a la marcha considerándola de disparate, pero Natalia aunque no era mayor de edad, entonces era a los 23 años la mujer, se empeño y no hubo razones que la convencieran porque   también era terca tanto como guapa y sobretodo humana y caritativa.  Y allí  manejando cubo y  bayeta estaba contenta esperando que se produjera una vacante y poder ella ocupar el puesto de auxiliar de enfermera.

 

 

2

  Por fin se produjo la esperada vacante, de auxiliar. Una vieja “palomita” había cumplido la edad reglamentaria para el retiro y dejó libre su puesto, después de más de 30 años de servicio entre enfermos y lisiados, y aquel puesto lo iba a cubrir nuestra amiga Natalia. Aquí se ve que el que o la que trabaja y lucha consigue lo que le gusta o lo que quiere, en este caso lo que le gusta. No fue solo ella la que se presentó a la convocatoria, fueron 15 más todas preparadas y jóvenes, pero ella no por recomendación sino por  capacidad y estudios sacó un sobresaliente, dejando a las otras con un notable. Había conseguido su ilusión, Por lo que la alegría que sentía era infinita, y así se lo hizo saber a su madre y amigas en una extensa carta que le escribió

    •   Madre hoy estoy contentísima, he logrado aprobar el curso de auxiliar de enfermera y pronto  llevare alegría y esperanza a los enfermos de este hospital, también tengo amigas que me ayudaran , me veras en una foto vestida de enfermera eso que tanto me gusta, espero que  recibas esta carta con alegría y no llores porque yo estoy muy bien. Recuerdos para Isabel y para María y para todas mis amigas, besos para mis hermanos y mi padre y la tía Lucia  y  cuando vaya de permiso os llevare algo a cada uno,. No quiero que sufras ahora que yo estoy contentísima. Me diréis como va la cosecha de tomates y maíz y como esta el tiempo por ahí,  aquí como siempre con mucha calor algo pegajosa, sin mas se despide su hija que no la olvida ni un momento Natalia.

 

 

 

3

 Dos días después del examen caminaba por los pasillos del HOPVA, cargada de botellas, jeringuillas termómetros y todos los artilugios  hospitalarios, con su franca y abierta  sonrisa mostrando sus encantadores e iguales dientes a todas las personas del hospital. Era muy feliz en aquel mundo y sobre todo cuando algún paciente  recobraba la salud y era dado de alta, y cuando abandonaban el lugar de los martirios y la esperanza, ella, los colmaba de  tiernas palabras y le regalaba cualquier objeto para que siempre se acordaran de ella.

   Muchas veces Natalia mentía, eran mentiras piadosas que   hacían felices a los desdichados que  tenían perdidas las esperanzas de salir de aquellas salas por su pié. Y con su dulzura, su tensón y su  buen hacer surgieron  los comentarios de alabanzas

  1. Es un ángel; sin  ella la estancia aquí en estas salas  frías y tristes sería insoportables. Tiene un corazón de oro, nunca se le ve cansada ¡Cómo ella pocas!

  Alabanzas como estas y otras  se oían por todas las salas a los enfermos y enfermas del gran hospital. Y ella las escuchaba sin vanidad ni  alarde ninguno, sino como una obligación lo mismo que la obligación de administrar el suero, pinchar las inyecciones o colocar termómetros entre  otras cosas  propias de la profesión...
  También las compañeras de Natalia eran buenas profesionales, eficaces en su trabajo pero no poseían el don de la simpatía y la  abnegación de ella. Eran olvidadizas a veces  no querían oír las impertinentes llamadas  que hacen los enfermos por cualquier banalidad, sin, embargo nuestra enfermera siempre estaba presta a acudir a la menor  llamada. También Natalia era muy buena compañera entre todo el equipo de enfermeras y le tenía tanto amor al oficio, que cuando una compañera mostraba asco y repugnancia, porque todas no poseían el mismo valor ni el estomago le admitía ciertas cosas propias de enfermos, como  llagas purulentas, heces y otras cosas no muy agradables y asquerosas, ella loa sustituía si se lo pedía la compañera, y lo hacía contenta y sin poner reparo a lo que su compañera le solicitaba.
 Y sin darle importancia ni  asco le  respondía,
-Bueno tú no te preocupes, yo voy, pero antes debías   de haberlo pensado que esta  profesión lleva esto consigo.
  Y tanto  curaba Natalia a los enfermos más difíciles de curar y que  requerían mayor cuidado que ya ellos mismos reclamaban la presencia de la joven extremeña y no querían que fuese otra, a no ser que ella estuviese libre  o   permaneciera en otra  sala curando a otros enfermos  con más precisión
 Y ellas le decían, es que siempre te reclaman a ti, pues parece que nosotras no sabemos curar nada más que tú  ¿Tan mal lo hacemos? Y muchas veces cuando iban juntas los enfermos lo decían delante de ellas por lo que surgieron ciertas envidia  hacia la persona de Natalia por sus compañeras
 Y nuestra amiga le  decía con su característica dulzura y  simpatía, que las otras eran tan buenas enfermeras como ella o  mejores, que no debían de desairarlas y menos delante de ella, pues ninguna lo hacía mal pues todas habían estudiado y hechos los correspondientes cursos.
-- Mal…no es que lo hagan—decía un enfermo, pero como tu ninguna, tus manos son de ángeles y tan suaves como la seda, - ruborizándose   a las palabras de halago.
--Ni hablar, ellas valen tanto como yo, y no debéis de rechazarlas, tampoco yo puedo atender a todos los enfermos del hospital hay muchos y nos tenemos  que repartir el trabajo, y entonces a estas palabras callaban y aceptaban a otras pero  no muy conformes-
  Y aunque todas se llevaban bien, la preferencia por ella  iba  causando cierta envidia   y también por parte de algunas una antipatía camuflada hacia Natalia. Pues es verdad que a todo el mundo nos gusta que nos alaben y que siente predilección por nosotros en cualquier oficio o carrera.

 

 

 

4

  En una vieja buhardilla del populoso barrio de Sagunto vivía Natalia                                                      en unión de su compañera e intima amiga Amelia. Esta muchacha Amelia, era enfermera más que por estudios por recomendación, y  aunque a todas le debía favores era a nuestra   dulce amiga a la que más le debía, no  solo profesionales también  persona personales  Amelia llevaba muy mal la profesión, tenía poco espíritu y ningún entusiasmo, ella había nacido para otra cosa lo que sucedía es que lo que a ella  le gustaba no estaba a su alcance tan fácilmente, por eso aceptó ser auxiliar de enfermera para tener un puesto de trabajo. Todo lo peor se lo  dejaba a su amiga Natalia, y buscaba cualquier pretexto para no  realizar el trabajo que le correspondía, pero ahí estaba la extremeña como cariñosamente le decían a veces para suplirla en lo más asqueroso de la profesión.
  Esta muchachita que también era bella había nacido en Valencia y  era huérfana de padre y madre, contaba con veinticinco años de edad y gracias a varias recomendaciones de las monjas  donde estuvo internada logro   colocarse con un examen  muy  bajo en el hospital. No ocupo otro cargo fue directamente a  ser auxiliar de enfermera, siempre bajo alguna otra profesional hasta que se desenvolviera sola pero   cuando llegó siempre buscaba la ayuda de otra, era incapaz de valerse sola y , aunque ya le concedieron dicho título  era tan inepta en la profesión que temían dejarla las mismas compañeras que realizara nada sola.
 Era como hemos dicho muy guapa, delgadita  con su cara sonrosada sus brazos torneados y sus piernas rectas y muy acompasadas, la boca chiquita y los dientes blancos e iguales así como sus encantos pectorales muy acompasados a su delgadez y estatura que era más bien alta
  Un día en la buhardilla donde  charlaban de sus vidas anteriores y se contaban su triste historia la valenciana le comentó a la extremeña.
--Hay que ver el enfermo de la habitación 132 lo que se queja y no tiene nada lo que molesta me tiene acosada.
  Natalia la miró sonriente y le dijo.
  -No te preocupes, si tú no te atreves a curarle  yo lo haré, iremos las dos, ya sabes que a don Guillermo el médico no le gusta que le den quejas y menos en la dirección de nosotras. Y eso de que no tiene nada son figuraciones tuyas, el pobre se halla muy enfermo,
 - ¡Que buena  eres Natalia!  Yo quisiera ser como tú, pero no puedo aunque lo intento, no sirvo para esto, estoy porque no tengo otra cosa a la vista en cuanto me salga algo y si puede ser lo que   tengo entre ceja y ceja me voy de aquí. ¡Ojalá que sea pronto!
  -No siempre tenemos lo que nos gusta Amelia; pero yo no soy mejor que tu y ni que nadie, me gusta esto y por eso estoy aquí, -
-A mi Natalia me gustaría ser bailarina o mujer de teatro es tan gratificante divertir a la gente hacerlas reír  y al mismo tiempo divertirme yo también, no aquí entre  enfermos contagiosos sangre pus y otras cosas desagradables.
 -Natalia se quedó un rato pensativa luego dijo.
-También nuestra profesión lleva alegría la gente y mas a los que  con mayor motivo la necesitan como son los enfermos  terminales , y los graves que se le da esperanza de vida, no solo con las curas también con palabras de consuelo, aliento y esperanza.
-Sí con mentiras piadosas, la verdad yo no valgo para eso Natalia.

                                                       

 

5

   El día que ingresó Andrea en el hospital aquejada de una fuere infección pulmonar y fue alojada en la habitación 243 estaban de guardia Natalia y Amelia. Andrea era una cupletista de tercera y ya apenas actuaba por su avanzada edad. En su juventud debió  de ser muy guapa, pero el alcohol, el tabaco las noches en blanco y las juergas habían ajado considerablemente su rostro-
 Aquel día entre la extremeña y la valenciana después de las curas y descansando en sus cuartos mantuvieron este dialogo.
- De verdad Natalia-decía Amelia que si yo pudiera ser como la enferma Andrea, eso sí que me gusta, que me aplaudan, viajar por todas las ciudades europeas, que te llevan los hombres importantes ramos de flores al camerino, en fin todo lo que   sea figurar me   llenaría de dicha; pero esto de ser enfermera es un asco. Además ¿sabes? Yo no canto mal, cuando niña  me   encantaba cantar  y la gente que pasaba por mi puerta se paraban al oírme de lo bien que lo hacía.
 Natalia como siempre le sonreía; no quería defraudarla en sus ilusiones pero  también era su deber aconsejarle, Amelia no  era muy responsable como sabemos ni  obraba con acertado juicio por eso le dijo.
-Escucha Amelia, veo bien que te guste la carrera de artista  pero también tiene sus inconvenientes. Esas artistas y famosas que todos los días estrenan vestidos lujosos y joyas caras perfumes y van de fiesta en fiesta ¿Me puedes decir que utilidad le dan al prójimo, a sus semejantes a los pobres? ¿Qué hacen por los demás? Carecen de sentimientos de escrúpulos de moral, y solo les importa el dinero y casi todas terminan en el hospital joven o en la cárcel o  en otro sitio peor si algo peor que la cárcel, no sé si me entiendes si no te lo digo claro en un prostíbulo. Aquí en el hospital donde  se quejan los pacientes de todos los males, nosotras que no somos famosas, ni estrenamos todos los días vestidos ni joyas, somos el consuelo y la alegría la esperanza y la mano  que acaricia su frente,  nuestras palabras le llenan de  felicidad dentro de la gravedad que padecen   muchas veces un rato de charla le reconforta más que cualquier medicina contra el dolor. La que ha ingresado hoy llamada Andrea, está aquejada de una cirrosis hepática grave, por el exceso de alcohol y noches  malas de ciudad en ciudad en trenes o autobuses sin un descanso apropiado, ¿de qué le ha servido el dinero? de nada porque ahora  ha venido a un hospital  sino de pobre de  la provincia donde hay de toda clase social, en fin tu eres mayor de edad y sabrás  lo que te conviene.
 Amelia escuchó estos consejos. Pero la verdad es que no le sirvieron de nada, no hicieron mella en el espíritu de la  valenciana, su obsesión era poder ser famosa, artista cupletista, lo que fuera que le proporcionara dinero y sobretodo fama. Por eso le pidió a Natalia que la dejara  con Andrea, que ella se encargaría de administrarle  las medicinas pertinentes que el médica le recetara, así como todo lo demás, si  se  viera apurada no dudaría en recurrir a los servicios de su amiga o de otra enfermera que estuviese de servicio, pero sobretodo de  nuestra amiga Natalia..
  Como es esperar  a los pocos días se hicieron Andrea y la enfermera valenciana amigas, y mientras le suministraba  las curas o le ponía el termómetro, el gotero y   las medicinas recetadas, la  famosa le hablaba de  sus actuaciones en Madrid y Barcelona,, de Londres y Paris, y aseguraba haber debutado en Buenos Aires y Nueva York, asegurándole que ella había sido estrella principal.
 La incauta Amelia soñaba despierta que estaba cantando en  escenarios importantes como Roma o Milán, sin pensar que Andrea le mentía para darse importancia. Porque la cómica jamás había  actuado en teatros de importancia, solamente en ciudades pequeñas y pueblos grandes, y muchas veces fue abucheada por  salir casi o del todo embriagada. Era cupletista y sus cuplés  eran copiados de Raquel Meller, y como hemos dichos actuaba en  pueblos  o barrios bajos muchas veces en algún  cabaret o taberna, a veces también en pueblos no muy importantes y perdidos en cualquier provincia española. Andrea no estaba retirada del todo, cuando saliera  del hospital continuaría sus jiras con la compañía que ahora se encontraba en Albacete, ya no de primera ni segunda estrella, pero si apta para reclutar a jóvenes para su empresa., era embaucadora , la troupe necesitaba carne joven y fresca como la  de la enfermera. Amelia  fraguaba por dentro su sueño  le llegaba su oportunidad, y como la cupletista le decía que ella valía para el teatro, para el cuplé ya que según  ella cantaba muy bien, podía si quería cuando  le dieran el alta irse con ella que le aseguraba  entrar en la compañía ya que ella y el  dueño de la empresa eran íntimos amigos. ¡Ay ¡ si lo llega a saber, pero  los ojos no se abren hasta que no ocurren las desgracias y los fracasos.

 

6

 Aquel día era domingo y Natalia iba a experimentar otro cambio en su vida, aunque muy distinto al de Amelia. Tenían el día libre, las dos ya que trabajaban en el mismo turno,. Era un día apacible soleado de esos que tanto abundan en Valencia por la primavera y casi todo el año, y acordaron ir a pasear por los frondosos y  tupidos jardines de los Viveros, pulmón valenciano   con muchas plantas y flores, de setos verdes y coloridos arriates, muy romántico todo, sobretodo el rincón de los poetas, donde no pocos  rapsodas se han inspirado al murmullo de sus cantarinas fuentes,  remanso de paz y amor.
 Natalia respiraba   el aroma de las plantas y le decía a Amelia.
 -Me recuerdan estos jardines los campos de mi tierra, por el aire puro  y buenos olores que se respira.
-¡ Qué bonito debe de ser el campo de tu tierra, cuando lo comparas con la fragancia y majestuosidad de los jardines más bonitos de España.- le respondió Amelia orgullosa de  ser de aquella ciudad  que con tanto esmero  cuidaba sus jardines..
  -Bueno, Amelia esto es más fino  mar romántico mas… no sé cómo decirte, pero los campos de  Badajoz son muy bellos,  sus encinas y alcornoques la dehesa, y ahora los regadíos de la vega del Guadiana, en fin ya sé que Valencia es bonito y sus campos ricos  pero… mi pueblo pequeñito allá lejos. Sus campos en primavera de llenan de colorido, rojo de amapolas entre trigales, margaritas blancas y amarillas en los ribazos me  emociona recordarlo, en fin encantador, si  quieres cuando coja vacaciones te invito, a pasar unos días.
 - Pues sí, me  encantaría y salir del hospital donde solo huele a fenol, yodo, pus y sangre . Te cojo la palabra, si para entonces sigo   de enfermera.
  Paseaban  y como era domingo  el parque se lleno de niñeras con los niños jugando  por los paseos y explanadas libres de plantas. Hombres  mayores jubilados  tomaban el sol sentados en los bancos de hierro fundido, algunos leían el periódico de la mañana,  iban llegando soldados uniformados  buscando a las niñeras y criadas que paseaban  lentas y  buscando compañía. Pronto se emparejaron  soldados y niñeras mientras los niños jugaban inocentes a las canicas o el diábolo o con una pelota de goma.
  Amelia y Natalia, también paseaban  despacio sin prisa  disfrutando de la hermosa mañana que les brindaba la naturaleza o Dios.  De frente  se acercaban tres jóvenes correctamente vestidos de paisano, Llegaron a su altura.
-Perdonen señoritas- se dirigió uno a Natalia...
-Usted dirá caballero- le respondió nuestra  enfermera, se puso en guardia  se figuraba lo que quería aquel hombre vestido con sombrero y traje  del mismo color con camisa blanca y corbata roja.
-Yo la conozco de algo- dijo mirándola fijamente aunque no a los ojos.

  1. Pues yo de nada- le respondió Natalia secamente.

   El joven que tendría unos 23 0 24 años se azoro, y se puso rojo a la seca respuesta de su interlocutora.
Perdón si la he molestado. No era esa mi intención- se disculpó  con palabras  muy suaves  y quedas. Los amigos  no se pararon y continuaron su paseo. Quedaron solos Natalia, Amelia y el joven. La enfermera se dio cuenta que no había obrado bien con aquel muchacho que en nada la había ofendido y fue ella ahora la que se disculpó.
-Perdón  caballero, es que  a veces  algunos buscan cosas  creyéndonos mujerzuelas, y nosotras de eso no tenemos nada. Sé  que le he contestado mal y  vuelvo a pedirle perdón.
.No tiene usted que pedirme perdón, el caso tampoco es para eso. Pero ya que parece ser que  nos entendemos solo quería preguntarle si es enfermera en el provincial, pues  me parece haberla visto  en ese hospital  hace dos días cuando fui a visitar a una enferma amiga mí llamada Andrea, una cupletista que  se halla ingresada por  una enfermedad hepática o renal, y creo que eran ustedes las que salían de su  habitación, por cierto  antes de que ustedes entraran  estuvimos hablando de lo bien que llevan  el trabajo de enfermeras y de lo buenas que son en todos los factores de la vida, sobre todo para los pacientes, comparándolas mejor que a madres.
A Natalia le molestaban tantas alabanzas a ella  y ninguna para las compañeras, porque esto daba lugar a envidias innecesarias, además cada una es como es, y también sus compañeras  hacían lo que debían hacer y les exigía  el reglamento y la administración del hospital. ; Por eso  respondió-
-Yo a lo mejor soy más zalamera y mentirosa pero por lo demás todas valemos iguales,
-Yo conozco mucho a su amiga- intervino Amelia- soy la que la curo casi siempre menos cuando estoy libre—estaba ansiosa por intervenir y como  se trataba de la cupletista  quiso meter baza para ver si  el joven  del sombrero gris la conocía a fondo. Este le respondió sin apenas mirarla.
-¡Ah , si ¡  muy bien me alegro mucho. Es muy buena., al menos eso creo yo.
 El admirador de Natalia no tenía muchas ganas de  conversar con la aspirante a cupletista, ya que se lo dijo con poco entusiasmo y menos  simpatía. Mientras esto  diálogos transcurrían entre los tres, los amigos  volvieron de la vuelta al paseo y llegando  otra vez a su altura dijeron-
-Nos marchamos Arturo. Aunque es domingo debo de estar en el cuartel antes de las dos. Hoy me toca guardia, mañana la tienes tú.
 Por estas palabras las dos  enfermeras supieron que aquellos hombres aunque de paisano vestidos eran militares, lo que no sabían era su graduación, pero no era esto lo que le  importaba a nuestra querida enfermera, lo que le entro por su corazón y alma, fueron los modales de aquel hombre, su gallardía, su  apostura y buen mozo, alto y  rubio  pues aunque llevaba el sombrero por debajo  se veían mechones de pelo rubio perfectamente recortados al estilo militar de la época... Jamás  sintió un deseo tan vehemente de seguir hablando con aquel hombre, se  encontraba a gusto y  no quería que  se fuera la mañana para seguir  el dulce diálogo con él. Enseguida lo comprendió. Cupido había lanzado la flecha del amor y se había clavado en su corazón ¿Una corazonada? Puede… pero allí surgió el amor no solo de ella, también el militar sintió la mordedura dulce del amor en su alma hacia aquella rubia muchachita, que  la vio por vez primera de uniforme blanco como la nieve, con el carrito de curar a los enfermos  que se hallaban postrados  de sus dolencias. Aquel amor  aunque también amor, era muy diferente a los que sentía por sus enfermos. Era amor  especial, amor de mujer  que está dispuesta a seguir al hombre casarse con él y formar una familia, tener hijos y vivir intensamente  en paz y felicidad hasta que la  muerte los separe. Casi lo mismo que ella pensaba el militar.
 Se miraron a los  ojos con miradas tiernas. El soldado también tenía que marcharse ya,  pues la  vida militar es exigente y se lo exigía.
-Natalia,  este es tu nombre ¿no Se dio cuenta que la tuteo y quiso rectificar, pero ella con una dulce sonrisa le lo impidió 
-Me tengo que marchar pero me voy con la esperanza e ilusión de volvernos a ver.
-Claro Arturo- ¿No te llamas así? Y por respuesta una sonrisa.

 

7

 Aquel joven , militar  que ya sabemos que contaba  24 ó 25 años, era oficial teniente por más señas destinado en el Regimiento de Infantería La Reina,  ubicado en el paseo de la Alameda no muy lejos del hospital donde Natalia  ejercía de enfermera.
 Era hijo de militar. Y optó por la carrera de su padre, aunque pido estudiar otra  civil menos arriesgada y más lucrativa, pero era un patriota nato y la Patria para él era una cosa sagrada.
 No hacía mucho que  había finalizados su preparación en la Academia General de Zaragoza, y sacar una excelente nota por lo que pudo  establecerse en su ciudad y en el Regimiento que le gustaba... Como ya habrá adivinado el lector o lectora era de estado soltero y como se suele decir sin compromiso, y cuando estaba franco de servicio frecuentaba las salas de fiesta y otros lugares de ocio, más o menos recomendables, junto a sus compañeros  de graduación y algún sargento joven  como ellos, despejándose así de la monotonía del cuartel. En un teatrucho de barrio conoció a Andrea, que  actuaba de cupletista, aunque ya  estaba algo tocada de sus riñones y pulmones, ajada  que  el exceso de pintura no lograba borrar los surcos que el tiempo aró en su cara.
 Andrea no lo hizo mal del todo aquella noche, estaba inspirada y se ganó algunos aplausos, una vez finalizado el espectáculo Arturo  pidió licencia para  conocer a Andrea en el camerino, le cayó simpática y quería charlar  con ella. Total que después de conocerse y cambiarse de vestido la cómica  y Arturo se fueron a pasear por la ciudad y estuvieron  toda la noche de  cabaret en cabaret y   “conociéndose”   en las salas reservadas y oscuras. Resultando que los dos intimaron y se hicieron muy amigos.. A Andrea le encantaban los militares, pero con estrellas y aquel apuesto  muchacho  lucia en el antebrazo dos de seis puntas-. Y desde entonces surgió la amistad. P ero la enfermedad de Andrea   que  ya la tenía desde tiempos atrás,  se agravó pocos días después de la entrevista con el teniente y tuvo que ser ingresada de urgencia en el HPVA, donde como sabemos  trabajaba Amelia y Natalia y otras palomitas mas, . Arturo la visitaba casi a diario, y veía como evolucionaba la artista, aunque solo  era pura amistad más tarde se convirtió en compasión por aquella desdichada, marcada por los vicios y una vida  licenciosa y poco apta para personas decentes-
 Ya sabemos que fue en el hospital donde vio Natalia por primera vez, encontrándola tan dulce y atractiva, que se enamoró de ella, aunque fuese la confirmación en los jardines de los Viveros. Natalia  pasó desapercibido, tantos hombres  visitaban enfermos en el hospital que  no se fijó en él. Pero una vez  hablando  ya sabemos lo que ocurrió...
                                                            

 

8

   El teniente Arturo era hijo de un coronel y de una encopetada madrileña  de la aristocracia. Su padre gozaba de gran prestigio en  Valencia, entre todas las autoridades civiles y militares. Más de una vez habíase entrevistado con el Jefe del Estado de aquella época, que lo mandaba a llamar para que ocupara un cargo en la Casa  del Pardo, pero nunca lo aceptó, porque le gustaba más su  cuidad, aunque mucho más pequeña y provinciana que   Madrid, y por lo tanto se estableció en la capital del Turia al mando del Regimiento de la Reina, no con  la  complacencia de su esposa que prefería Madrid, donde  era muy conocida por sus  aristocráticas damas y aristocráticos caballeros. Ni que decir tiene que Arturo aunque sacó buenas notas en la Academia, su padre dejó de echarle un cable  para que estuviese  en su casa , pero  lo dejaba  libre  consideraba que ya era hombre responsable y no se metía en sus  juergas y  devaneos. Pero aparte de algunas de estas salidas a divertirse Arturo no era un muchacho calavera. En sus  diversiones  aconsejaba a sus compañeros, que eran casi siempre los que lo sonsacaba para estas  orgías que el camino a seguir no era ese,  y mucho menos para un caballero y oficial del Ejército,  español.
 Los otros se reían de él tomándolo a chacota y Arturo por no quedar en ridículo ni meapilas se entregaba a aquellos saraos y nocturnidades con cupletistas y  cómicas de baja  reputación, tanto en el arte como en la moral personal. Y como sabemos de  esas juergas vino la amistad con la  cupletista ajada y  enferma Andrea.

 

9

  Esta narración era sobre los años 47  del pasado siglo XX, y los huidos, que llamaban bandoleros y maquis en los pueblos operaban  en contra el gobierno ganador de la guerra por todas las sierras de España. Eran los vencidos del  frente Popular y del Ejército Republicano, que reorganizados en Francia atravesaban los Pirineos y se extendían por toda la   Península, menos  en Portugal. Otros surgían de los pueblos donde permanecieron escondidos por temor a ser descubiertos por  la Guardia Civil o los falangistas y somatenes. Su misión era crear el desconcierto  con sabotajes, secuestros  y sobretodo atentar con las autoridades del gobierno actual, o sea el franquismo. Su objetivo principal era derrocar a Franco como fuera, ya que los aliados  demócratas iban ganando la guerra a Alemania e Italia o Japón el eje fascista de aquellos años. Recibían consignas y armamento de  los exiliados en Rusia principalmente, aunque también de Méjico y   Francia. Descarrilaron trenes por el procedimiento  del cuerno y con explosivos, cortando vías. Los que se escapaban del “paseo” como  nefastamente le llamaban los   ejecutores , también se echaban al monte con una escopeta de caza o algún naranjero que le proporcionaban sus camaradas.
 No quiero entrar en polémica sobre si llevaban o no razón porque cada cual  defiende su posición, mal unos y mal otros, mi repulsa a los dos bandos que cometieron asesinatos  con personas inocentes… Pero esta no es la historia,: He citado esto porque en la  novela es preciso citarlo.
  Aquellos hombres eran constantemente por la Guardia Civil, que les  hacían muchas bajas, aunque también la Benemérita  sufrió las suyas  que no fueron pocas. Pero la Guardia Civil no disponía de suficientes hombres para combatir a tanto maquis en todas las provincias españolas, por lo que fue preciso que tropas del ejército fuesen a combatir a los  de la sierra  codo a codo con la Benemérita o  solos en algunos casos.
 El Regimiento de la Reina fue uno de los elegidos para estas peligrosas misiones, y el teniente Arturo Romero uno  de los voluntarios para esta  misión. Ya hemos dichos que Arturo era valiente y muy patriota, al menos patriota ya lo hemos dicho, lo de valiente lo añado ahora. Llevaba en la sangre el espíritu de lucha, creyendo siempre que era por una causa justa y necesaria, no quiere decir esto que fuera un matón pendenciero. Todo lo contrario. Hijo y nieto de militares y también biznieto era una estirpe militar desde muy antiguo, su bisabuelo luchó siendo  capitán con los franceses  en los disturbios de la Puerta del Sol de Madrid el 2 de mayo de 1808.

 Así que una mañana temprano al frente de su sección el neófito teniente se vio envuelto en un intenso tiroteo. Los maquis nadie sabe porque los esperaban escondidos entre las peñas de la sierra de Chelva al norte de Valencia, Arturo reaccionó a tiempo y fue una lucha sin cuartel cruel sin compasión de nadie, los soldados de Arturo se defendían con bravura, pero los maquis que no eran menos bravos conocían el terreno y dominaban mejor a los contrarios. Y aunque causaron varias bajas a los maquis, también los soldados  caían  bajo  el mortífero fuego de los de la  sierra, muchos murieron, un  sargento. Un cabo y dos soldados cayeron para no levantarse jamás. La presencia de  una sección de la Guardia Civil, puso en fuga a los  que tenían dominado el campo de batalla, ya que  los iban a rodear  por ser un  número  bastante  considerable de hombres uniformados. En la huida  descargaron sus naranjeros  contra los hombres del teniente Arturo en un  arrebato de rabia al no poder culminar su  propósito de eliminarlos a todos. Una de las  balas alcanzó al teniente en el hombro y otra en una pierna, cayendo al suelo  manando sangre  copiosamente. No eran las heridas mortales  siempre que  le cortaran la hemorragia a tiempo, uno de los guardias civiles, había hecho el curso de socorrismo, y  llevaban vendas en la mochila , esperando ser heridos, pues no era la primera vez que esto ocurría  y tapono la herida del hombro después de desinfectarla con yodo, en la pierna le practico un torniquete, e inmediatamente fue trasladado en el  camión de la Guardia Civil a Valencia, ingresando en el primer hospital que encontraron, que fue precisamente el HOPVA, o sea en donde ejercía de enfermera Natalia y Amelia. Pudieron llevarlo al hospital militar, pero estaba en el otro extremo de la ciudad y  creyeron que  la fiebre y algo de sangre que perdía; podía llegar tarde para salvar la vida, así que creyó el socorrista  que iba con él más prudente  dejarlo en  el primer hospital.  Paradojas  de la vida, el teniente Arturo fue ingresado en la habitación 185, solo en la misma planta donde estaba Andrea, y en la que correspondía a las enfermeras  que   conocemos.

 

10

  Andrea mejoraba, aunque no se encontraba restablecida del todo, el tratamiento que los médicos le  proporcionaban  bajaron considerablemente la inflamación, que tenía en  los riñones y otros puntos interiores a causa del alcohol el tabaco y los vicios.  Nunca tuvo hijos, Aquellas entrañas aquellos ovarios no fecundaban. Tal vez
Dios o la Naturaleza no consintieron que un ángel sufriera  los  desprecios y  la marginación de la sociedad, aunque esta  misma sociedad fuese el causante de ello.
  Amelia  no salía de su habitación, más de una vez tuvieron que  reprenderla por su tardanza  en la cura de Andrea, olvidándose de otros enfermos, y es mas cuando disponía de tiempo libre, allí estaba acompañando a su amiga que le prometía  ser buena artista y dejar el apestoso hospital.
-En cuanto me den de alta—le susurraba Andrea al oído- te vienes conmigo, que yo te prometo como ya te he dicho que formes parte de la compañía. No te pesará, al contrario te alegrarás mucho, cuando te aplaudan, te lleven ramos de flores al camerino y más ganes mucho más dinero que aquí, y sin riesgo de contagiarte de  alguna enfermedad  asquerosa. Conocerás otra vida otro ambiente, ciudades, ya verás.
  La embaucadora, ya la  tenía convencida; claro que no hacía falta mucho esfuerzo Amelia  deseaba dejar el centro de salud, y se le presentó la ocasión.
 La compañía era propiedad de un tal Anselmo. Un tipo sin conciencia ni escrúpulos. Para él  lo único valido  de la vida era el dinero   y por  el vil metal era capaz de  realizar los actos más bajos y repugnantes del mundo,
 La pobre Amelia había caído en la trampa. Andrea  tuvo mucho arte para convencerla si alguna duda le  quedaba, que creo que no, el corazón de la arpía, cegada por los oropeles los lujos y el dinero, logró su propósito, Amelia por su juventud y belleza levantaría la compañía bastante decaída, por  carecer de carne fresca y bella. ¡Que diferente eran las dos de Natalia! A la extremeña la hacía feliz el consuelo y las palabras amables que le dirigían los enfermos y enfermas. Aquellos infelices enganchados al gotero  o postrados en la cama con fiebre y dolores. Sus dulces palabras y sus sonrisas, mientras cambiaban vendas y, ponía inyecciones y suministraba  jarabes
  Había nacido para eso. Al igual que su tía Lucía, y nada ni nadie la convencían con otras promesas de mejor vida. Ella era feliz llevando esperanzas a los enfermos era un ángel benefactor para ellos, sus manos de rosa como le decían Dios las creo para aliviar los dolores y darles el calmante que necesitaba ¡Que diferente una de la otra ¡ Y las dos son mujeres, y las dos son enfermeras.

 Andrea  salió del hospital con la alta médica en el bolso, y aquel día no estaba su amiga, pero le dejó en sobre cerrado una nota a Natalia para que se la entregase a Amelia. “Para la señorita Amelia decía el sobre” Cuando por la noche llegó al turno que ahora le correspondía Natalia le entregó el sobre- “Es de Andrea, le dijo no con  preocupación, pues por  conjeturas y algunas palabras ya sabía  lo que tenía planeado. Amelia rasgó el sobre y leyó-

 Nos hospedamos en  el hotel los candiles, Avenida de Blasco Ibáñez 38-4º-A, no faltes te alegrarás.  Andrea.
 La alegría que sintió fue  extraordinaria,  había sido amonestada varias veces por incumplimiento y  la supervisora la amenazó con el despido si no se corregía, habían recibido quejas de algunos enfermos y como estaba deseando que le saliera otro trabajo  no tuvo límites su contento. Iba a caer en la trampa.
 Natalia la aconsejó mucho y le tapó muchas faltas, y nunca hizo caso, huía de los  trabajos  más  delicados y todo  se lo  encargaba  a su amiga, pero aunque  ella  (Natalia) cubría aquellas faltas  al fin se  dejó ver y ya casi estorbaba en aquel   Centro de curación y muerte.  Amelia  se daba cuenta que  aunque  recomendada por un alto  mandatario, no estaba bien considerada, y estaba deseando que finalizara la guardia para despedirse, antes que la despidieran. No le importaba ya tenía otra colocación mucho mejor y  que a ella le gustaba, al fin debutaría en un teatro, -pensaba- que a lo primero le costaría un poco adaptarse, pero como le gustaba no tardaría en ser una buena tonadillera o cupletista, voz tenia y  cuerpo, tipo y belleza también, así pensaba la  apática enfermera.

 Por la mañana Natalia se hallaba nerviosa, la emoción la embargaba, se le caían las jeringuillas de las manos, rompió una ampolla de suero, un suero que le tenía que administrar a un enfermo  recién ingresado en la habitación 185, Le dijeron que no era enfermedad sino heridas de balas, era un militar que no lo evacuaron al hospital militar por  la gravedad al estar más cerca el Provincial. Le dijo el médico  que había sido intervenido por el cirujano y le extrajo dos proyectiles de bala  uno en el hombro y otro en el muslo, el del hombro no  revestía gravedad pero si el de la pierna con síntomas de  empezar  la gangrena. Llego muy débil por la gran pérdida de sangre y hubo que administrarle  del grupo B, difícil de encontrar, pero que  un  soldado que  tiene el mismo grupo le donó medio litro  y se recuperó bastante. Había sido en un enfrentamiento  con los maquis. Pregunto Natalia por el Nombre y le dijo el doctor que se llamaba Arturo y era teniente del regimiento La Reina. Natalia se puso pálida  cosa que no pasó inadvertida para el médico que  preguntó
¿Lo conoces? Te has puesto pálida y nerviosa al  escuchar el nombre
 Natalia no supo al pronto que responder, pero  ante la mirada de circunstancias del galeno le  dijo
-Bueno, puede ser  un chico que  lo vimos un día  que era festivo en los Viveros y  paseamos un rato con él.
 El médico se encogió de hombros y siguió su  camino pasillo alante a visitar otros enfermos.
 Y es un sexto sentido, una corazonada, o no sabía que explicarse, la extremeña se imaginaba, que aquel enfermo que le habían mandado curar, era algo especial, algo suyo aunque  hasta  que no oyó el nombre de boca del doctor no se figuraba que era  el hombre con quien tuvo el dialogo e n los Viveros aquella mañana de primavera-

 Fue por esto por lo que Natalia  estaba nerviosa y no daba  pié con bola como vulgarmente se dice.
 Cuando penetró en la habitación el corazón le dio un vuelco. Si, efectivamente era él, era Arturo  el que   la citó  otro día a pasear por el parque, allí estaba vendado, pálido y  ojeroso por la pérdida de sangre y el remordimiento de haber  perdido a dos hombres, dos buenos soldados, un sargento padre de  familia, y un cabo de reemplazo, al que sus padres y hermanaos, y quizás también novia  esperaban su licencia para  emprender una nueva vida.
  Natalia era fuerte a pesar de su dulzura y  simpatía pero al ver al teniente  postrado en aquella cama de hospital   casi inconsciente no pudo reprimir que las lágrimas resbalaran por sus mejillas, porque aquel hombre fue su primer amor, no se lo dijeron con palabras, pero sí con los ojos  cuando se despidieron  aquella mañana  soleada y alegre, entre rosas y cantores jilgueros y pajarillos.
 A pesar de su postración él, la miró y la conoció y una  sonrisa de alegría afloró a sus labios. Ella le puso  sus sedosas  manos en la frente, y estaba ardiente, entonces   una vez limpiadas las lágrimas con el revés de la manga, le aplicó el termómetro  bajo  la axila  en donde no había  vendaje, y permaneció hasta que lo retiró comprobó la temperatura más de 39  y lo anotó en  el grafico, luego le puso una inyección antipirética  y le suministró un calmante.  Lo cubrió bien con la sábana y la manta y   apretándole la mano le susurró al oído.
-Ánimo, que aquí estoy yo para cuidarte- premiándolo con  otra sonrisa  tan pura y bienhechora como era su costumbre   El teniente abrió los ojos y   cuando la  vio parece que la fiebre desapareció porque la agarro de la mano y le dijo con voz entrecortada por las fatigas.
-Natalia,  mi vida mi amor, no me  dejes. Ya vez estoy herido, ha sido un enfrentamiento en la serranía con los maquis, han muerto dos de mis hombres y otros  han caído heridos como yo, creo que los han evacuado al hospital militar. Yo a pesar de mis dos  heridas  profundas, he tenido más suerte, primero porque no me he  quedado  como mis compañeros muertos y  las heridas no revisten peligro de muerte según el médico y lo mejor que me ha podido suceder es que me hayan traído a este hospital donde tengo al ángel protector en forma de bella mujer.
  Se fatigaba, le faltaba el aire, por lo que tuvo que  parar dos o tres veces. Entonces Natalia le dijo que no hablara, que no le convenía, y que  ya estaba mejor, pues la fiebre  iba  descendiendo, y con el calmante  los dolores serian menos.- Ahora tengo que marcharme a curar a otros enfermos, pero en cuanto termine pasare a verte. Estate tranquilo,
-Dame un beso—suplicó Arturo tal vez  influenciado por la fiebre o por el inmenso amor que sentía  hacia la enfermara.
 Natalia que a decir verdad no deseaba otra cosa, arrimo sus  labios rojos a los suyos y le estampo un beso no muy  profundo, aunque si apasionado. Beso que fue otro bálsamo de  bienestar y alivio  a los dolores que  sufría. Se marchó y en la puerta lo saludó con la mano, El le emitió una sonrisa  que quedó gravada en el corazón de la enfermera, aquel corazón noble y tierno que ella poseía
 Cuando Natalia después de la dura y emocionante  jornada de aquel día, llegó a la buhardilla de la calle Santa Isabel donde vivían ambas amigas de alquiler, se encontró una nota encima de la cama donde dormía Amelia. Las dos  dormían en la misma habitación pero en distintas camas. Era una nota escrita a lápiz y en papel de libreta rayado. Natalia lo cogió con nerviosismo, algo le decía el corazón que su amiga no había emprendido  buen camino. Hacía tiempo desde que llegó Andrea al hospital había cambiado mucho, ya sabemos su poca ilusión por estar en el  provincial y la ilusión por ser cupletista. Decía la nota Adiós Natalia, perdóname que me despida así, no tengo más tiempo que `perder, se me ha presentado la ocasión y la voy a aprovechar. Ya me conoces y sabes que el oficio de enfermera lo llevo muy mal. También estaba ya amonestada varias veces, no me   veían muy bien los  que  mandan  a raíz de algunas quejas de los enfermos y familiares y tarde o temprano me  iban a echar a la calle, así que me voy antes al sitio que me gusta. Te escribiré. Besos de tu amiga Amelia.
“¡Loca, más que loca, Dios quiera que no te arrepientas- exclamó Natalia con pena y rabia, estrujando el papel entre sus manos y tirándolo al suelo, que luego recogió. Aquella noche no pudo dormir pensando en su amiga,  a la vez que le deseaba suerte, pero  conocía a esta clase de  artistas,  terminan siempre o casi siempre mal, enfermas o  en sitios no muy dignos.
 Se presentó la enfermera arrepentida, en la Avenida de Blasco Ibáñez donde  se hallaba la pensión Los Candiles, que era donde paraba la troupe, y allí ansiosa la esperaba Andrea y Anselmo. La compañía no tenía  mujeres jóvenes, se iban por los abusos de Anselmo, y otras porque se hicieron ya mayores y estaban ajadas de carnes flácidas. Amelia, aunque no era muy alta, si era guapa y sobretodo joven con dulce y potente voz, ya la enseñarían el oficio, que consistía más que nada en  lucirse y lucir sus torneadas y bellas  piernas  muy por encima de las rodillas, escotes  grandes  que daban paso a unos pechos turgentes y  redondos, y moverse con picardía, luego cantar una canción española de cualquier tonadillera o un cuplés y el éxito estaba asegurado, subiría la compañía  hacia arriba, Anselmo y Andrea los  dueños  lo tenían asegurado.

 Partieron  al amanecer  hacia provincias, en el tren de las ocho, iban a Tarancón en la provincia de Cuenca, era el debut de Amelia,  unos ensayos y  la primera vez saldría peor pero con el tiempo se haría artista,. La gente de pueblo no son muy exigente y más que  un teatro de este estilo iba de tarde en tarde y los recibían con agrado, perdonando los fallos y muchos y muchas sin notarlo. Luego actuarían en  pueblos de Guadalajara, Madrid  y algunos barrios marginales de  ciudades como Zaragoza, Sevilla Madrid y otras importantes.
 Anselmo y Andrea se frotaban las manos, habían encontrado un filón si lo sabían aprovechar. Al principio había que mimarla darle los gustos y algunos caprichos, luego ya veríamos.
 Dejamos a Amelia con su compañía de pueblo en pueblo y regresemos al hospital valenciano donde nos espera el teniente Arturo y Natalia,
                                                       

 

11

 Arturo mejoraba, sano y fuerte y joven, y las medicinas suministradas y más las sonrisas de Natalia y algunas caricias aunque fugaces  iban devolviéndole la salud al militar, que  se fue voluntario al monte a combatir a los  maquis. Así  creyó el cumplir con su obligación de militar, que era  oficio arriesgado, lo sabía y lo llevaba en la sangre de padres a hijos y de abuelos a nietos. El no era político, si hubiese estado en el otro bando igual hubiese luchado con ahínco, y si hubiese sido de los perdedores, tal vez también se hubiese tirado al monte, pero era de las vencedores al menos de esa tradición y tenía que cumplir con su obligación
Arturo mejoraba, un hombre fuerte y sano como él  no era para menos, mas con la profesionalidad de los médicos que lo atendían y la dulzura de la enfermera que lo cuidaba. El día que abandonó el lecho, quiso pasear por el jardín del hospital, y solicitó la compañía de su novia Ella muy gustosa después de  finalizar el turno que  fue el de la noche,  sin quitarse el uniforme de enfermera,  acompañó al militar a su novio, a pasear por los  jardines que circundaban el edificio, El día era  espléndido, uno  de esos días de otoño que  el sol luce dorado y las hojas de los árboles muestran un tono   ocre,  desprendiéndose   de las ramas al finalizar su ciclo de vida.  En los `paseos existían bancos de piedras, bajo las acacias y  plataneras de jardín, setos verdes y rosales también adornaban aquel jardín  muy bien cuidado por manos expertas de jardineros veteranos.  Arturo llevaba  cogida por la cintura a la enfermera extremeña y  caminaban despacio, .El aun tenía que permanecer más días  en convalecencia. Una mariposa blanca revoloteaba de flor en flor y los pajarillos trinaban poniendo la nota alegre en aquel  recinto  bello pero triste, por ser   paseo de enfermos y desahuciados de médicos.  Caminaban en silencio así varios metros hasta que él  rompió  mutismo.

  1. Natalia, no sé si tú sientes lo mismo que yo, no sé si tu corazón  te desea  como el mío  desea el tuyo, desde el momento en que me encontré contigo quede tan enamorado de ti  como  lo estuvieron Pablo y Virginia o Romeo y Julieta- le dijo con  voz romántica Arturo a Natalia. Esta sonriendo como siempre y mostrando sus perlas blancas que eran sus diminutos e iguales dientes le contestó.
  2. Lo mismo  dice mi corazón que el tuyo, Arturo mío. Desde la mañana, bendita mañana de primavera que nos vimos en los Viveros con Amelia y tú con tus compañeros, me enamore perdidamente de ti. Yo jamás estuve enamorada de ningún hombre. Allá en mi aldea me pretendió un chico, era buen muchacho, pero yo era muy joven y no sentía nada por él, además mi ilusión era ser enfermera y no tenía tiempo  en pensar otra cosa. Yo era  una muchacha muy pobre, y he trabajado en el campo, he sembrado algodón y lo he recogido, luego hacia las faenas de mi casa, siendo una niña, no vengo de familia rica ni  de labradores, solo soy una hija de un jornalero, no quiero que  te lleves una desilusión cuando conozcas  mi infancia. Te quiero demasiado y si me  olvidas sufriré una decepción, un desengaño pues tú  eres mi primer amos como te digo.

  Arturo por toda repuesta, la  atrajo  hacia sí y le estampó un cálido y prolongado beso en sus labios de coral; lego dijo,

  1. Yo te quiero por encima de todo, mi familia es  de regular posición  mi madre es orgullosa de la aristocracia madrileña, rancia e intransigente para muchas cosas quizás se oponga a nuestro amor, aunque no va a conseguir nada. Mi padre es un militar de tradición, entusiasta de todos los uniformes  y lleva por lema  como la patria nada, es feliz  en su carrera y nunca se mete en nada de lo que haga su hijo, el si aprobará nuestro noviazgo, pero si fuese al contrario  te digo lo mismo, nunca  conseguirán que me separe de ti .  quiero que nos casemos pronto, y dejes de ser  enfermera, aunque me gusta ese uniforme blanco que llevas como una palomita, yo gano lo suficiente con el  empleo de capitán, y  seguiré ascendiendo, puedo llegar a general, si tengo suerte soy muy joven . En fin  lo principal es que nos amemos siempre, que no se interponga otro hombre en nuestras vidas.

 Natalia una vez que su novio terminó de hablar, algo azorada por el  ardiente beso  le   aclaró.

    • Nunca un hombre se interpondrá entre nosotros, a lo mejor una mujer sí, pero yo te juro que seré siempre fiel, nos casaremos cuando tú quieras, yo dispongo de poco dinero pero no importa, se arreglarme  con lo que buenamente pueda. El favor que te pido es que no me  quites mi ilusión, esa ilusión  que  se despertó en mi desde pequeña la de ser  enfermera, cuidar a personas desvalidas, igual que mi tía Lucía. Pídeme lo que quieras pero no eso,  porque eso  representa ser yo quien soy.
    •  No pudo seguir hablando porque otra vez Arturo  la enlazó por el talle y le estampó otro apasionado beso de amor en su boca. Y aquellos dos tortolitos se emocionaron tanto que asomaron  las lágrimas  a sus labios.  Eran felices. No sabemos si alguien se pondrá en medio para estropear la dicha, aunque cuando un hombre y una mujer se aman de verdad, no existen barreras que no sean derribadas por el  amor.
 

12

 Doña Almudena había salido de Madrid rumbo a Valencia en el  tren expreso para visitar a su hijo. Cuando supo que se hallaba ingresado en el hospital. La madre de Arturo pasaba largas temporadas en la  capital de España, y su marido en Valencia; ella no podía vivir sin sus amistades y su chismorreo aristocrático Era de la alta alcurnia de Madrid, decía que llevaba en sus venas sangre  azul, aunque jamás nadie ha visto este color  en la sangre, en fin, eso es lo que  , o con lo que  nos quieren dar a entender la gente de  la  gran aristocracia, por desgracia para todos ellos los primeros.. Como le gustaban  los  uniformes militares se casó con aquel comandante que llegaría a coronel con aspiraciones a general.
 Doña Almudena como toda madre, cuando se enteró de que su hijo  estaba  ingresado en un hospital herido de bala,  no puso reprimir el llanto y  dispuso a la servidumbre que le preparara el viaje más rápido e inmediato a la capital del Turia.  Por aquella época había pocos aviones y no muy seguros, así que el mejor  medio de locomoción para viaje era el tren, y  con 10 horas de viaje  llegó a donde se restablecía  su único  hijo. Penetro  en la sala y  después de besar y abrazar a su hijo se dirigió a Natalia que se hallaba junto a él y sin saludarla ni  andarse con  remilgos y mucho menos con educación le preguntó que si era la enfermera de su hijo. Le respondió la muchacha que sí.  Pues espero que lo trates como se merece un hijo de una marquesa y un coronel. Ella no tenía ese título pero si lo tuvo su abuela, heredándolo otro nieto.- Natalia quedo  ante estas palabras un poco contrariada por la forma  de decirlo y exigiendo trato especial para su novio. Le respondió.
Aquí señora a todos los enfermos los tratamos por igual, muy bien. Esto es un hospital y para mí no existe distinción.

 No le gustó  la respuesta de la enfermera, crea como  sabemos que por su rango  su hijo  tenía que ser   mejor asistido  que ninguno, no porque se comportara bien, ni hubiese hecho una buena labor a la España del régimen, si no por su rango de “marquesa” y  militar. Pero el hijo era de otra masa,  había heredado las condiciones del padre y sus abuelos paternos, gente al fin y al cabo sencillas aunque militares, y no le gustaba el despotismo y prepotencia de la madre, aunque como buen hijo la adoraba y la queria
Si tienes alguna quejas de estas- le decía doña Almudena a su hijo refiriéndose a las enfermeras- se lo dices a tu padre, el hablará con el director y sabrá sus obligaciones, no dejes que  te traten como a otro enfermo cualquiera.
¡Madre, por Dios… le replico el hijo, estas muchachas se portan con todos como verdaderas madres, y hermanas; nada  se le puede reprochar.-
Si, pero tu mereces otra distinción. Tú no eres un tenientillo cualquier, eres  de sangre azul, de un ilustre militar. Aquí viene gente de toda clase y condición ¿porque no te han llevado al hospital militar, a una sala distinguida y además eres un herido de guerra.
¡ Pues no se para que vemos ganado la guerra! Si nos van a tratar  como a parias a los de rango superior
 
Arturo, lo presentía, que su madre  no aprobaría el  noviazgo entre él y la enfermera. Una simple   enfermera era poca cosa para su rango y menos aún cuando se enterara de que procedía de  clase humilde, de una provincia lejana, atrasada y pobre. Para ella  su hijo se merecía otra cosa, por ejemplo una, la hija de un noble madrileño, que  ostentaba el título de conde, o  provenía de ese rango, una muchacha que ella conocía  cuando en la tertulia con las señoras encopetadas de la corte se reunía con su madre para el chismorreo diario en uno de los mejores cafés de la ciudad.
Aquello seria una  boda de conveniencia, ya que el joven militar no sentía  el mínimo afecto por la señorita condesa  como  decía  doña Almudena. Era  poco agraciada, unos años mayor que  él y con  el bonito nombre de Petronila. Su madre se enfadaría, arañaría lo  dejaría sin herencia y todo lo que quisiera si no se casaba con  Petronila 
Pero todo le daba igual, el  muchacho estaba enamorado hasta los huesos de Natalia, y  con ella se iba a casar pesase a quien pesase.
Gracias a ella  curó pronto, le fue agradable la estancia en el hospital, era simpática y guapa, es verdad que carecía de títulos y dinero, pero  poseía un corazón de oro que vale más que todos los mobiliarios títulos del mundo. Petronila  mejor dicho los padres, tenían mucho dinero, palacios, fincas  y  coches, pero era fea, antipática y arrogante, tres cosas que detestaba el apuesto capitán. 
 Fue un gran amor a la antigua, Natalia  no buscaba posición, rango ni categoría, seria la esposa de un capitán, pero si aquel hombre  hubiese sido un obrero, un barrendero o simple cabo, también se hubiese casado con él, porque su corazón  le dictaba amor hacia Arturo por encima de estrellas y uniforme, y  la paga que no era tan  suculenta como alguien afirmaba. Ella lo quería  porque  lo encontró apuesto, educado y  víctima  de  una escaramuza, al que cuidó, curó y le  proporcionó  cariño, esperanza y confianza en su curación.
Sabía que su novio seria un caballero, buen esposo y  padre honrado y abnegado  para sus hijos. Se casaría aunque  la vida no  sería un camino  blando de rosas perfumadas, porque toda rosa tiene espina, sino las hojas  la talla y el tallo  las heriría, aunque la corola  acariciara sus cuerpos. Arturo  se encontraba ya fuera de las manos de los médicos, estaba curado, le darían el alta del hospital, pero no para  incorporarse al servicio, le concederían un mes de convalecencia,  tenía  que estar fuerte y  bien restablecido, pues pudiera ser que otra vez  lo mandasen o se fuera el voluntario a  luchar contra aquellos hombres que  por sus ideales,  que él no cuestionaba se  echaron al monte, creyendo derrocar al gobierno vencedor. Aunque curado  le dejaron las heridas algunas secuelas, y cicatrices.
Entonces Natalia se las acariciaba, y le  animaba con dulces y bellas palabras. Permaneció  quince días más en el hospital, y los dos  tortolitos paseaban por los jardines, abrazados.
Ella con su uniforme de palomita blanca, como mensajera de buenas nuevas, y  Arturo con  el suyo azul  con el ros  y sus  estrellas recién cosidas en el antebrazo. Eran  felices. Muy felices, hacían propuestas de  casamiento y sus miradas eran tan  dulces y amorosas como  las de los enamorados más  famosos del mundo, Romeo y Julieta, los amantes de Teruel, Pablo y Virginia, y otros  grandes amores   los igualaba.
 Doña Almudena trató por todos los medios y  artimañas separar aquellos amores, pero no lo conseguía, así que   enfurecida y  jurando venganza se volvió a su Madrid. No se despidió de la muchacha, ni siquiera la miró. Solamente  por lo que  había hecho por si hijo tenía que haberla agasajado besado, pero no era de su rango, era una plebeya de pueblo, y esto le causaba dolor de estómago. Ellos seguían con sus paseos por  el jardín del hospital, amándose haciendo proyectos para el futuro, pero Natalia desconfiaba, y no precisamente de su novio, pero sí de la madre de él.  Una tarde que paseaban después de prometerse amos eterno  Natalia se quedó parada cerca de un banco que cobijaba una enorme acacia-
Vamos a sentarnos aquí
- le dijo a su novio- quiero hablar unas palabras  a en relación con nuestra boda. Como las pronuncio  graves y desconfiadas,
Arturo se alarmo y poniéndose en guardia como buen militar que era  hizo una mueca con la boca y le respondió.
-
Se trata de mi madre ¿Verdad?
-
Si, Arturo. Yo se que tú me quieres como yo te quiero a tí. Somos muy felices, pero auguro que una sombra negra nos va a oscurecer nuestra felicidad.
-
Explícate-
le conmino el capitán.-
Mira Arturo, según tu madre, y según me han dicho otras compañeras, vosotros sois de sangre azul, de la nobleza madrileña,  de marqueses o condes, no lo sé, y tu madre te tiene   reservada una mujer de tu estirpe de tu clase. Yo en cambio soy una plebeya, una campesina ignorante de pueblo, y no creo que tu madre  quiera eso para su hijo. Se opondrá
a nuestra boda por todos los medios, te hará sufrir, y al final  te convencerá. 
Arturo se la quedó mirando a os ojos, que se habían  dejado escapar unas furtivas lágrimas y le respondió.
 Lo sé, todo eso lo sé. Pero  ante el amor no existen barreras. Me desheredara, me negará hasta el habla, pero si tu amor es tan firme y  fuerte como el mío, nada ni nadie nos separara. Yo soy capitán y con mi paga podemos vivir bien, sin lujos  ni opulencias pero bien. Si quieres  pido traslado a Badajoz, allí en tu tierra se vive mejor, es tierra tranquila, ciudad pequeña donde todo el mundo se conoce y se da los buenos días. Si tú  no quieres dejar tu  oficio de enfermera, te colocarás en cualquiera de los hospitales que hay allí, habrá dos o tres incluido el militar, y aunque están regidos por monjas, y las monjas son las enfermeras, también las hay  que no son religiosas, tú tienes experiencia y no  costará mucho trabajo colocarte. Así que olvídate de eso, y no estropees nuestra felicidad. Ahora tienes vacaciones, y a mí me concede el médico un mes de convalecencia sin  incorporarme al regimiento, podemos pasarlo en tu pueblo, si no tienes    inconvenientes y así vemos, o veo yo como es aquello, iremos a la capital y me entrevistaré con el coronel del regimiento Castilla 16, por si  hay vacantes de oficiales, siempre faltan capitanes para cubrir las compañías o los destinos burocráticos, aunque prefiero mejor  el mando de los soldados. 
Como tú quieras mi amor-
dijo Natalia, secándose una furtiva lágrima con la manga de su uniforme - tu eres el que mandas. 
Se abrazaron y se besaron. y cogidos de la mano como dos colegiales. Le susurró él a ella.-
Eres maravillosa. Mi amor. Nunca encontraría otra igual.
  Y ahora nos vamos en busca de Amelia ¿Qué   habrá sido de ella?

 

13

 Tardó poco tiempo Amelia en darse cuenta del error que había cometido. Los aplausos y alabanzas no fueron tantos, y  el dinero menos. Había caído en una red de mafiosos.. El tal don Anselmo era un auténtico rufián Si, lo que regentaba era una compañía de cuplés y  variedades de nombre A& A Anselmo y Andrea, que los dos iban  en compañía, y se llevaban  lo poco que recaudaban de las actuaciones. Era una compañía malísima, desconocida  en teatros importantes, y menos importantes de las ciudades, sólo los barrios marginales y los pueblos pequeños  esencialmente rurales conocían de paso esta  escenificación, que la representaban en cines desvencijados, tea truchos viejos y hasta en  bares y algún baile adaptado a escena.. Viajan de acá para allá constantemente, en trenes correos y mixtos, coches de tercera clase, recalentados en verano, gélidos en invierno y asientos de madera incómodos, entre obreros, criadas y soldados.
 Amelia se  equivocó y  ya no era tanta la ilusión por ser artista ni tanto odio a la profesión que dejó atrás con compañeras  buenas, aunque como en todo hubiese pequeñas diferencias y envidias. Como no estaba acostumbrada al escenario,  se avergonzaba, se equivocaba en las canciones, y aunque  entonaba bien  a veces le salían gallos, y cuando esto ocurría sobretodo en los pueblos más remotos, se armaba  tal algarabía y “pataleo” en el gallinero que  muerta de miedo más que de vergüenza se escondía entre  bastidores del escenario, casi siempre improvisado.
 Quiso volver a su buhardilla de la calle Santa Isabel en Valencia, donde encontraría a su amiga y pedirle perdón, echase en sus brazos  e inundarle el rostro con sus lágrimas de pena, Pedirle que intercediera por ella para que la readmitiesen en el hospital, aunque fuese en los oficios más bajos, los que nadie quería. Pero ya estaba atrapada, la arpía de Andrea y el rufián de don Anselmo la  engancharon bien enganchada, como en la Legión había firmado un contrato por cinco años, y si no los cumplías, tendría que abonar  gastos y perjuicios, incluso con la  cárcel si preciso fuera. El cabecilla, era astuto por naturaleza, tenia los papeles en regla, y  ni la policía o la Guardia Civil, ni las Autoridades tuvieron  noticias ni denuncias de su juego sucio.
 Como sabemos  iban por los pueblos, se alojaban en fonduchos, posadas y en casas particulares donde no existían las anteriores alquilada una habitación por una o dos noches, donde dormían todas las muchachas juntas menos Andrea, que  pernoctaba en otra habitación con don Anselmo. Muchas camas  tenían chinches y pulgas, y les picaban siendo imposible conciliar el sueño, le gastaban bromas las otras desagradables obscenas y rompía a llorar, una mas compasiva la consolaba, y le daba ánimos para seguir adelante sin desfallecer.. A pesar de todo era ella, Amelia la que llenaba las salas y tugurios. Era mala cupletista, pero su belleza y  lo ligera de ropas  con que se presentaba en los escenarios, y en los carteles,  era cebo para que  el elemento masculino, solterones, viudos  y jóvenes en su mayoría  fuesen a las sillas o butacas a contemplar y  excitarse con aquellas carnes turgentes y blancas; mujeres pocas, algunas casadas con sus maridos sirviendo  a veces de   celos y  discusiones por parte de ella, que  si lo sé no vengo, luego  lo pagas conmigo  la desvergüenza de la cómica- decían algunas esposas molestas.
. Otras veces  tenía que intervenir la guardia municipal ( donde la había) o la Guardia Civil, para sofocar el alboroto  y hasta  algunos mozos  osaban saltar al escenario para abrazar a la pobre Amelia.
 Cambio  cobre por latón, si  difícil era su  vida en el Provincial,  peor era la nueva vida que había  cogido, engañada por una arpía y su propia inexperiencia y  vanidad y no era pueblerina, que nació y se crió en la tercera ciudad de España. Y no era esto lo peor.
 Una noche cuando terminó la función, como siempre se fue a la fonda donde dormía, en aquella ocasión tenía un cuarto para ella sola, nunca se supo  aunque se supone porque  le dejaron para ella sola una habitación, aunque la cosa es bien sencilla.
 ¡Cual no sería su sorpresa! Cuando al entrar  estaba la luz encendida, una mortecina luz  que despedía una sola  bombilla  de pocos vatios, y encontrarse con un hombre sentado en una silla junto a la cama era de mediana edad, mas alto que bajo y  bien vestido, pelo blanco  bigote y largas patillas.
Buenas noches señorita- saludó poniéndose en pié. No se quitó el sombrero porque no lo llevaba o al menos no lo llevaba puesto

 Amelia quedó  confusa anonadada, pero se repuso y exclamó.
 ¡Váyase usted de aquí, esta es mi habitación,  que derecho y quien le ha dado permiso para ello.

 No se inmutó ni alteró el intruso  y  con sonrisa burlona le  contestó.
- Pues, con  que permiso va a ser, con el de usted, encantadora criatura.
- Salga inmediatamente de aquí, o llamo al dueño de la fonda- y apuntaba con el dedo índice la puerta de salida.
 - No se enoje .por  Dios señorita, que no le sienta bien, es más guapa serena. Es una pena que una cara tan linda se estropee, y se enfurezca tanto. Además sepa que el dueño de esta fonda está presente, soy yo, y he venido a  cumplir el deseo de tan distinguida señorita, es usted la que me ha invitado.
- ¡¿Yo!?, no entiendo nada, explíquese.

   El  visitante, se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un papel, se lo  dio a la desgraciada  Amelia que temblorosa leyó.
Si quiere pasar un rato agradable, a la terminación de mi actuación pase por mi habitación en la fonda; jamás lo olvidará- Amelia.
 No supo que decir, aquella firma era la suya y su letra, pero ella no la escribió. Le habían tendido una trampa. Don Anselmo la había vendido al viudo, Jaime, dueño de la fonda, que estaba deseoso de mujer, y quiso poseer a una joven y bella  cupletista, don Anselmo y  Jaime se conocían de años antes.
 Furiosa y a punto de llorar, Amelia  extendió el brazo y le  dijo
¡Fuera de aquí! O llamo a la Guardia  Civil, era un pueblo donde actuaban.
 - No le harán caso, usted me ha citado, ese papel lo  demuestra,
- Yo no he escrito nada.
¿Entonces quien?
- ¡Son ustedes unos canallas  ¡ ¿ Que pretenden?
- Señorita   usted está a merced de un contrato, y  no ha leído la letra pequeña. Ha firmado para todo. Así que llame a quien llame  no le harán mucho caso

Eso no es verdad, no se puede obligar a una mujer,  contra su voluntad a  practicar el sexo, la ley lo prohíbe y siempre lo ha prohibido, pero la ingenua  ex-enfermera no entendía mucho de leyes y al ser tan ingenua, se vio perdida, temía al escándalo, no quiso  seguir más adelante, aquel hombre  llevaba todas las de ganar. No conocía a nadie y parecía que era el amo del pueblo, por la forma tan segura con que hablaba. Ya no quiso   debatir mas, ¡Para que! Estaba perdida. ¡Ay! Se le hubiese hecho caso a Natalia, pero  ya no había remedio, otra vida le aguardaba, había caído en el lodazal. ¿ Cómo se iba a figurar que la  que tan amable le hablaba y tanto le prometía, sería una cómplice de aquella gente. No podía hacer nada.
 Sucumbió, allí mismo. Le regaló Jaime un vestido, muy bonito. Le daba repugnancia, pero… así cayó no una vez muchas, ya  era una puta, una mujer de la vida, aunque figurarse en los carteles como  cupletista.
 Pero el provecho era para los dos amantes, aquella  hiena y aquel rufián, que  con engaños y artimañas la metieron en  la basura. Pensaba y cayó en profunda depresión, sufría  horrorosos dolores de cabeza que calmaba con tabletas de okal y aspirina, muchas veces no tenía ganas de nada, y sin embargo salía a escena, o  complacía a los señores que le pagaban menos de la mitad del servicio, lo otro era para los  “protectores” , como ellos decían.
 Pasaron algunos años y Amelia más que por la edad por los sufrimientos y la vergüenza envejecí. Ya no  era tan atractiva aunque contaba sólo  35 años, y aunque conservaba todo lo que  la naturaleza  docta a la mujer, su cara  se arrugaba y sus carnes se ponían flácidas. A don Anselmo ya no le interesaba,  los clientes eran menos, y  en el escenario no valía,. Pero  la naturaleza obró  y como  aun  su vientre  estaba fecundo, se  dio cuenta de que  había quedado embarazada. ¿De quién? Ni ella misma lo sabía. Ahora sí que era un estorbo para los  empresarios y explotadores de chicas, aunque no fueron tantas, pues  la que mas y la que menos tenia protección, y eso no le interesaba al rufián..
 Fue en la provincia de Toledo. Un lugarejo cerca de Talavera, allí  tenía función y como no existía ni fonda ni una mala posada, se alojaron en algunas casas del pueblo. Fue alojada en una casa sola, la dueña era viuda joven. Se encontraba  enferma, indispuestas por el embarazo o los dolores de cabeza, no pudo actuar aquella noche, y salió Andrea en su puesto, ya no había otra. Andrea no estaba ya para nada, de nada, y la función fue un autentico fracaso. Los silbidos atronaban el pueblo, ¡Fuera! Fuera! gritaban con fuerza, le tiraban huevos podridos y tomates que algunos mozos de lo mas bruto llevaban para el caso.
 Terminaron antes de tiempos y  aquella misma noche,  se fueron en un taxi alquilado, los dos, Andrea y Anselmo, dejando a Amelia en casa de la joven viuda, Poseía Amelia una  cartilla de ahorro con algún dinero no mucho, que se la guardaba Andrea, y también se la llevó. Lo otro lo abandonaron eran trajes viejos y ajados sin ningún valor real, con eso hicieron pago  a la dueña de la casa donde se hospedaron.
 La joven viuda, era buena mujer. Como todo el pueblo al día siguiente se enteró que los “artistas” habían huido.  Y se lo comunicó a Amelia, que no sabía nada del caso. Amelia  dio rienda suelta a sus lágrimas, y le contó a la   viuda su vida, su error y su fracaso. La  mujer la escuchaba atenta, y hasta  se le escaparon algunas lágrimas.
-¡Jesús, Jesús!- exclamaba- lo que hay por esos mundos de Dios. La pobre mujer nunca había salido de su villorrio.
 Y ahora que vas a hacer ¿ cómo me pagas?.
 _ No tengo dinero- gemía la desdichada- pienso ir a Madrid, y seguro que allí encuentro trabajo.  Si usted  pudiera  prestarme algún dinero, yo se lo pagaría con creces. Aunque solo sea para el viaje, yo le juro que  se lo  enviaré en giro, y si gano lo suficiente vengo a traérselo en mano y darle las gracias, aunque ya se las doy anticipadas
 La pobre viuda, que  tenía algunas pesetillas ahorradas, no muchas, le prestó para el viaje y  para que comiera un día o dos, le preparó un bocadillo de  tortilla de patatas, le proporcionó un vestido suyo de cuando no tenia luto, y aquella misma tarde Amelia, tomó el primer tren en Talavera  adonde se desplazó a pie  con  destino a Madrid.
 Tres o cuatro horas más tarde cuando ya   la noche  había tendido su manto negro, llegó a la estación de Delicias. Y con poco dinero se internó en  aquel Madrid de hambre y miserias de los años cuarenta, aunque  las chulapas y los gomosos  abundaban por Lavapiés y Chamberí.
 Y esto fueron los aplausos que  iba a recibir en Madrid, París e incluso en Nueva York. Dejemos a  la desgraciada  vagar por las calles de Madrid, hasta otro capítulo y vamos a encontrarnos de nuevo con los  enamorados, la enfermera y el capitán, que nos esperan impacientes.
 Arturo fue dado de alta, y pensaba pasar el mes de convalecencia en la aldea de Natalia, explorar la guarnición de Badajoz y  pedir traslado la  ciudad fronteriza del Guadiana, pero en la vida militar no  es factible  hacer lo que a uno más le conviene, tienes deberes y obligaciones que en los  civiles  pueden  desobedecer las órdenes si no le gustan, en los militares esto es imposible, y si lo haces pierdes todo lo que has ganado durante  todo el tiempo de tu profesión
 Arturo recibió la orden de incorporarse de inmediato en Madrid, en uno de los regimientos de infantería de la capital. Quiso protestar pero no  lo creyó conveniente para él ni para Natalia, lo habían ascendido a capitán, y concedido una medalla, y no lo iba a echar todo por tierra. La orden escrita se la  enseñó a Natalia, y esta  con disgusto la leyó, pero al  mismo tiempo  estaba alegre por él.
 - En Madrid-le decía- tienes más posibilidades para todo, aquí en Valencia  como capital provinciana  no encontrarás  lo que puedes encontrar allí, un buen puesto en el Ministerio del Ejército, o  en  oficinas  muchas cosas, aquí puedes ir otra vez a la sierra, y ya no tendrías la misma suerte, los maquis están  por todas partes, pero en la corte no se atreven a   cometer ningún hecho delictivo, ni sale el ejército, he oído que en la sierra de Madrid es donde menos hay, casi ninguno o ninguno, y solo patrulla la Guardia Civil.
 Arturo, la miraba compasivo, se compadecía de ella, sabía que lo que decía no le salía del alma, lo animaba, pero deseaba que aquella orden no hubiese llegado nunca. Ahora que se iban a casar que los preparativos de boda estaban casi    comprados todos, lo trasladaban a Madrid. Sentía pena por ella, que se quedaba en Valencia, lejos, y mas con la ilusión que tenía de  marcharse a su tierra, a su Extremadura,  le  habían  fastidiado  parte de sus  proyectos, o todos.
 Natalia  a pesar de animar a su novio, no lo pudo resistir y  rompió en llanto, y entre suspiro le decía.

    • Si, Arturo me alegro que te hayan trasladado a Madrid, donde encontrarás mujeres de tu rango y categoría, porque un capitán, un caballero  de la milicia  no  pegaría con una pobre enfermera que además  ha sido campesina y, proviene de una aldea perdida, en el campo cerca de Portugal. Una que vino  a servir a ser limpiadora de hospital ¿Que pensaran tus compañeros y superiores?
    • - No sigas por ese camino Natalia- le reprendió Arturo molesto, olvida los complejos de inferioridad. Nada me importa que mis compañeros, superiores e inferiores en el  cargo, porque  en lo personal nadie es superior a nadie, y todos somos hijos de Dios, como te digo nada me importa lo que piensen ni lo que digan. Tú no eres una sirvienta, eres una buena enfermera y nadie ni siquiera mi Madre  me separará de ti. Sí, me marcho a Madrid, no me queda otro remedio, pero te vendrás conmigo, nos casaremos en los veinte días que tengo de  permiso para incorporarme, y luego  allí  entrarás en un hospital, sé que eso es lo que te gusta.
    •   - Que difícil es para una muchacha que ha cavado, recogido algodón, trillado, en la era, ser una dama  de las que frecuentan casinos y clubes militares, yo no valgo para eso.
    • - Bueno pues no lo hagas, tú en tu hospital y en tu casa y ya está. Será un nido de amor donde nacerán unos pajarillos bonitos y cantores que alegraran nuestro  nido, y no necesitamos alternar con encopetadas  y engreídas damas, ni con vanidosos y  achulados oficiales, en eso el reglamento militar nada dice al respecto
 

14


  Dispusieron casarse sin dar conocimiento de la boda a nadie. Antes de que Arturo  marchara solo a Madrid,  querían los dos estar juntos, y aprovechando el permiso de Natalia, y permiso que le concedieron al novio, ya que para contraer matrimonio en el ejército  está por encima de otra licencia  a no ser en tiempos de guerra, y  también a otros permisos por  lo tanto, no lo pensaron mas, y decidieron  que el cura le diese las bendiciones  para ser el uno del otro  hasta que la muerte los separase..
¿ Para qué  proporcionar gastos y  largos viajes a la familia, en particular a la de Natalia que como sabemos era gente muy humilde,? le darían una sorpresa, y el tiempo que le quedara después de todo consumado, lo pasarían en el pueblo de ella. Allí en la aldea perdida entre  encinas y regadíos  disfrutarían de  la luna de miel. Natalia era completamente virgen, por lo que  la ilusión de ambos era más que infinita, Y llegó el día  grande, el día de la boda. Ella compró el traje de novia blanco como el armiño, con algunos ahorros que tenía.  El padrino de bodas era el médico con el que frecuentemente trabajaba, y la quería como su fuese hija suya. Por parte de Arturo la madrina  era la mujer del Comandante, una señora amable y caritativa que apreciaba a los dos tortolitos, por algunas visitas hecha al hospital, y también por ser su marido amigo del padre del novio.. Se celebraría en la  parroquia del barrio de Sagunto, donde pertenecía  la calle Santa Isabel, residencia de nuestra  querida enfermera. Sus compañeras adornaron la pequeña iglesia con flores  blancas, rosas  margaritas y azucenas. Cintas y lazos del mismo color, color de la pureza, y sus  amigas  alquilaron una alfombra roja  desde la puerta hasta el altar, para que  fuese más distinguida. Ella  iba radiante, guapísima con su vestido de raso, tocada con velo y diadema. En sus manos enguatadas  lucia el ramo de azahar, ramo de pureza y virginidad. Aunque el vestido era bonito, carecía de esa ridícula cola que  llevan  las  damas de alto copete. A ella le gustaba sencillo, como era ella, sin muchos adornos. El novio en traje de gala del arma donde servía, con sus tres estrellas doradas en la bocamanga, banda  con los colores de la bandera española por su condecoración, y la medalla en el pecho,  el ros bajo el brazo izquierdo, dando el brazo derecho a la madrina  que lucía un bonito vestido carmesí clon sombrero de  la época. El padrino  con  traje azul, camisa blanca y corbata, zapatos negros muy brillantes daba el brazo  derecho a  la  hermosa  compañera de hospital. Fueron los compañeros de uno y otro  franco de servicio, que no eran muchos, pero  para  ser felices tampoco se necesita una gran comitiva.
 Ofició la ceremonia un  cura, joven y dinámico,  que  le   aseveró a que se amasen profundamente, tanto en la salud como en la enfermedad, en la dicha como en las desgracias. Que  los hijos que tuvieran, los educasen en el amor a Dios. En el acto sublime de la comunión les  dio a beber la sangre de Cristo en el mismo cáliz que el bebió. Y  terminó  dándole la bendición después de entrega de los anillos y las arras como  lo manda la iglesia católica,
 Salieron  ya siendo marido y mujer, a la salida una lluvia de arroz y pétalos de rosas  lanzados por sus  compañeras y compañeros pusieron la nota alegre de aquella ceremonia,  donde el único familiar que asistió fue el padre del novio.
 Un breve refresco, un brindis a los novios con una  sencilla cena, regada de vino, cerveza y  soda consistió  la invitación, en el bar  de oficiales del cuartel.
 Natalia fue besada por todas y todos mientras las lágrimas de alegría y tristeza a la vez al no estar presente su madre ni ningún familiar  suyo, aunque  sus amigas fueron igual que  su madre o hermanas  ya que se volcaron en  hacer todo lo posible para que la boda  fuese   alegre y ella  se encontrara contenta y  feliz, lo lograron en parte, mucha parte, pero el recuerdo de su madre y su padre, lo llevaba  en todo momento hasta  hacerle verter lágrimas.
 La primera noche la pasaron en un hotel de  dos estrellas, un  hotel sencillo de la clase media tirando a pobre. La habitación era espaciosa, con una cama ancha y alta de matrimonio, un lavabo con jarra y palangana toalla limpia y dos sofás. Una percha para la ropa y otra para los sombreros o gorras en este caso, ya que entonces los militares siempre  vestían de uniforme.
 A Natalia le daba vergüenza desnudarse delante de su marido, tan recatada era que a pesar de haber viso de todo en el hospital conservaba la vieja tradición de las mozas de su pueblo, quiso que Arturo apagara la luz una lámpara que no  expedía luz muy clara aunque  tampoco era mortecina. Por fin la convenció, y la recién casada se quitó el vestido de novia  que llevaba puesto y así toda la ropa hasta quedarse en viso, insistió el militar a que se quitase mas, pues los hombres nunca están  conforme y quieren mas y mas, pero ella  le dijo que ya era suficiente, por fin  se acostó en el lecho y a continuación lo hizo él. Sus  pechos redondos y turgentes, con  su areola rosada fueron tomados por los labios  de Arturo, causándole una sensación y placer jamás sentido por la casta enfermera. Luego  suavemente la penetró. Ella gimió un poco  no se sabe si de placer o dolor ya que aquel cuerpo y aquel sexo  eran completamente virgen. Unas gotas de roja sangre    mancharon las blancas sábanas, y   entonces  los dos cuerpos se fundieron  en uno, jadeaban y  gritaban , aquel sublime acto, de amor porque fue amos  infinito amor lo que los llevó al  acto carnal, Natalia  era más feliz que nunca, y Arturo la acompañaba aunque él como sabemos ya había experimentado aquel gozo.
 Cuando el sol   traspasaba los vidrios de las ventanas despertaron, de u n dulce sueño interrumpido por las caricias de amor y de placer que  se prolongaban  a lo largo de la noche.
 Aquel mismo día a las  ocho de la tarde, tomaban un tren expreso, se marchaban al pueblecito de ella,  donde transcurriría  el tiempo de licencia que tenia otorgada  el marido de nuestra amiga enfermera para incorporarse al regimiento Inmemorial nº 1, donde no sabe porque lo trasladaron forzoso. Ella  marcharía con él a la capital del reino, dejaba el HOPA, su marido así lo exigía, y ella  lo aceptaba con gozo, no quería  vivir separada, en Madrid ya encontraría otro hospital, llevaba el titulo de enfermera, y un certificado de  buena conducta y  de  gran profesional expedido por el director del centro sanitario donde había trabajado tres años
  Más de 24 horas empleo el tren en llegar a la estación  de Badajoz, final del trayecto donde se apeó  el matrimonio. Nadie los esperaba nadie sabía nada del regreso de Natalia, ni siquiera que llegaría casad, una gran sorpresa se llevarían sus padres. Tomaron un viejo taxi que olía a gasolina por los cuatro costados y por una polvorienta carretera, llegaron a la  aldea  de nuestra  amiga, que distaba unos  30 kilómetros  empleando el viejo coche   más de media hora.. Los baches eran tan grandes y aunque el taxista evitaba cogerlos, era imposible su intento, así que llegaron casi molidos y llenos de polvo.
   Era hora  de que casi todo el pueblo  se hallaba recogido, pues aunque no  tarde ya había oscurecido, el calor era sofocante  porque el verano marca en la provincia de Badajoz muchos días más de cuarenta grados, aquel era uno de ellos.
 Natalia llamó suavemente con los nudillos a la estrecha puerta de sus `padres.
 - ¿Quien?—reconoció la voz de su madre. Tan dulce  como siempre a pesar de sus cincuenta años.
- Soy yo mamá, Natalia.
 Se abrió la puerta y a la luz de una mortecina bombilla que colgaba  del techo de cañas y maderos se  divisó  el cuerpo  enjuto   de cara arrugada y mata de pelo negro, aquella mujer en sus tiempos debió de ser muy guapa, pero el paso del tiempo y las fatigas la habían  ajado bastante. Un grito de gozo y sorpresa se oyó por toda la calle y casi todo el pueblo.
- -¡Mi Natalia! ¡Mi hija del alma ha venido! Y se fundieron en un fuerte abrazo ¿Porque no has avisado?   Juan, corre ven que está aquí la niña.
 Llegó el hombre corriendo que se encontraba  echándole  pienso al ganado, y  sucio  como  llegó abrazó a su hija. El no gritaba no   lo escuchaba nada más que su hija  que  quedamente le decía.- ¿Vienes por mucho tiempo hija?
 No, padre solo quince o dieciséis días. Me he casado y me marcho a Madrid con mi marido.
 El hombre  quedó anonadado, su hija casada  su Natalia  aquella niña que  jugaba con él y la montaba en el burro cuando llegaba del campo, se había casado y  ellos sus padres sin saber nada. El hombre  no había visto a Arturo que detrás   contemplaba escena.
- Si, padre y a ti también madre. Me he casado. Y este es mi marido. Acércate Arturo  estos son mis padres. Saben ustedes es capitán.
 Entonces los  padres  vieron a Arturo, con claridad, pues al permanecer detrás y la luz no ser muy  resplandeciente casi no se percataron de su presencia. La madre se repuso de la sorpresa y abrazando al militar le decía...
Hazla muy feliz, ¡es tan buena! ¡ Porque no nos habéis avisado?

- Perdóname madre y usted también padre, pero no disponíamos de mucho tiempo, y  además  el viaje es largo, estáis cansados y se originan gastos, en fin  os queríamos dar una sorpresa y aquí estamos.
 Juan nada decía pero de vez en cuando se llevaba el pañuelo a los ojos, disimulando que  se le entraba briznas de paja, pero en realidad era que se le saltaban las lágrimas, de alegría y  al ver a su hija ya casada con un militar de carrera y de tristeza porque  tardaría mucho  más tiempo en  verla.
    Misericordias que así se llamaba la madre de Natalia, le preparó su cama, la misma donde  engendraron a  su hija, y donde  vino al mundo. Les  puso sábanas nuevas y limpias y  removió el colchón  relleno de hojas de mazorca de maíz.
- Aquí en mi cama-dijo Misericordias con mucha  alegría y contento- dormiréis  el tiempo que  permanezcáis en esta casa que es la vuestra., espero que  durmáis bien,  es muy sencilla la cama,  allá en esas capitales tendréis mejores lechos, pero aquí somos pobres y nos arreglamos con  poco-
 Natalia nada decía, pero su marido  le daba las gracias, diciéndole que  no consentiría que  ellos durmieran  en otro sitio más incomodo, que ellos eran muy jóvenes y lo  aguantarían mejor.
- No, hijo vosotros ahora necesitáis  más que nosotros,  tenéis que disfrutar de la luna de miel, y no está bien que  paséis la noche en una  cama estrecha donde  apenas cabe una persona. A nosotros nos da igual, dormir en la cama que en el pajar, ya hemos  visto de todo.
 Se ruborizó Natalia,  con las palabras de su madre, pues sabía que  las pronunció con picardía
 Total que  los convencieron, y quedaron instalados en la cama del matrimonio

 

15


 Arturo lo pasaba muy bien en aquel pueblecito  perdido. Daba grandes paseos por los campos de encinas que se extendían al norte, próximo a una sierra  donde la jara, el tomillo y otras plantas olorosas y medicinales llenaban el aire de aromas y aires limpios y frescos. Por el sur se extendía la magnífica vega regada por el río donde los maíces, tomates  y otras hortalizas y cereales era la despensa del pueblo  . Daba largos paseos  llenando los pulmones de aquel aire que  no tenían en las ciudades. Natalia lo acompañaba por las tardes cuando el  calor  era menos sofocante y terminaba de ayudar a su madre a las labores del hogar; como ella conocía la huerta le explicaba a su marido la clase de cultivo que  había sembrado en las diferentes  parcelas, pues el capitán de labranza nada entendía Lo único que sabía del campo era de tomillos y  pinos y lo que se criaba  en los lugares de maniobras y marchas, siempre en terreno pedregoso y lejos de cultivos  de  huerta  a pesar de vivir en una región que poseía el vergel más antiguo de España.. cambió el tiempo y los ardorosos calores cesaron en parte. Un  céfiro  muy fresco reinaba todas las tardes muy agradables para el paseo vespertino.

 Natalia se adentraba por  el bosque de encinas y alcornoques cortando flores silvestres  y le explicaba a su marido  el nombre vulgar de cada una, la amapola roja, la  margarita blanca y amarilla  los lirios que llamaban  en el lugar sangre del señor, hinojos y otras variedades  las cortaba con regocijo para explicárselo al  profano en la materia. Eran muy felices. Ella recordaba sus tiempos de niña, cuando  con su  padre unas veces y otras con sus compañeras, iban a segar, recoger algodón en la vega y bellotas en el bosque. Se sentaban en el tronco de una encina, y daban rienda sueltas a sus caricias y besos, eran recién casados y  nunca se cansaban de  amarse y acariciarse. Otras veces en las soledades se tendían en la fresca hierba que crecía entre  los  matorrales a orillas de algún riachuelo afluente del Guadiana y allí  hacían el amor. Al terminar ella avergonzada bajaba la cabeza y decía.
- Esto nunca más Arturo, no está bien, pensarás que soy una  cualquiera.
- Pero que tonta  eres, como voy a pensar eso de la mujer más bonita  y recatada que he conocido. Además nada hay de malo, somos marido y mujer  bendecidos por Dios,  no pecamos ni hacemos daño a nadie.
Entonces  ella se levantaba se sacudía el vestido lleno de briznas y lo besaba con ardor  apasionadamente como solo lo saben hacer las mujeres enamoradas de su  hombre, de su marido. El la apretaba  con fuerza hasta que ella protestaba.
- Me asfixia no seas bruto,- y cogidos de la mano como un cadete y una colegiala regresaban a la aldea cuando el astro Rey   se ocultaba por las montañas de Portugal para dar paso a la clara noche estrellada.
- ¿Qué me dices Arturo mío de mi tierra? A que es bonita.
 El la miraba con ternura  para aseverar.
-Sí, muy bonita, aunque sin ti no sería tan bella. ¡Lástima que tengamos que regresar a los ruidos y a la contaminación de Madrid. Por cierto ¿Porque me habrán destinado forzoso? Le extrañaba pues en su regimiento de Valencia, si todos me quieren desde el coronel hasta el último soldado de reemplazo Y lo extraño es que la orden  viene del Ministerio del Ejército.
 Pensaba y no se equivocaba que aquello seguramente se debía a una estrategia de su madre, para alejarlo de la enfermera. Así era  la lista de doña Almudena

 

 Los domingos asistían a Misa en la pequeña iglesia de la aldea, El párroco era  un hombre mayor, que casi nunca había salido del lugar. Hablaba con todo el pueblo y a todos conocía  hasta los perros como se suele decir lo conocían también. Siempre  llevaba puesta la sotana, vieja y raída. Tenía un ama de llaves vieja pero muy limpia y  cocinaba muy bien. Arturo y Natalia era un acontecimiento en aquel  rincón agreste y  fértil a la vez. El buen cura deseosa de hablar con alguien que le contase cosas del mundanal ruido, después de oficiar el Santo Sacramento, los invitaba a café a la casa rectoral, y algunas veces hasta  los invitó a comer, pero rehusaron  dada la extrema pobreza  en que vivía aquel humilde servidor de Dios como él se  definía
 Arturo le hablaba de la  luminosa catedral de Valencia, de su torre, conocida como el Miguelete para los castellanos y el Micalet para los valencianos. El buen cura, quedaba  con la boca abierta, aunque  por libros y referencia sabia las maravillas de las catedrales principales del mundo, pero no era igual que verlas personalmente. La buena mujer que era algo sorda, les invitaba a sentarse en  las mejores sillas, unas sillas  muy   antiguas tapizadas de cuero marrón algo despellejadas. El mobiliario era muy  pobre, una mesa larga de pino un armario, un chinero  y una estantería  para los libros. Hacía calor, aunque cuando abría la puerta y la ventana    se dejaba sentir una corriente de aire fresco. La casa tenía tres habitaciones en la principal dormía la mujer, y en la más  pequeña y oscura el sacerdote. La cocina era de carbón  y siempre la  tenía bien repleta pues los carboneros agradecidos por  favores recibidos  se lo suministraban gratis.
 El buen hombre les daba consejos, como era lógico en su ministerio, consejos buenos, que se amaran eternamente, que tuvieran hijos y los educaran en la paz   y el amor de Dios, que no se entregaran a   libertades insanas ni perjudiciales vicios, y que  fuesen  fieles el uno para el otro, porque  de esta forma  alcanzarían la  felicidad más completa.
 Salían contentos y le agradecían al buen cura los consejos recibidos. Prometiéndole  enviarle algunas postales de Madrid y sus monumentos, pues ya  no  irían a Valencia,  el oficio de militar es duro, y está  sujeto a órdenes superiores, aunque  fuesen tan absurdas como la que  el acataría.
 También charlaban con el único maestro de escuela, y la maestra. Las dos  personas y el cura que eran de carrera. El alcalde era muy bueno y campechano, pero el hombre era  un labrador casi analfabeto y solo  sabía de tierras cosechas y del tiempo que hacía. La alcaldía la llevaba el maestro que a la vez  era juez de paz. No sé si lo he dicho pero contaba la aldea con solo 300  habitantes.
  Un día  les dijo  el tío Juan que  necesitaba hablarles ,Arturo  quedó estupefacto, el padre de Natalia era hombre de pocas palabras, todo lo decía Misericordias, esto por aquí esto por allá, llevaros siempre bien, cuida mucho de mi hija en Madrid, que allí hay muchas cosas malas en fin era la madre la aconsejadora, y la que se ocupaba y preocupaba por ellos, por eso le extrañó a Arturo que  su suegro quisiera hablarle y con la seriedad que se lo dijo.
¡Usted dirá padre!- le respondió el yerno  con aire de circunstancia.
- Pues lo que yo quiero- dijo el buen hombre casi sonriendo- es enseñaros mis propiedades que algún día serán vuestras, pues nosotros no vamos a vivir toda la vida. Y digo que si muero yo antes que ella- se refería a su mujer- quiero que no la  abandonéis y si ella no se quiere ir a donde vosotros estéis, al menos venid a verla  todos los años o antes.
- Bueno padre, vaya una cosa. Hablar ahora de muerte- dijo la hija molesta,
- Si, hija eso  tiene que llegar, ya vamos siendo viejos y es ley de vida. Seguramente yo me iré antes que tu madre, soy mayor y las mujeres duráis más.
- Padre, eso es lo que nos tienes que decir.

Le respondió su hija contrariada por la  conversación poco amena. El hombre  quería  que se fuesen contentos de su casa.

    • Vamos. Venir que demos una vuelta por mi finca- invitaba cada vez más ufano el bueno de Juan.
    • - Pues vamos, si usted quiere- le respondió Arturo.
    •  Y los cuatro, Misericordias, su marido y sus hijos   emprendieron  a paso la vereda que  salía por las traseras del pueblo. A menos de un kilómetro del lugar se extendía un campo sembrado de algodón.  Las cápsulas empezaban a mostrar la blancura nívea del producto. El tío Juan  cortó una de aquellas   cápsulas y se la mostró a su yerno.
    • - Mira- le decía- este es el algodón. De esta planta sale la tela para confeccionar los trajes que llevamos puestos. De aquí van al almacén la hacen balas después de clasificarla y a Barcelona, a las fábricas de tejidos.
    •  Los dos tortolitos se miraban y se sonreían, Era verdad lo que decía  el dueño de aquello, pero eso ya lo sabían. no obstante siguieron atendiendo a las explicaciones que le daba  el labrador-. Dejaron el algodón y se introdujeron por un campo de maíz. Allí  el calor era más intenso, ya que  las altas cañas no dejaban circular el aire.
    •  Misericordia, protestaba. Le  decía a su marido que a los muchachos lo que le interesaba era otra cosa. Estar solos, pasear por  el bosque, aquello no era nada bonito, pero el  marido  se empeñaba en que vieran todo el terreno que algún día le pertenecería Y le dieron la vuelta a todo el  campo  unas 10 hectáreas, de regadío, muy bien cultivadas, pues el padre de Natalia era un labrador de los buenos, de esos que sienten la tierra y la aman  como a su mujer y sus hijos.
    • - Otro día antes de que os marchéis os enseño  las encinas.
    • - Si, padre como usted quiera pero ya las hemos visto.- y al decir esto  se ruborizó, pues se le vino a la memoria las tardes que  salían a pasear por el bosque y  los arrullos amorosos  que como recién casados se  daban, llegando como sabemos a la culminación amorosa y sublime de  la posesión
    • n, mas por amor que por placer, aunque lo uno vaya  ligado a lo otro.
    •  También le  enseño la  “pitarrilla” de vino que  de un majuelo sacaba.
    • - Este sí que es buen vino- apostillaba- no el que se bebe en la taberna. Y todo será vuestro a no tardar mucho tiempo.
    •  A Natalia le molestaba que hablase tanto de su muerte aunque fuese en metáfora y le respondí Sabe Dios los años que vivirán  todavía, cosa que ruego a Dios que así sea. Y la falta que les puede hacer  todo esto. Arturo con el sueldo que tiene de capitán y yo que  aspiro a  entrar en Madrid en algún hospital tenemos suficiente, aunque tengamos hijos. Esto  cuando ya no pueda trabajar lo vende y  con el dinero que le paguen, a vivir bien los años que Dios los quiera tener en la tierra.
    • - ¡Vender mis tierras! Eso nunca- al hombre parece que le había pinchado su hija  con aquellas palabras.- Esto lo conservaré hasta el fin, luego podéis hacer lo que queráis con ella, pero aquí he nacido y criado y aquí moriré en esta casa que heredé de tu abuelo y el la heredó del mío.
    •   Al pobre hombre a pinto estuvo que se le saltaran las lágrimas. No esperaba esa reacción de su hija. Esta   dándose cuenta que había casi ofendido al autor de sus días le echó los brazos al cuello  y dándole un sonoro beso le pidió perdón. Juan  ya más tranquilo le   hizo prometer que aunque no pudiera trabajar sus tierras no se las venderían, quería  conservarla hasta su muerte, y aun  exigió que si era posible que lo enterrasen en ellas.
    •  Quedó Arturo maravillado de la bondad y sencillez de aquella gente, ruda pero  humana y bondadosa. En la aldea a pesar de las consabidas críticas  todos se  volcaron en atenciones hacia la feliz pareja, la hija del pueblecito que supo  triunfar en otro mundo tan diferente al que había nacido. El militar hizo amigos, no solo el cura y el maestro, también muchos  jóvenes labradores, el barbero y cuántos frecuentaban el pequeño “casino” donde se reunían para  la tertulia y  beberse algunos vasos de vino. No era gente culta, no era gente principal no, eran sencillos pero honestos, palurdos si queremos, pero razonaban y comprendían  los méritos de Natalia, la  muchachita algodonera criada entre  terrones a la sombra de  higueras y  frutales sin muchos conocimientos, que un día salió para  trabajar de limpiadora en un lejano hospital a mas de  cien leguas del lugar, y volvía toda una señora, sin lujos pero  con buen  vocabulario  y acompañada de un  mando del ejército que la había tomado por esposa. El cura  se congratulaba y aunque para el no era  de tanta importancia como las comadres y  labriegos  los creían   no podía de  alabar a una muchacha mas por su posición actual, por el tesón  y aplicación en el estudio para ser enfermera, y más llevar  ilusión y esperanza a tato desdichado y desdichada que  casi nada esperaban de la vida solo  marcharse de ella sin sufrir demasiado, porque  en los hospitales se curan los enfermos que tienen cura, pero  ¡ cuántos salen  para  morir en casa…1 Y muchos ni siquiera llegan a su hogar, y era estos  a los que  nuestra amiga les daba el consuelo, estos seres que casi nadie  se arrimaba a ellos por temor al contagio, era donde la hija de Misericordias, porque al igual que el bonito nombre que su madre llevaba con orgullo, ella lo practicaba con amor.
    •  Se agotaban los días de vacaciones  y la feliz pareja  tenía que regresar a su destino, pero antes  de ponerse en Madrid, quisieron  visitar y despedirse de sus compañeras y  compañeros valencianos. Y  una mañana muy temprano, Juan enganchó  su mula al carro y  por los caminos polvorientos los llevó a la estación del tren donde bajaron. Los acompañaba Misericordias, quería permanecer más tiempo con sus hijos, especialmente con su Natalia, y después de  cuatro horas de viaje llegaron a la estación media hora antes de partir el expreso para  Madrid. trasbordo en Alcázar de San Juan, y se desviarían a Valencia, Al despedir en el andén, Misericordias  le baño a los dos esposos la cara con sus lágrimas, el bueno de Juan se hacia el duro, pero cuando la locomotora  cubrió el andén de vapor porque  emprendía la marcha, dos lagrimones  resbalaron por sus  mejillas,- La culpa la tiene este humo- dijo  disimulando a su mujer.

 

 

16

 Llegaron a la capital levantina, cansados y sucios. Natalia ya no disponía de la buhardilla, pero una compañera le abrió la puerta de su piso, y  en él se ducharon  asearon y durmieron aquella noche. Era una buena enfermera amiga de todas y servicial en todo.
 Al día siguiente, lo primero que hizo  Arturo es  visitar  cuartel y a sus compañeros. Lo recibieron con muestra de  cariño y compañerismo,  como está programado en  Reales Ordenanzas Militares. El  Coronel, que  era nuevo lo invitó a su despacho, quería  hablar con él, le aclararía  el porqué había sido destinado a Madrid. Amablemente le  dijo que se sentara en el sillón  de cuero con los emblemas del arma de infantería que estaba   al otro lado de la mesa, le ofreció un cigarrillo que el capitán aceptó, y empezó  así su diálogo.
- Sabes por qué has sido destinado a Madrid  ¿no?
Me lo figuro- respondió el marido de la enfermera,  que  creía  que todo se debía a una treta de su madre, para que no se casara con Natalia y no se equivocaba.
 . Bueno muchacho. En este regimiento todos estamos muy contentos contigo, pero la vida militar  es así...- se cambió de postura y continuó...
- La orden viene ni más ni menos que del Ministro del Ejército, alguien quiere tenerte en la capital, y vas  bien porque no te mandan a  una compañía, vas a oficina de la Plana Mayor, serás el que  mandes  en  ese destino. Por debajo tienes a un alférez  un brigada, dos o tres sargentos, cabos primeros cabos y  algunos soldados.
 Arturo también se removió del asiento como si  le pinchara y  respondió al superior.
- Con el debido respeto mi Coronel, me marcho  a Madrid disgustado, yo me encontraba muy a gusto con mis hombres, tanto los oficiales como los suboficiales e incluso la tropa. Sé de donde viene todo esto, es obra de mi madre, para impedir que me case con  la enfermera porque no es de su rango, es una plebeya según ella, no viene de sangre azul como yo, pero ya ha acudido tarde, estamos casados.
- ¿Sin pedir permiso ni nada?-
- Así es mi Coronel, si pido el permiso reglamentario  a la vicaria castrense seguro que no me lo conceden por lo que he actuado faltando a las ordenanzas. Arrésteme, soy digno de ello.
- No, ya no perteneces a este regimiento de mi mando, y aunque así fuera, no lo haría, el amor está por encima de toda ordenanza. Muchacho, te deseo mucha suerte, en tu nuevo destino se que la vas a necesitar. Ahora despídete de tus compañeros y subordinados. Aquí tienes mi mano- y el superior levantándose del sillón le tendió la mano que estrechó con fuerza.- Y si en algo puedo servirte, no dudes en pedírmelo.
- Muchas gracias mi coronel.   

 Se levantaron los dos de sus asientos y, saludando militarmente se fue a la compañía, a despedirse no solo de los oficiales y suboficiales también lo hizo de la tropa, que  sintieron mucho que se marchara, porque Arturo era  un compañero mas salvando las diferencias, era afable con todos y nunca arrestaba, su lema era aconsejar, más que arrestar, ni se daba la importancia que  su graduación a veces requería, como el existían pocos.
 Con Natalia se dirigieron al hospital, y  allí  todas  y todos los recibieron con muestras de  mucho cariño. Las enfermeras al enterarse que se marchaba definitivamente, lloraban. Entre todo el personal le regalaron una placa conmemorativa y bombones y ramos de flores. Se quiso despedir de los enfermos, y recorrió todas las salas. Muchos habían sido dados de alta pero otros permanecían  hospitalizados.  A todos y  a todas besaba, deseándole pronta recuperación, aun sabiendo que no tenían alguna solución posible a su enfermedad. Fueron todos  y todas a despedirlos a la  puerta del edificio, incluso  los que estaban mejores y paseaban por los pasillos, también se unieron a las enfermeras y amigos para darle el adiós y desearle mucha suerte en su nueva vida y en Madrid.
 Aquella misma noche en el tren  rápido de levante  emprendieron viaje a la capital del reino.

 

En Madrid se instalaron en uno de los pabellones para oficiales del cuartel. Estaba reservado para  Arturo,  todo lo había  dispuesto doña Almudena, que como sabemos tenía  relaciones con lo más alto de Madrid en la cúpula militar y también civil,. La buena señora no contaba con que su hijo llevase con él a la enfermera de la que se había enamorado perdidamente, como no le dieron cuenta de  la boda creía  que ella se había  quedado en Valencia. No fue tampoco  a ver donde se alojaba su hijo,  “ Ya iré otro día  ahora tengo otros  asuntos pendientes-Se decía, como si hubiese otra cosa más importante que conocer la casa de su hijo, para ella  lo principal eran sus  tertulias no muy  honestas a veces que se diga.  Sabemos que su marido el padre de Arturo quedó en Valencia, pues  el matrimonio no funcionaba como Dios manda.
 La noche que  durmieron en el  cuartel, donde  la habitación había sido amueblada ligeramente con muebles muy sencillos, aunque  estaba cubierta de todo, su cama de matrimonio,  ropero, sillas mesitas de noche (2) una a cada lado de la cama,   y un cuadro pintado al óleo  por un pintor desconocido, representando a la Purísima Concepción  la Patrona de infantería. Todo lo habían comprado   aquel mismo día antes de  ocupar el pabellón, y entre  los vendedores y  los soldados se lo colocaron todo asi como limpiaron la vivienda.
 
 Natalia  tuvo un mal sueño, y así se lo hizo saber a su marido, que  preocupado creyendo  no estar  a gusto en aquel  lugar le dijo que se lo contara.
- No  es que este mal aquí,  aunque la verdad echo de menos mi hospital y Valencia, pues ya conocía  la ciudad y me encontraba bien,  pero la mujer debe seguir al marido donde este vaya, tu  vida es en Madrid, yo encantada, ya sabes que  quiero buscarme un hospital o clínica donde poder ejercer de enfermera,  me gusta  y mientras pueda   así lo haré, buscaremos una  doncella, una muchacha de pueblo para que cuide de nuestra casa una chica que nos ofrezca confianza y seremos felices. No lo crees así Arturo mío.
Este la besó en los labios y  en los pechos turgentes  y tibios para  susurrarle al oído como si alguien los escuchase.
- Me parece una buena idea, como siempre tu  sabes siempre  tenerlas pero no me has dicho en qué consiste el mal sueño.

 Ella  en aquel momento  se hallaba  emocionada,  ardorosa   por lo que le suplicaba que la poseyera, después le contaría el sueño, ya que  pudiese ser  una amenaza  fehaciente a  la felicidad que  gozaban.
 Arturo la poseyó suavemente, Natalia  sentía un placer infinito,  uno de esos placeres que   que solo siente la mujer enamorada  profundamente de su esposo, y también participa en su felicidad. Cuando  terminaron,  Natalia suspiró y empezó de esta manera.
No me abandonarás nunca vida mía. No te cansaras de mí, no influirá alguien en nuestra dicha.
- ¿Qué cosas dices? Nadie, no ha  podido mi madre…
- De eso se trata el sueño, pues he soñado que tu madre se vengaba de mi  diciendo que le he robado a su hijo, y que  no lograre  que  le quite el honor  y haya  estropeado una boda  con  la señorita Petronila de  tu alcurnia.
- Pero que tonta eres si ni siquiera sabe que nos hemos casado. Yo soy libre de hacer lo que me venga en gana, esa mujer con que quería casarme nunca me hubiese hecho feliz así que  no temas por nuestra dicha, que nadie logrará  destruir nuestra felicidad.

 Pero Natalia no se equivocaba. Doña Almudena se enteró de que   le jugaron  una mala pasada según ella, se enteró por el Boletín Oficial del Ejército, que como mujer de militar de alta graduación leía en los salones del gran casino militar.
 Cuando  leyó la noticia montó en cólera, tiró el periódico contra el suelo y  berreaba como un toro, echaba espuma por la boca.

    • Se salió  la plebeya zorra con la suya, lo capturó, era la intención que tenia y lo ha conseguido. A doña Almudena se le vinieron a tierra todos sus proyectos. Quería casar a su hijo con Petronila que como sabemos era  marquesa y así directamente ser el el marqués, al llevar este título  ascendería  considerablemente, ya que la vida militar le  gustaba, al descender por la línea paterna  de este evento. Si renunciaba al ejército, sería un gran hombre en la sociedad madrileña y como la marquesa llevaría una dote de muchos millones en dinero fincas y  alhajas,  la fama sería  considerable.
    •  - Y se ha casado con una simple enfermera, una vulgar campesina, de un  villorrio  de Extremadura, acostumbrada solo a  vivir entre cerdos y cabras. Para la rumbosa señora  no había otra cosa que  la relumbrante sociedad madrileña, o sea que era lo único bueno que veía. Supo lo que  hizo Natalia por su hijo, supo los desvelos que se tomó, la alegría que le  llevó cuando se encontraba herido, todo lo  conocía, y la fuerza que tiene el amor, bueno esto no lo conocía porque ella nunca había amado., se caso con el padre de su hijo por  el brillo del uniforme, por  asistir a los círculos militares más altos, y así hizo amigos en el ministerio en todo lo más alto de la cúpula, para ella era lo importante, el amor era una simple tontería de  niños, una chiquillada.
    •  Allí mismo delante de todos los  Jefazos y sus distinguidas damas, juró  vengarse  hasta  lo más repugnante e inverosímil, Natalia  iba a ser calumniada vapuleada hasta que  se apartara de su hijo y para ello no demoró ni un segundo puso mano a la “obra” al momento.
    •  Ya no le importaba que su hijo fuese destinado a África  al Aaiún a lo peor que  existía  del territorio español, Lejos, muy lejos, donde carecieran de todo, donde se le hicieran los días insoportables a su nuera, que llorara y sufriera hasta pedir  regresar a España, que se fuese a su pueblo, a recoger aceitunas, o que se  quedara  limpiando pus en cualquier hospital de los más repugnantes, pero que dejara a su hijo, ella se encargaría de  que  Arturo se olvidara de ella, y pidiese el divorcio, aun tendría tiempo para casarlo con la marquesa, porque la pobre era tan poco agraciada que nadie cargaría con ella, de su clase y ella ( Petronila)  tampoco aceptaría un paria. Esto no lo consiguió. Removió  Roma con Santiago, pero en  consideración a los méritos de Arturo y a la intervención valida de su padre que enterado de las artimañas de su mujer  puso en marcha sus méritos  y graduación, no aceptó   el Ministerio su traslado fuera de Madrid. La rabia era tal que a punto estuvo de darle un   sincope, pero no cedió y buscó otras artimañas aun peores para la  joven y  simpática muchacha.
    •  Estas personas tiene n  amistad también con lo peor de la  sociedad, bien porque le han hecho algunos favores, o porque esperan dinero de ella.
    •  Fue a casa de un hombre sin escrúpulos y le expuso  un plan. Quería que  convenciera a la muchacha a Natalia, que intentara por todos los medios que  se entrevistara con él, que le dijera que  había una enferma en su casa, puede ser su mujer, su hija cualquiera, la cosa era que  la llevase a casa del   cómplice de doña Almudena. Esta le dijo que era muy sensible, una tonta enamorada de su profesión de enfermera, y que conocía algunos  rudimentarios conocimientos de medicina, sobretodo curar heridas, granos, llagas y esas  asquerosas enfermedades. Solo le tenía que decir que era muy pobre y no disponía de dinero para avisar  un médico, que su mujer padecía de un   absceso  y se le había infectado y n o tenía dinero para llevarla al hospital, ni para que la visitara un médico y como  él se había enterado del gran corazón que  tenia por eso lo llamo.
    •  A punto estuvo Natalia de caer en la trampa, pero la providencia la salvó. Acertó a pasar por allí una pobre mujer despeinada y sucia a la que el rufián había engañado, y explotado con sus sucias artimañas y  como no tenía otra defensa empezó a insultarlo.
    • - Canalla, desalmado-decía la desgreñada., no tienes bastante con el daño que me has hecho que  quieres hacerlo a otra pobre mujer ignorante de lo que eres... El sujeto se  paró  en seco y empezó a mirar hacia los lados por ver si venia alguien. La desgreñada no dejaba de  insultarle y Natalia  estaba confusa.
    • - No le crea usted nada de lo que dice, que todo es mentira, seguro que la lleva a su casucha con engaños, es falso lo de la mujer enferma, el  tiene más mujer que a las pobres desgraciadas que se ven en  el peor trance de su vida , hacerse de algún dinero para comer  o darle de comer a sus hijos, luego después de que le proporciona  el hombre , que suele ser otro desalmado como el normalmente,  no le pagan  y se quedan con el dinero que  le han ofrecido a la desdichada. Me ha pasado a mí y a otra  pobre mujer que  ahora se encuentra en el hospital de la caridad por culpa de el, sin dinero y embarazada. Una pobre que vino  no se sabe dónde, pero que harta de pasar hambre, comiendo  bazofia de cuarteles y asilos  tuvo necesidad de  este canalla.
    •  - Y tuvo aun más suerte Natalia, porque en aquel momento pasaba un guardia y la  desgreñada, lo llamaba a gritos. El guardia  urbano,  que conocía al sujeto de otras veces, y ya había pisado la cárcel, le  invitó a que lo acompañara a la comisaría, y sin poner resistencia se marchó con el guardia que lo sujetaba fuertemente por el brazo.
    •  Esta clase de hombres  no eran amigos de doña Almudena, pero  mantenía contacto con  ellos para fines como estos  o peores si peores los hay. La  dama que  se hallaba oculta para  caer sobre la incauta nuera, se dio a todos los demonios y farfullando y maldiciendo se largó a su  casa, claro que  iba vestida de pordiosera para no ser reconocida; le salió el tiro por la culata.
 

17

 

  1.  Ya conocemos el afán que le impulsaba a nuestra querida enfermera a buscar colocación en un hospital. Su   corazón por  llevar  consuelo y esperanza a los desdichados no tenía límites, y buscaba sin desfallecer  ser admitida en cualquier hospital de Madrid. En los principales no encontraba lo que buscaba,  no había  plaza, todas estaban cubiertas. Así  dos o tres días hasta que   una  compañera del cuartel, esposa de un sargento ( ella no se daba ninguna importancia,  alternaba con  las mujeres de los suboficiales y de soldados porque  no  había en el cuartel, sabido es que entonces eran  mozos del reemplazo todos solteros, si las hubiera habido  ellas serian   como las de los altos mandos para  ella) por esta  humildad y sencillez  muchas  esposas de comandantes, capitanes y hasta tenientes, le daban de lado como ce suele decir.
     En fin que aquella  mujer de sargento, cargada de hijos  había visitado muchas veces el hospital de  la caridad, donde  los curaban y acogían  de caridad, como su nombre indicaba.
    - En ese hospital- le decía  la “sargenta” casi siempre hacen falta enfermeras, hay monjas, pero también los médicos  a los médicos les gustan que haya enfermeras, porque son más ágiles, y  a los enfermos que  van allí les infunde más confianza. Y sin pensárselo dos  veces Natalia se encaminó al   hospital que por ser de  caridad lo bautizaron con el nombre de su madre, es decir Hospital de las Misericordias. Como  llevaba las credenciales del HOPVA, no tuvo ninguna dificultad para entrar a trabajar como enfermera titulada, que  así  rezaba en sus papeles.
     El hospital era muy pobre, y como tal en el solo había enfermos y enfermas de lo más  humilde,   obrera que no podía costearse otro de mas categoría ( En el tiempo de esta narración aún no existía la Seguridad Social. Aunque estaba en proyecto).  En aquel centro  no existía el privilegio, todos eran cortado por el mismo rasero, claro que con los medios  con que contaba eran  muy limitados, se sostenía con ayudas del Ayuntamiento y algunas del  Estado y el Clero. Ya dijimos que  la mayoría de las enfermeras y asistentas eran monjas, por lo que nuestra amiga  era casi la única enfermera con título oficial que  se movía por los corredores de aquel inmenso hospital, semejante mas a un cuartel o prisión que a centro de salud.
     Allí  sí que se respiraba podredumbre, el de Valencia era   un bosque de pinos  si lo comparamos con el de la Misericordias pero a nuestra   querida amiga  no les importaba,  ella quería  ayudar a los más desgraciados y allí se encontraba para ello. Temía que cuando se enterase su marido  del aire que se respiraba en aquel “lazareto”  la retiraría inmediatamente de él, pero  ella pondría resistencia y  lo convencería con palabras de  compasión hacia aquellas personas que  la vida le había deparado aquel destino, eran los desheredado de la vida, los más  miserables del planeta,   entre los hombres  se encontraban los desafortunados, mendigos,  rateros de poca monta, porque los grandes ladrones que eran los de guante blanco sin temor a la policía ni a los jueces, iban a los mas   señoriales, prostitutas, madres solteras que habían vuelto a caer, unas veces engañadas  por algún desalmado o voluntarias para  dar de comer a su hijo y comer ella misma, casos como  el de una  joven que ejercía la prostitución por las esquinas, y  cogió una  grave enfermedad venérea También los había  rufianes, gitanos  gente del mal vivir que navaja en mano se peleaban por ajustes de cuentas, en fin toda la escoria de la sociedad, unos por azar del destino y otros  por  no haberse enderezado a su debido tiempo, teniendo ocasión para ello. En ese  ambiente se iba a desenvolver Natalia, solo por amor al prójimo ya que no le hacía falta  para  vivir desahogadamente, con el sueldo de su marido le bastaba, además  allí ganaría muy poco, nada pues el mísero sueldo que le daban se lo entregaba a los más necesitados, pero de allí sacaría el tesoro más preciado para una madre, que  es un hijo. Ya lo veremos.
     Y… como siempre no pasaron ni cuatro días en que no se ganara la admiración y confianza de todos, médicos y enfermos, incluidas las hermanas de la caridad, o las monjas que algunas  no vieron con muy buenos ojos (y eso que  eran hijas de Dios) que  una  mundana  interviniera en  los enfermos, sin  obligarles a que rezaran por la salvación de sus almas.
     Aquellos  infelices que la mayoría salían de allí para  ser enterrado su cuerpo en la fosa común de un cementerio, o servir  de  estudio en  San Carlos, a los  aspirantes a médicos, por no tener  quien reclamase su cadáver. Muchos eran llevados por la policía que los recogía de las calles  nevadas  moribundos, andrajosos y febriles,. Estos les interesaba mucho a los médicos, porque al no tener quien reclamase su cuerpo después de muerto, enseñarían a los futuros cirujanos  y galenos  a ser unos buenos médicos.
     Las monjas  todas, se mostraron pasado los primeros  recelos amigas de Natalia y lo mismo. La Superintendente Sor Teresa, como sor Mercedes y sor Beatriz  la vieja enfermera Luisa, que llevaba mucho tiempo en  aquel hospital, . Entró de auxiliar y  se quedó  `porque no tuvo otro sitio donde colocarse, aunque con los años le tomó cariño a  aquellas viejas paredes que ya no intentó buscarse mejor colocación. A todas cambió Natalia, eran apáticas, remisas, frías y no se les movía la conciencia  por los desgraciados y desgraciadas  internos, ellas si, cumplían  con su deber pero como obligación, como una máquina que marcha mientras tiene que marchar, pero sin entusiasmo sin altruismo y lo mismo les daba que  un enfermo curase como muriese. También es verdad que  habían presenciado tantos casos que  estaban inmunizadas de todo.. Pero Natalia las cambió, es difícil cambiar a personas  endurecidas  por  tanta desgracia vivida y acostumbrada a ellas, pero  también eran almas, y la verdad no eran malas, lo que ocurría ya lo hemos narrado, estaban inmunizadas ante cualquier desgracia, ante la muerte y los lamentos y  llantos de los  infelices moribundos.
     Pero al igual que en el hospital de Valencia, se oiría el nombre de Natalia como  si la Divina Providencia la hubiese enviado  a aliviar  los dolores  que  sufrían  los mas parias del mundo.
     Natalia, ven, guapa bonita ponme bien la venda ¿Bendita seas! ¡Muchas que hubiera como tú en el mundo, entonces otra cosa sería, Como tu ninguna ¡ Qué guapa y que buena eres¡ Y así  se les oía piropear a todos y todas, en especial a los  hombres. Y ya sabemos, ella estaba dispuesta en todo momento, a ayudar, e en todo, llevando sonrisas y a veces dinero del suyo a los enfermos  menos favorecidos. Los  alentaba, les sonreía, les contaba cuentos y chistes `para que no pensaran en su enfermedad ni su situación. En definitiva nunca  como  ahora, aquel   centro de desgraciados  se encontró más a alegre y optimista... Y lo mismo los médicos, como  practicantes, monjas y limpiadoras,  se sentían  alegres e incluso identificada con ella.
     Gracias a ella aquel hospital olvidado de los hombres, pues no merecía gastarse mucho dinero en  parias ni mujerzuelas, como si no fuesen personas humanas con dolor y sentimientos como  otras de más suerte, aquel triste  y lóbrego  hospital, se convirtió en un centro  de curación tan  digno como cualquier otro, porque Natalia se preocupó de que lo limpiaran bien, cambiaran camas viejas, sábanas sucias por nuevas y muchas cosas ¿ De dónde venía el dinero?, de los escritos que hacía, a las Autoridades Sanitarias, que nunca nadie se preocupó, de los ricos  que les enviaba cartas  pidiendo  dinero para  paliar el dolor y las desgracias de la  vida; muchas  peticiones caían en saco roto, pero otras que movían la conciencia de los más sensibles, enviaban  dinero por correo, o ellas mismas ( señoras de alta  alcurnia que también las hay buenas) ellas misma se personaban en el hospital y entregaban en la dirección la cantidad que creían  suficiente para esto o aquello. En fin que  lo mismo en Valencia como en Madrid, aquella campesina extremeña, fue  el consuelo y esperanza  de cuanto sufrían en sus carnes el martirio de la enfermedad.
                                    

*  *  *


 Doña Almudena, se enteró por sus amistades la labor de su nuera, pero  como era orgullosa y no  disponía de un gran corazón, no se inmutaba, y con rabia  contenida, decía que bueno pero que  lo hacía como lo que era una plebeya de tantas, no motivada por la caridad si no por el  dicho de  la gente de que era buena.
 Quiso   otra vez convencer a los altos mandos militares, de que
trasladaran a su hijo a Valencia, pues visto que  no consiguió nada, sobre la separación del matrimonio por considerarlo un bochorno para su rango, por aquella mujerzuela como  catalogaba a su nuera,  llegó a lo más horrible y  malévolo, como sabemos pero  fue más allá, en su  odio hacia la muchacha.
 Un día fingiéndose enferma mandó  mediante un criado a llamar a su hijo,  advirtiéndole que  solo fu3se él. Porque si se presentaba en su casa con  su mujer ninguno de los dos traspasaría el umbral de la puerta. Parece mentira que  por  orgullo  malsano de linaje, llegue una madre a lo que vamos a saber, pero así es.

 

 

18

 Tentado estuvo Arturo de  acudir a la llamada de su madre, pues el criado se lo dijo muy claro. “De parte de su madre doña Almudena que vaya usted a verla, pues dice e encontrase enferma pero me ha advertido que le diga  y que  no se me olvide  si quiero mantener mi puesto que la  señora, bueno la verdad que no fueron estas palabras con las que se expresó.

    • ¿Cual entonces- dijo el militar  apretando los labios y los puños en señal de disgusto.
    • - Pues señor perdone usted pero su madre dijo, esa zorra  que ha atrapado a mi hijo. Palabras que no oyó Natalia, ya que se encontraba  en el hospital.
    •  Arturo despidió al criado  asegurándole que no tardaría en ir a visitar a su madre.
    •  ¿Qué hijo no se estremece ante la enfermedad de la que le ha dado el ser? Tiene que ser muy malo para  no ir a visitarla, al lecho, pues eso  fue lo que  entendió que su madre se encontraba postrada en la cama,
    •  Y  ajustándose el uniforme, pues  sabía que a su madre le encantaba  verlo de militar  más que de paisano se personó en  la casa de su madre, que no fue suya por culpa de una “mujerzuela rustica y sin  educación” según ella.
    •  Cuando  Arturo penetró en el suntuoso  salón donde su madre se encontraba sentada en un sillón muy cómodo, y rodeada de todo lujo, comprendió que todo había sido una farsa. Su madre no  presentaba aspecto de  estar enferma. Vestía  con traje de calle, seguramente dispuesta a asistir a alguna tertulia de las suyas, no se levantó del sillón tapizado en terciopelo rojo, despidió a la criada que le servía  hasta un vaso de agua, como si ella no pudiese cogerlo y le dijo a su hijo, primero en tono  maternal, pero cuando  veía que su hijo no accedía lo que ella le  suplicaba montó en cólera y  lo echó a la calle. No lo besó  aunque  Arturo si lo hizo  fríamente  otra cosa no se merecía visto  el recibimiento poco caluroso  del que fue objeto por su  madre.
    • - Hijo te he mandado  llamar, porque quiero hablar contigo seriamente.
    •  - Yo madre, he venido porque me han dicho que está usted enferma, y veo que me han engañado.
    •  - No, no te han engañado, estoy enferma del alma  al verte   despreciado todos  tus compañeros y sus esposas, por medio de esa mujer.
    • - No es esa mujer madre, es mi esposa  mi mujer, la que algún día le dará un nieto,
    • - Eso no, yo nunca seré abuela de un hijo  de esa mujer, que nunca se sabe si será tuyo o no. Mira hijo es una  enfermera alegre, que según tengo conocimiento  se codea con todo el hospital, ¡Y qué hospital Dios mío! No te da asco donde trabaja, ni lo que te he dicho antes, ¿Quién sabe si no tiene  relaciones con cualquiera dado lo  alegre que dicen que es?
    •  Arturo  cerró los puños y apretando las mandíbulas le dijo a su madre.
    • - No se lo consiento aunque seas mi madre que trate a mi mujer de puta cuando es mucho mejor que usted. A cualquier madre estas palabras le hubiesen   causado una gran desazón, mas tratándose de su hijo, pero para la orgullosa dama, ni se estremeció, se puso de pie lentamente y señalando la puerta con  el brazo extendido le  conminó a que dejara la casa.
    •  Vete de mi vista, has ganado una zorra y has perdido una madre. Ah y no se te  olvide, quedas desheredado de todos mis bienes, mejor lo doy a un convento de monjas que a ti para que esa mujerzuela lo disfrute.
    • - No me hace falta madre, nuestra sencillez es tan grande que nos basta con  el sueldo de capitán y aun nos sentimos afortunados, otros  pobres ganan mucho menos y son felices.
    •   Tentado estuvo de dar un portazo al salir, pero  recapacitó al instante, era su madre y al fin y al cabo  un hijo tiene que mostrar cierto respeto a la que lo trajo al mundo, pues es lo que hizo porque  de cuidarlo y mimarlo  de pequeño  se encargó otra santa mujer, por unas míseras limosnas, a la que llamaban niñera-criada.  La puerta le cerró suavemente.
 

19


 A pesar de  la dulzura y bondad de Natalia y de la amabilidad  que recibía por parte de su marido, sin faltarles nada ya que con lo que  ganaban les  sobraba para vivir, hasta tomaron a Pilar una  muchachita muy linda, para que le  llevara la casa, pues sabido es que   Natalia no podía atenderla como  quería por su trabajo en el hospital  no  tenían felicidad plena. Es muy difícil encontrar   la dicha completa en los hogares del mundo, los pobres  casi siempre por falta de dinero, y los ricos  porque quieren más o por  muchas cosas de la vida, entre ellas infidelidades, aunque esto también en los pobres se  dan casos, en fin  que no existe la felicidad  plena,. En la casa de Natalia y Arturo era por otra cosa. Por mucho que lo intentaban, el vientre de la enfermera se mostraba estéril, no concebía, y esto entristecía a la pareja, aunque  nunca se mostró  el  capitán indiferencia ni desamor a su querida mujer, pero … no eran ni el uno ni el otro  feliz  como si  hubiesen tenido un hijo.
 Los médicos  no sabían las causas, pues  estudiaban  el aparato reproductor de la enfermera y lo encontraban  normal. Tal vez si cambiara de aires… le decían, porque a veces un simple cambio de clima es suficiente para  que la mujer conciba.
  - ¿Quieres mi vida que  retornemos a Valencia? O tal vez a tu tierra, ya llevo el tiempo reglamentario en Madrid y puedo  solicitar el destino que me apetezca, mi madre ya no va a intervenir en nuestros asuntos.- El le  había contado todo lo acaecido en casa de doña Almudena. Pero Natalia no mostró gran interés por marcharse de la capital de España, es mas no quería por eso  respondió a su marido.
- No me gustaría marcharme de aquí, ya conocemos a Pilar (esta era la  doncella) es muy buena la tengo como si fuera mi hermana, se pota bien. Tú  no tienes que  bregar con la tropa según me dices, y lo principal, no quiero dejar   el hospital. En las Misericordias me quieren tanto, que seria para mí un golpe duro  dejarlo. Muchos enfermos  me quieren como a su madre, confían en mí y creen que  yo les llevaré la salvación ¡Pobres! No la tienen pero yo los engaño y así  son más felices dentro de sus dolores. Vamos a esperar unos años más. Luisa la enfermera y yo nos  comprendemos, y también las monjas, los médicos están contentos conmigo  dicen que yo he llevado la dicha aquel  valle de lágrimas. No está bien que ahora los abandone.
- Eres demasiado buena mi amor. Pero… ya sabes lo que dicen los médicos que quizás cambiando de aires  podemos  tener el hijo deseado. Eso es cosa de ellos, yo sé que  no te hago feliz, y eso me  hace verter lágrimas. Pero  ni allí ni aquí  --Dios nos premiará con  el hijo deseado. Déjame aquí un  tiempo más. Llegan muchos casos  tal vez llegue el hijo deseado. Sé que mi vientre está seco, pero   muchas madres los dan por no poder  sustentarlos, otras  llegan solteras y  quieren deshacerse de él, nosotros  podemos  adoptarlo, es mas  recogerlo recién nacido y  inscribirlo y bautizarlo como hijo  legitimo nuestro.
 Arturo  quedó dubitativo con las manos  en la cabeza y los codos apoyados en la mesa; así permaneció  unos diez minutos, se levantó y  le sonrió  a su amor, luego despacio  musitó.
- Tu ganas como siempre Dios quiera que ese hijo  me lo traigas pronto, y se fundieron en un beso de amor y un abrazo siendo sorprendidos así por Pilar la doncella que  fue a pedir instrucciones a su  ama, y como la trataba como a una hermana  no pidió perdón si no que riéndose dijo.
- Cuando yo me case quisiera ser tan felices como  sois vosotros.
-- Si, tú lo serás mas- dijo Natalia, porque  de ti nacerá un niño, Dios no ha querido darme a mí ese  don de felicidad que  casi todas las mujeres tienen.

 

 

20

   Aquella era una fría mañana del mes de febrero. Las  calles y plazas de Madrid se cubrían de un manto blanco inmaculado, nevaba, y aquella nieve que Dios enviaba cubría las suciedades que   todas las ciudades presentan. Los sin techos los indigentes, eran recogidos por la policía y  Cruz Roja, para albergarlos en  locales que improvisaban para el caso, y lo hacían  para que   no muriesen de frío  e inanición en plena calle,  medio por caridad medio  para evitar la desagradable visión de un cadáver en plena calle, pues no eran pocos los que  solo tenían  un banco del parque como cama, cartones  de colchón y  las estrellas por techo. Comían las sobras de los  cuarteles y  conventos, y con algo que sacaban de implorar la caridad. Cuando el tiempo era bueno, nadie se preocupaba de ellos, pero en tiempo invernal por lo que hemos dicho eran recogidos.
 Natalia aquel duro día trabajaba  como siempre,   llevando consuelo y esperanza a sus  enfermos, Estaba en la sala de la mujeres. Luisa la enfermera vieja, recibía a los enfermos que  llevaba la policía  los que no podían ni andar para  ir al  albergue. Natalia con sor  María, llevaban mantas para abrigar a las mujeres que en aquella sala corrida  como una galería estaban  tiritando, tanto es el frío que hacía. Cuando oyeron gritar a Luisa.
-¡Natalia!..¡Natalia! gritaba con todas sus fuerzas.
¿Que sucede Luisa? A qué viene  tanto alboroto.
- Que han traído a una mujer muy enferma. Y está encinta, muy avanzada, quizás no pase de hoy. La han traído dos guardias dicen que la han encontrado sin conocimiento cerca de las Cibeles, tendida en el frío  y duro suelo.
- ¿Dónde está?  ¡ Voy al momento!-
dijo Natalia, y un presentimiento paso por su mente
- Entre sor Teresa y yo la hemos llevado a la sala de las  embarazadas, pero hay que trasladarla y avisar al médico está a punto de parir. Te llamo a ti porque tú tienes más experiencia y valor que nosotras por si llega el parto antes que el médico.
 Natalia de una carrera se puso en la citada habitación. Y no hizo más que traspasar la puerta  cuando lanzó un grito de sorpresa impresionada por lo que vio. Tendida en la cama había una mujer, demacrada vestida de harapos, y maloliente, su vientre  anunciaba que pronto  iba a ser madre.
-¡Dios mío! – exclamó. Es posible lo que veo o estoy soñando, y le cogió la mano.
 Entonces la parturienta despertó del letargo  abrió los ojos y la conoció.
- No, Nata..lía- decía con la voz entrecortada por las fatigas y la emoción- No es..tas…so…ñan…do, soy..yo. Tú amiga. Per..dón! ¡¡per…don! Por no haber...te  he..cho caso..dame  un beso.-
Y Natalia con lágrimas en los ojos besó aquella cara demacrada y macilenta, era como ya habrá adivinado el lector o lectora, Amelia, la artista, la que  renunció a ser enfermera para  ganar dinero y fama. Si, lo ganó pero fue el desprecio de  la sociedad madrileña, una sociedad que  muchas veces juzga a las personas sin  compasión y sin saber las causas de su i infortunio. La pobre Amelia cayó en lo más bajo que se pueda caer, hasta el punto de ir a un hospital de lo más  pobre y mísero de España, el de Las Misericordias de Madrid.
 
**************************************************************
 
 Una vez superado el estupor y la sorpresa, Natalia puso en movimiento a todo el personal que encontraba a su paso para que le  preparasen a su  amiga la mejor cama posible de las que existían en el hospital, que como sabemos no eran muchas ni  mejores que otras, pero se esforzaron algo y la aposentaron en una sala sola, que no era de mucha comodidad ni extensión, pero estaba  más  en  consonancia con su estado que en la corrida nave  donde  permanecían las otras enfermas.. Y Natalia permaneció a su lado hasta que dio a luz. Le contó su vida, que nosotros aquí resumimos.
 Cuando bajó del tren, se internó por las calles de Madrid, para buscar trabajo, cualquier trabajo. Llegó sin dinero,  pues el sinvergüenza de don Anselmo no le pagó nada. Deambuló  por el centro de la ciudad, fue aquí y allí, pero nada, todo estaba ocupado, en ningún sitio se precisaban  obreras para trabajar,  ni tan siquiera en el servicio doméstico. Viéndose desamparada,   y sin saber qué hacer, se fue a la cola de los mendigos, porque allí uno le dijo que con una poca de suerte podía comer. No llevaba plato ni cuchara ni lata.  Una mendiga que  tenía dos latas le dejó una, también entre los más desgraciados existe la caridad y la solidaridad, y pudo comer las sobras del rancho que repartía un soldado en la puerta de un cuartel. Dormir lo hacía en los bancos de los parques, o en algún solar entre basuras. Otras veces en una obra en construcción, así estaba bajo techo, pero en estos  lugares existían guardas, y como  en todos los sitios existen desalmados y sin conciencia ni escrúpulos cohabitar con ella, por un mendrugo de pan o una lata de sardina, y a la desdichada todo le daba igual, ya estaba perdida. Una mujer un día le  propuso una casa “decente”, pues era joven y guapa y allí podía ganar mucho dinero Aquella casa un burdel de mala muerte, fue su perdición completa. Lo regia un, mal hombre, que se quedaba con casi todo el dinero de las pupilas. Y cuando  vio que  allí la explotaban se escapó, pues la tenían entre el rufián y su  cómplice una mujer  sin entrañas. Se escapó.
 Estuvo tentada de pedir ayuda a su amiga, o sea a Natalia, pero le daba mucha vergüenza y otra vez  a la calle, pero  entonces se percató del estado en que se encontraba, un ser se estaba formando en sus entrañas, era  el premio que  recibía de su  ligereza y fantasía. Estaba encinta, sin familia ni amigos y en plena calle, en la ciudad donde nadie se preocupa de nadie, y  al que no conocen es difícil que encuentre protección. Deambulaba de acá para allá sin rumbo  fijo, se encontraba agotada, aquel día  no comió nada la bazofia del cuartel no llegó para todos y ella que  era de las últimas no le alcanzó  el reparto que hacia equitativamente el soldado, un cazo para cada uno. Se marchó  resignada pero el hambre y la flaqueza era tal que apenas podía caminar. Se apoyó en la pared para reponer fuerzas,  era la pared de una pastelería, cerca  el escaparate, donde se exhibían   dulces variados, pasteles, merengues, piononos tartas y otros apetitosos y  exquisitos dulces. Salió la dependiente y al verla en tal estado, se compadeció, era una buena mujer. Le dijo que no se marchara, y entró al establecimiento volviendo a  aparecer a los pocos minutos con una cesta de mimbre de regular tamaño, en ella  había  dulces y pan y  algunos trozos de jamón, algunos dulces  ya estaban duros, caducados pero para la desgraciada Amelia, era como el maná llovido del  Cielo. Aquello la reconfortó y alimentó varios días. Alguien  también compasivo le  proporcionó ropa usada y con ella  aunque desgastada cubrió sus carnes descubierta por los desgarrones de la que llevaba puesta, y  se abrigó del frio que era muy intenso aquel invierno , dormir ya lo sabemos como lo hacía. Cerca de las Cibeles existía unas obras, y allí se refugió de la nieve que  tapaba todo el suelo de Madrid, estaba en estado muy avanzado de gestación el embarazo tocaba su fin, estaba tan agotada que no podía más. “Me ha llegado la hora- decía para sí_ caro estoy pagando el orgullo y la vanidad, mi tontería ¡Ay! Si me hubiese hecho caso de Natalia, pero ya no tengo remedio, mañana o pasado me encontraran aquí muerta, ya no puedo más, es mejor así, morirá también mi hijo, el mundo es cruel nadie se preocupa de los desvalidos, de los desgraciados, ¡ Dios mío dame ya la muerte”- Rezaba esperando el final de su vida, pero Dios no quiso dársela entonces, llevaba un ser en sus entrañas y  el Creador  quiso  que viera la luz del mundo terrenal.
 Una pareja de guardias urbanos  hacían su ronda  matinal, estaban recién incorporados al servicio, abrigados con sus capotes de paño, miraban  y escrutaban todos los rincones, la misión encomendada era  que a todos los indigentes que estuviesen en la calle los trasladaran a algún sitio refugio bien de los improvisados por el ayuntamiento,  u otro cualquiera religioso o civil, en Madrid  existen  varios, No podía dejar morirse a las desdichadas personas, bien por humanidad, pues a veces el mundo no es tan inhumano o tal vez para  que los extranjeros no  llevasen a su país el  desprestigio  de que en España se morían la gente de hambre y frío en las calles, que por desgracia en aquellos tiempos sucedía en cualquier ciudad y pueblo, sea como fuere aquellos dos hombres cuando la vieron dijeron.
- Aquí ya tenemos un servicio que realizar, mira Sánchez- dijo en  que  llevaba el mando de la pareja, como está. Y Sánchez  casi no pudo contener las lágrimas al ver a aquella joven a punto de dar a luz en tan lamentable estado. Yacía en el  frío suelo sin cubrirse con nada, creyeron que estaría muerta, pero  le tocaron las manos y vieron que no era el frío de la muerte, arrimaron el oído a su pecho y  con alegría  comprobaron que su corazón latía.
 - Rápido Sánchez, hay que llevarla al hospital de las Misericordias, es  donde la recogerán, si la llevamos a otro nos dirán que la llevemos a ese, así que no perdamos tiempo.- Y despojándose Sánchez de su capote   envolvió a la desdichada con él.
 Espera aquí- dijo el veterano que voy a buscar un coche. Y mientras  el guardia joven  cuidaba de la enferma  el otro  fue a por un taxi. Entre los tres, taxista y guardias la  subieron al coche y  la dejaron en manos de la enfermera Luisa y la monja sor Teresa.  Luego fue Natalia como sabemos la que  dispuso lo que  había que hacer con Amelia

 

21


 Muy grave entró la fracasada artista en el hospital de las Misericordias, pero pese a la gravedad Dios le  daría fuerzas suficientes para traer a este mundo una hermosa niña, lozana y robusta como había sido su madre. Natalia  como no era menos de esperar se volcó en su amiga todo lo que pudo, igual que si fuese su hija o hermana, no lloraba delante de ella pero si lo hacía a escondidas cuando el médico le comunicó que  no tenía salvación posible, tenía cirrosis  hepática, y doble neumonía pulmonar, enfermedades difícil para aquellos tiempos carente de penicilina y  más grave aun en el hospital de los  desdichados
  Cuando los dolores del parto llegaban, la  pobre Amelia  carecía de fuerzas para empujar, pero la pericia de aquel médico ginecólogo de primera y buena persona., aun sabiendo que la madre moriría quiso salvar al hijo a toda costa, y se empleó a fondo, como si le pagasen una fortuna por ello, sabiendo que nada iba a percibir nada. Y después de trabajar y emplear  toda su ciencia y pericia , sacó viva y  sana a la niña de Amelia, fruto del pecado mas  necesidad que por pecado, Amelia se entregó a los hombres, desalmados  que por una mísera lata de sardina logran aprovecharse del hambre y las necesidades humanas.

 

 Natalia cogió las heladas manos de su amiga y con lágrimas de emoción y pena le presentó al fruto de sus entrañas. Amelia sonrió levemente al ver a su hija luego haciendo un gran esfuerzo mirando a los ojos de la enfermera balbució.
-Na..ta..li..a, me..mu..e…ro.. Que…la hi..ja…que…he…tra…i…do.. al…mun…do.. sea… tu…hi…ja. Se que…tu…la…vas…a…que…rer  mas  que…yo.. Perdo….
 No pudo terminar la frase, se quedó inmóvil, abrió los ojos desmesuradamente y con una sonrisa de satisfacción dejó de existir.  No sé si existirá el cielo, pero si existe  aquella desventurada que tanto sufrió en la tierra  seguro que Dios le tenía reservado un rincón.

*       *      *

 Si contenta  estaba Natalia con su  hija, no menos lo estaba su marido, aquella niña había nacido para borrar la pequeña sombra  que empañaba la felicidad completa de Natalia y Arturo. Los dos estaban locos de contentos con la niña.
 A la pobre Amelia la enterraron en el cementerio de la Almudena, en un sencillo nicho, todo fue pagado por  el feliz matrimonio. Si no hubiese descansado su cuerpo en la fosa común de los desheredados.
 La niña crecía bajo la mirada atenta de  sus “padres “que la registraron como hija legitima. Chanchullos pero que  se hacían  y como nuestro amigo  gozaba de  la simpatía y  la gracia de todo el hospital, no le costó  nada  hacer el  chanchullo como si ella la hubiese parido, al fin y al cabo era una acción buena. Sabe Dios donde iría a parar el angelito con el militar y la enfermera estaría en la gloria y así era-. La fiel Pilar nunca se separó de ellos y fue como otra madre para la niña de Amelia, que  en honor a su abuela y al hospital donde nació le pusieron por nombre  Amelia de las Misericordias. En recuerdo de la que la trajo al mundo.

 Arturo no le gustaba Madrid, quería una vida más sosegada, y solicitó el traslado a Badajoz, le gustaba esta   pequeña ciudad, así   Natalia  estaría cerca de sus padres y de su tierra. Y se lo concedieron. Un mes más tarde   se instalaron en el cuartel de Menacho y,  Natalia en el hospital   llamado del 18 de Julio. Visitaban a sus padres  casa fines de semana, o cuando no  tenían servicio. Misericordias y Juan estaban locos de contento con su nieta y más al llamarse como la abuela, La niña correteaba por los campos frescos de alfalfa y era dichosa con los animales. En la capital se formaba en una escuela de monjas, y aquella  familia era muy feliz. Atrás quedó Madrid, y doña Almudena, que no supo nada de su  “nieta” y así era mejor, pues el desprecio a la niña  era seguro.
  Natalia recibía correo de las compañeras de Valencia y Madrid, , donde se alegraban de su “maternidad”, y  le prometían visitarla algún año, y lo hicieron y lo mismo de Valencia como de Madrid, le llevaron  diplomas y placas  con su nombre esculpido y su labor realizada  por el paso de estos centros de salud
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

 Pasaron los años y aquella niña que vino al mundo un día frío y desapacible del mes de febrero se hizo mujer,  Y se casó con un  médico del hospital donde trabajaba su madre. Arturo pasó a la reserva,  pero Natalia seguía con sus enfermos.
 Estuvieron   meditando mucho tiempo, sobre el origen de María de las Misericordias, si decirle la verdad o no, pero la conciencia no los dejaba tranquilos. Y un día armándose de valor, los dos  le contaron toda la verdad. María de las Misericordias, escuchó la confesión  atentamente y al final del relato las lágrimas  mojaron su bello rostro.
 -¡Tu eres mi madre! A la que querré con toda mi alma hasta que  yo muera y levantándose abrazó a  Natalia, luego se fue hacia Arturo y le dijo.
-¡Y tu mi padre, que sois los  que me habéis dado la vida criándome.
Natalia recordando a su amiga Amelia y secándole las lágrimas a su hija, les  habló  de esta manera.
-Sí,  nosotros somos tus padres, pero hija no olvides nunca a la que te  dio a luz, que  estará en el cielo y allí nos encontraremos con ella.
Si madre, también ella sufrió y me trajo al mundo. Quiero saber donde descansa su cuerpo., quiero llevarle flores y rezar por ella. 

 Y desde aquel día todos los años por los difuntos se  desplazan al cementerio madrileño donde una sencilla lápida  se puede leer. Aquí Yace Amelia, que fue muy desdichada...
 La hija quiso quitar aquella lápida  vieja y con la inscripción casi borrada y le  compro otra con  esta  sencilla  poesía,
.
     Madre de mi vida/ aunque no te he conocido //  eres mi luz y mi dicha/
Sin ti no estaría en el mundo/ Ruega  por mí madre mía/ para que un día estemos juntas
En el cielo con María.

 Luego depositó  un ramo de rosas rojas y margaritas blancas con una cinta  morada donde se leía         A  MI DESCONOCIDA MADRE DE SU HIJA QUE SIEMPRE LA LLEVA EN EL CORAZÓN.  Amelia  de las Misericordias

 

F I N

 Escribí esta novela en el hospital de Clideba de Badajoz durante  los 30 día que mi mujer estuvo  ingresada debatiéndose entre la vida y la muerte. Se la dedico a todas las mujeres que de una forma u otra, ayudan a los enfermos a que  lleven su dolor con resignación y esperanza.   

         Juan José Hormigo Bautista

 
Volver