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NATALIA

Por Juan José Hormigo Bautista.

 

Capitulo 1

Natalia fue una mujer desdichada por causa de una maternidad inesperada que, en una época de prejuicios desacertados y  crueles fue victima de desprecio y humillación hasta que  llegó Aniceto, que la sacó de la miseria, llevándosela a una viña con  Fernandita, hija del pecado. Tal vez  debido a la soledad del campo o a  que era  muy habladora me contó su azarosa vida, que  narro con nostalgia de una época en la que éramos felices sin tener nada. Así empezó su relato.

Nací en la ciudad de Almendralejo, el 14 de mayo de 1921, me  bautizaron en la  iglesia  principal y por nombre me pusieron Natalia, en recuerdo de mi abuela paterna, mis apellidos  no interesan, podía ser García o Ramírez, pero no, son apellidos raros, nadie sabe de donde procedían, unas veces decía mi padre que eran de la Mancha y otras que valencianos, como  no estaban claros me pongo por apellidos Valencia Mancha, y así  me pueden conocer  como Natalia Valencia Mancha.

  Vivíamos desahogadamente, en una calle céntrica de la ciudad. Mi padre poseía en buena tierra  varias fanegas de olivos y viñedos, mi madre aportó a la dote  menos, pero también olivares y viñedos, el cultivo por excelencia de Tierra de Barros. Yuntas de mulas, una bodega y un molino de aceite, por lo que  tenían a sus servicio, obreros y mozos de mulas para trabajar las propiedades, que ni decir tiene que  todo por míseros jornales o si lo prefieren jornales de hambre.

 En mi casa  trabajaban dos mujeres, una mayor que era la cocinera y la otra joven que se encargaba de la limpieza total de la casa y por las tardes sacaba de paseo a la niña Natalita. Estaban internas, dormían  en el mismo cuarto, eso si cada una en una cama, y yo cuando contaba 4 años me escapaba de la mía  mas lujosa y con mejores mantas que la de las criadas, y descalza me iba a cualquiera de las dos, porque la verdad es, que tanto Lola que era la cocinera como  Estrella que era la  mas joven me querían  como si fuese hija de ellas. Me  hacían reír, me besaban me contaban cuentos y hasta de su pecunio me compraban alguna golosina o juguete.

  Mi madre y mi padre me querían, no digo que no, pero a su manera, Para ellos el cariño consistía en que no me faltara ropas, zapatos, comida pasteles, chocolate y  libros para la escuela, pero de cariño maternal poquito. Entiendo que mi padre el que a veces me  daba algunos besos, no tuviera tiempo para dedicármelo, ya que según el tenia que  estar al frente de los jornaleros de las viñas y los olivares, que estuviesen bien labrados y podados que las mulas  no careciesen del pienso necesario ni de agua ni de la limpieza de las cuadras, en fin de todo  ese agotador trabajo del hombre de campo. Pero mi madre, su única preocupación era las tertulias en las confiterías y pastelerías del pueblo, el teatro Carolina Coronado y los cines que  en moda estaban por entonces.

 En los años treinta Almendralejo contaba con mas de veinte mil habitantes, y no como en los pueblos limítrofes que se conocían todos en Almendralejo muchas personas  no se conocían o si acaso de vista. Mi madre  conocía a muchas pero  tenían que ser de su “clase” y posición, a las demás las ignoraba. Es decir para ella no tenían valor, si eran de más rango que ella procuraba  que  esas personas  se fijaran en ella y en reuniones ser el centro de atención. Lo conseguía, y no pasando mucho tiempo era amiga de  marquesas, condesas  señoras distinguidas y toda la  fauna capitalista de la  capital de los Barros.

 Yo era feliz con  Lola y Estrella y las nombraba  mucho mas que a mi madre, o sea que para mi era ellas mis madres, en cambio la que lo era  me caía indiferente. Si, le decía mamá como me enseñaba pero las caricias que recibía de ella era un fugaz beso y   un hasta luego hija pórtate bien” y con esto  se marchaba a sus reuniones y cuando llegaba de ellas yo ya estaba acostada con Lola o Estrella que me repartían entre las dos y a veces  reñían porque las dos querían que me acostara con ellas.

 Empecé la escuela, una privada regentada por monjas, ya que las públicas no le gustaban porque decían que  a ellas asistía toda la  “morralla” o sea los hijos e hijas de obreros, campesinos y desheredados que por otra parte poco aprendían, porque  no estaban mas de  cuatro años, mucho antes  los sacaban los padres para  trabajar en el campo, guardar cabras o de aprendiz de zapatero, carpintero, barbero o herrero, oficios básicos de los tiempos.

 Yo la verdad no era muy aplicada, pero a base de regalos, cantaras de aceite y vino del lagar aprobaba todos los años. Pero bueno me aficioné a la lectura y escritura y  leía  muy bien y  poseía una caligrafía muy bonita, los números se me daban muy mal.

  Lola y Estrella ¡pobres! Que eran semianalfabetas y se preocupaban de que yo  saliera airosa en todos los exámenes, mas que mis padres y Estrella que sabia leer mejor que Lola, me tomaba el libro y yo le recitaba la lección de memoria, ella siempre decía que muy bien, yo pienso que para estimularme porque  la mayoría las veces no sabia de que iba aquello.

 En fin me hice  mocita y no saque nada del otro mundo, si  a leer y escribir correctamente, algo de historia geografía rudimentaria y  algo de urbanidad, la religión no me gustaba, pero como la escuela era de monjas tuve que aprender el Ripalda (1) y algo del antiguo y nuevo testamento.

  Ya me iba sola al paseo con mis amigas, Lola se hacia vieja y Estrella se casó con un  jornalero y se salió de mi casa por voluntad de su marido. Además ya contaba 16 años de edad, y la naturaleza iba  convirtiendo aquella niña mimada en mujer,  la metamorfosi me transformó en una  muchacha enamoradiza y hasta locuela o locona como decían.

 Me gustaba salir con chicos y más de una vez  dejé a las amigas esperándome en el parque, porque me acompañaban  personas del otro sexo, es decir muchachos.

 Quizás no lo pensara bien, quizás  mi naturaleza fuese así, o mi alma tan  tierna que no sabia decir No, el caso es que entre los muchachos del paseo que a decir verdad yo no los clasificaba ni en ricos ni en pobres, ni buenos ni malos, ni feos ni guapos, porque me gustaban todos. Era pura  crema pastelera, y no sabia endurecerme o plantarme ¡Ojala hubiera sido así!, pero como no lo era  de momento me calificaron en el pueblo, que aunque con categoría de ciudad no deja de ser un pueblo, de y perdón porque no suena muy bien la palabra CALIENTE.como se le juzga en aquella comarca a las que son  un poco  livianas por lo que todos  creían tener derecho a mojar la pluma en aquel tintero que era  mi sexo.

 Me di cuenta de ello, pero ya no había remedio.

 Un muchacho guapo del que me enamore de verdad, pues  la fiebre se me iba pasando pero la fama que adquirí no se borraba al revés tomaba mas realce fue el causante de mi desgracia.

 Total que, hoy un beso, mañana en el cine un achuchón, otro día esto y al otro otra cosa, que si en  el parque, que si en la calleja que si en la carretera de La Fuente que no pasa nadie, al fin vino lo que tenia que venir, que yo ingenuia, ardiente como decían, y complaciente  sin ser capaz de negar un favor, sentí que la rosa  roja mensual no floreció en mi jardín y en mis entrañas había una cosa extraña, contaba 17 años y enseguida lo comprendí dentro de ocho meses seria otra madre soltera más, de las que  contaba por entonces Almendralejo que no eran pocas para la densidad de población.

                                              Capitulo 2

¡Que escándalo Dios mío!  se formó en mi casa al enterarse mis padres de que estaba encinta, mucho peor mi madre que mi padre.

Para ella se acababan  las tertulias con sus amigas, aquellas  remilgadas que solo pensaban en ellas, en el lujo en los cafés de las pastelería, los cines los teatros y la iglesia. Lo demás para ella carecía de valor. Era verdad que nunca debió de haberse casado con mi padre, porque  descendía de una familia burguesa venida a menos, hasta presumía de que su abuela perteneció a la nobleza, no se si duquesa o  marquesa,  “Yo llevo sangre azul”  mi padre no era malo pero ella  lo hizo a su semejanza y manera. se jactaba cuando mi padre y ella  tenían alguna conversación acerca de sus linajes.

 Mi padre era un labrador algo instruido en el casino a base de leer periódicos el ABC decía  el, lo leo todos los días y dice  esto y lo otro, que si la Republica va mal, que si los militares no están muy conforme, en fin cosas de los tiempos, que le preocupaban a todos los tertulianos del casino, menos el hambre que los jornaleros  pasaban con sus mujeres e hijos.

 Pero cuando les di la noticia  de que iba a ser madre, todo se les vino abajo a los dos. Ella no  podría  asistir a las  tertulias  de las encopetadas cacatúas, porque si se enteraban de mi desliz, se burlarían de ella, yo había cometido un grave pecado, un delito imperdonable, me convertí en una mala hija indigna de tener una madre como ella. Me volvió la espalda y me dijo,

“Lo que has hecho no tiene  perdón de Dios, has deshonrado a la familia, eres peor que las putas  que existen en la barriada X. Pero  de aquí no saldrás  más a la calle y cuando nazca  ese  fruto del pecado ya veremos a ver  que hago, pienso que irá a la inclusa  lo llevaremos de noche a cualquier lugar donde  no lo veas mas".


 Yo lloraba no por lo que tenia en mi barriga pues con 17 años  aun no estaba madura para  afrontar la maternidad ni había sentido ese sublime y amor profundo hacia mi  hija que  me vino después de nacer. Mi llanto era  debido a lo mal que me trataba, a que no me dejase ni ver la luz del sol, porque me preparó una cama en el  doblado, o sea en  la buhardilla entre  muebles viejos y telarañas.

 Mi padre no me reprochaba nada, su silencio me hacia mas daño aun que los improperios de mi madre, Me negó el habla y  no volvió a darme un beso ni una caricia, ni un consejo, como si no existiera para él.

 Donde únicamente encontré consuelo y apoyo fue en  Lola, la pobre cocinera ya bastante  agotada, subía las escaleras y me llevaba la comida, me acariciaba y me besaba y hasta se atrevía a tocarme mi abultado vientre con caricias maternales.

“No llores mi niña, ya verás cuando nazca la criatura como cambian de opinión y luego se alegran. Me tienen prohibido que  no diga nada  a nadie de esto,  porque si digo algo me despiden y me acusan de ladrona y mentirosa; pero ya verás como todo se arregla”.

 ¡Pobre Lola! Que equivocada estaba, parece mentira que no la conociera  con tantos años como llevaba en la casa.

 Como no pensaban que aquello siguiera por el camino natural, no se molestaron en averiguar  quien había sido el autor del desaguisado, porque nada les interesaba de mi y mucho menos de la criatura que se movía en mis entrañas.

La pobre Lola sufría a la par mía, y trato de  suavizar el comportamiento  poco humano que conmigo  tenían  los que me dieron la vida. Ellos  no  pensaban en que  lo más grande a los ojos de Dios, ya que decían ser muy cristianos,  es la venida al mundo de un  niño, en este caso de su nieto.

 Pero cuando la  buena de Lola les insinuaba que aquel comportamiento no era muy cristiano, la mandaban  a callar y le amenazaban con el despido, depues de permanecer en la casa más de treinta años.

 Mientras mas se acercaba la hora de la verdad mas  repulsa  me tenían, mientras mas  voluminoso era mi vientre mas asco  me cogian, por lo que decidí aprovechando la noche  fugarme de casa, de aquella infecta buhardilla pero…¿Dónde ir? Por otro lado ellos o sea mi madre en especial  dormía con un ojo abierto y al mínimo ruido se hubiese despertado y sorprenderme en “fragante delito”

 Pero ya no podía más. Nada preparaban para el alumbramiento, ninguna ropita para mi niño ¡Como la iban a preparar! Que tonta sabiendo que de el  tenían  proyectado librarse.

 Una de las noches que Lola  me acompañaba, le expuse la  rocambolesca idea de escaparme, y la buena mujer  por toda respuesta fue echarse a llorar, por lo que me  desanimó por completo y decidí  no volver a pensar en la   odisea.

 Pero no cayó en saco roto mi proposición, Lola trabajaba en silencio, estaba conmigo en todo y a la sombra trabajaba para lograr mi fuga y que  el niño fuese siempre  su nieto ¿? Si, porque ella me trataba como a una hija, lo que no hacían mis padres como harto sabemos.

 Y una noche me dijo:

“Mi niña, esta noche nos fugamos las dos de esta casa. Ese niño tiene que vivir  con su madre y conmigo que lo quiero ya como  una buena” Ante aquel rasgo de bondad no me pude contener y la abracé llorando, las dos nos abrazamos y nuestras lágrimas se mezclaron.

 Pero… ¿Dónde vamos a ir Lola?


No te apures mi niña. Ya tengo casa, se que me despedirán, bueno me despido yo porque ya no vuelvo mas a esta casa.

¿ Y de que vamos a vivir? De que comeremos?

No te preocupes por eso mi Natalita que  estoy acostumbrada al trabajo me buscaré otra casa.

 No Lola, eso no, trabajaré yo y tu cuidaras al niño.

 CHISSsss- calla no se vayan a despertar, todo está preparado.


 No se lo que haría Lola para que no se despertasen, a lo mejor  era lo que deseaban que nos marcháramos de allí lo antes mejor, el caso es que sin hacer ruido salimos a la calle. Al darme el aire fresco de la noche parece que  volví a nacer, una sensación de bienestar se apoderó de mí que no soy capaz de explicarlo.

 Y ahora ¿donde vamos?

¿Te acuerdas de Estrella?

 ¿La doncella?

La misma.


 Asentí y me dijo que en su casa nos esperaban ella y su marido que todo lo había previsto y que  íbamos a un sitio seguro. Como  yo mostraba dudas sobre el recibimiento, no por ella sino por su marido me dijo, que no temiera que Fermín era un hombre muy bueno y humano, que se alegraba de que  una  muchachita desgraciada encontrara refugio en su casa y más a punto de ser madre. Estrella llevaba varios meses casada y  no  tenia  indicios de traer familia, cosa que  su marido y ella deseaban fervientemente.

 Atravesamos  casi toda la ciudad, no hacia mucho frío pero el mes que corría era Octubre y el otoño ya dejaba  un relente entumecedor,

 A pesar de que ya me pesaba el embarazo caminaba de prisa, estaba deseando y al mismo tiempo temblando por llegar a casa de Estrella.

 Vivian en el barrio más cutre y pobre de Almendralejo, casi en el campo  en un camino rural  de tierra.  Nunca había estado yo por aquellos sitios, pues Estrella vivía  antes de casarse con  sus padres en  la calle de La  Farola, Aquella casita la alquilaron y en ella  construyeron su nido de amor. Estrella era muy limpia y aquella  semi chabola estaba como los chorros el oro. Tenia pocos muebles pero si los suficientes para alojarnos los cuatro, Es decir Fermín Estrella Lola y yo.

  Fue verdad lo que me decía la rebelde cocinera (rebelde para mis padres, para mi el ángel de la guarda) que nos recibirían con los brazos abiertos. Estrella me beso y me abrazó con tanto ímpetu y fuerza que por unos segundos temí de que me m malograra la cría que tanto quebradero de cabeza nos daba, ¡Pobrecita  mi niña! Ella no era la causante del rifirrafe que se organizó, la única culpable de todo era yo, por mi ligereza, por no saberme ponerme en mi sitio por tantas cosas, yo era una perdida a los ojos de mis padres y también de toda la familia. Muy católicos, muy honrados muy  decentes, pero con tal de no quedar en entredichos en una sociedad hipócrita y falsa  eran capaces de  quedarse sin el cariño de su hija, ni de conocer a su nieta porque como se verá lo que parí fue una preciosa niña.

 Sin embargo aquellas  “chachas” las  sirvientas y hasta en algunos casos en sentido peyorativo llamadas marmotas, como si estuvieran siempre dormidas como el roedor del que le dan el nombre, fueron las  santas mas santas que en mi  vida he conocido.

 Estrella y Fermín dormían en la habitación  con un ventanuco a la calle, mejor decir el camino; mientras que Lola y yo lo hacíamos en la habitación que daba para el corral. No había más  dormitorios, un largo zaguán una cocina que también era comedor al final del  zaguán lindando con el corral y las dos habitaciones a  un lado del corredor o zaguán. Los techos eran de maderos  de pino mal colocados y cañizos atados con guitas En los dormitorios   guardábamos la ropa y para lavarnos  en una jofaina  en la cocina, o en el corral cuando los días eran buenos, Se cocinaba todo en la misma olla y de ella comíamos los cuatro, a veces en el mismo plato. Los colchones eran jergones rellenos de paja de trigo, y las sábanas  no muy finas, Una mesa camilla redonda, siete sillas de anea y un banco de encina, una cantarera con cuatro cántaros y un botijo rojo de  Salvatierra, varios platos de  aluminio  y cucharas de alpaca, navajas cabriteras y un baúl en cada dormitorio para guardar la ropa, en las cabeceras de las cama una estampa enmarcada de la Virgen de la Piedad patrona de la ciudad, y eso era todo el mobiliario de la casa. Nos alumbrábamos con un quinqué de petróleo y en la cocina un candil de hierro alimentado por aceite de oliva. El agua la acarreábamos de un pozo cercano que llamaban de la comunidad y allí en una panera o cucharro según los pueblos lavábamos la ropa con jabón verde.

 Las necesidades fisiológicas las hacíamos en el corral, en la “esterquera” cuando no llovía y si el tiempo era de lluvias persistentes en la cuadra donde dormía un burro escuálido de Fermín que lo utilizaba para  ir al trabajo del campo.

 A pesar de haberme criado entre cristales, con sábanas de Holanda y  todas las comodidades de los tiempos, aquel humildísimo hogar me parecía un palacio, porque es verdad que era incomodo y hasta  insalubre, pero se respiraba amor y caridad por todos cuatros costados.

 Lola buscaba trabajo pero por su avanzada edad no lo encontraba, sin embargo Estrella se colocó en  un hotel para la limpieza y hacer las camas, tampoco a Fermín le faltaba el trabajo ya que era un gran  entendedor de la vid y el olivo principal riqueza de la comarca.

Yo me sentía avergonzada, de que aquel  humilde y caritativo matrimonio, me estuviese dando de comer y todo lo demás necesario sin aportar ningún dinero, que  aunque no les faltaba para comer tampoco ganaban un sueldo excesivo para otras necesidades.

 Quise mandarle una carta a mi padre y contarle en la situación en que me encontraba, y así se lo hice saber a Lola y  Estrella, pero me convencieron   para que no lo  hiciera, porque decían y llevaban  mucha razón, que  si me hubiesen querido ya me habrían encontrado, porque Almendralejo no es tan grande, lo que ocurre es que ni se han molestado en buscarte  -decían las dos –y era verdad, mi desaparición les quitó un gran peso de encima, no se como lo justificarían  ante sus amistades.

 Yo apenas salía de casa, pues me daba miedo  salir y que me viera la gente, porque  muchas me conocían y como  dicho sea de paso mi fama en honestidad y recato dejaban bastante que desear, no me  aventuraba a que me repudiaran.

 No sabia hacer nada, nunca había trabajado ni siquiera barrer mi habitación, menos lo iba a hacer ahora con siete meses ya de embarazo, tampoco Lola me dejaba hacer nada, ella se ocupaba de toda la faena de la casita, ya que Estrella se pasaba todo el día en el hotel, pero por dignidad por vergüenza y por quitarle  algunas fatigas a mi  ángel benefactor  como era  Lola, le ayudaba en los oficios mas leves, y así  fui aprendiendo las tareas del hogar que mas tarde me  servirían para llevar mi casa.

  Ni Fermín  y mucho menos Estrella, se mostraron  enfadados, disconformes a disgusto conmigo. El poco pan y aceite lo compartíamos como verdaderos hermanos entre los cuatro, y la ropita para el niño me la compraba a la dita a un  comerciante amigo.

“Cuando tengas dinero me lo pagas”-solía decir Fermín y yo me ruborizaba ante la impotencia de no poder contribuir ni a los pañales de mi hija.

 Y. . . . . .llegó el día del parto. Los dolores me empezaron una mañana temprano, se lo dije a Lola que como sabemos dormíamos juntas. Yo estaba  muy pesarosa, muy angustiada aunque estaba deseando de que mi hija viniese al mundo, por ver si  todo cambiaba, Ahora si pensaba decírselo a mis padres, y le escribí una esquela   suplicándole que me ayudaran, les dije en el sitio que me encontraba.

Se la di a Lola para que la llevara, y la pobre mujer no se atrevía a enfrentarse con  ella, es decir con mi madre; temía que la denunciara  alegando que me había secuestrado, que había incumplido  con sus deberes y hasta  que le había robado, así que se negó a llevar la esquela, pidiéndome mil perdones. Estrella tampoco quiso ir, así que decidimos mandarla por correo. Han  pasado 13 años y aun estoy esperando la ayuda y la contestación a la esquela.

 Aquel día Estrella no fue al hotel, mandó recado  simulando un fuerte dolor de cabeza, creo que fue la única  vez que mintió, pero  yo la necesitaba y ella lo sabía.
 Fermín se marchó al campo sin saber nada de mis dolores, ya que se lo ocultamos, demasiado tenia el buen hombre para preocuparlo.

                                 

Capitulo 3

 Aquel mismo día di a luz una preciosa niña; sin médico ni comadrona solo  con  la asistencia de Lola, Estrella y una  gitana vecina que  había  presenciado muchos partos de los de su raza, por lo que experiencia no le faltaban. Al ser primeriza me costó mucho, dolores  sudores y lágrimas hasta que  alumbre a mi hija. Luego  las tres mujeres obraron como si fuesen autenticas profesionales, al mando de la cíngara  que  no quiso cobrar nada mas que la comida  que le  proporcionó Estrella quitándosela ella y Lola, pues a mi  me mataron hasta una gallina que nadie sabe como se las ingeniaron para que  llegara a la humilde  casilla.

 Cuando al anochecer llegó Fermín del campo, la alegría que  se apoderó de el fue indescriptible, llegó sucio de las faenas de  vendimia, pues ya te dije que era por octubre, a finales cuando la vendimia está a punto de finalizar y luego empieza la aceituna para el verdeo como  en la comarca la llaman.

Tal como llegó se fue a la habitación donde yo  estaba acostada en el humilde lecho de jergón de paja de trigo con mi niña ya lavada vestidita con  los pañales y la ropita que entre Lola y Estrella le compraron, y me besó en la cara, luego tomó con sumo cuidado a la pequeñita y la besó con amor de padre, aun recuerdo sus palabras. “ ¡Que pena que no podáis estar siempre  entre nosotros", y lo dijo por la falta de medios para mantener a tantos como éramos en la familia, ya que  no solo una, sino muchas veces dijo que  allí éramos todos una familia.

 Yo quise volver a suplicarle a mis padres que me ayudaran, no para mí sino para su nieta, pero lo mismo Lola como Estrella me quitaron la idea. “Es inútil mi niña- decía Lola- ellos nada quieren saber  de ti ni de esta preciosidad", refiriéndose a la niña .

  La verdad que todos  estábamos locos de contento con la niña, no puedo decir que yo la quería mas que  mis  protectores, porque mentiría, era la alegría de aquella  casa, pero… Fermín no trabajaba siempre era temporero, aunque la verdad casi nunca estaba parado, el sueldo era escaso y Estrella ganaba poco en el hotel. Lola no encontraba  trabajo, y yo  no sabia hacer nada. La niña la podía dejar con Lola, pero  ya  lo sabes no sabia ni bien barrer.

 Dormíamos mal, la pobre excocinera de mi casa rica,  tuvo que improvisar un camastro en el suelo, porque en la estrecha cama no cabíamos las tres, y por miedo a asfixiar a mi niña  o malograrla con su peso prefirió dormir  en un jergón que  no se como trajo Fermín  el segundo día.

 Claro que Dios aprieta pero no ahoga,  y una tarde vino con el marido de Estrella un hombre a nuestra casa mía tan bien pero ya por poco tiempo.

 Aquel hombre era  mucho mayor que yo, soltero. Tan falto de cariño como yo o mas. Supe  cuando ya estaba casada con él que  fue inclusero, que no conoció a sus padres y que estuvo  en la legión  por la traición de una mujer.

 Fermín me lo presentó como un amigo. Quizás lo tuviesen todo planeado, ya te he dicho que el marido de mi antigua doncella, o sea Fermín, era un hombre bueno pero veía que  la situación si ya era grave se empeoraría económicamente con la llegada de mi niña, por eso  y no por otra cosa me presentó a Aniceto, que este es el nombre de mi marido como sabes.

 Aniceto  procedía de un pueblo de La Serena,  -Yo por no dar nombre  cierto- intuyo que era de Zalamea de la Serena- y  desde hacia tres o cuatro años  iba a Almendralejo a vendimiar, quedándose hasta después de recogida la aceituna de almazara, dormía en una mísera posada con otros muchos  temporeros de otros pueblos,. Aniceto  todos los años que  llegaba  a la vendimia era contratado por el mismo dueño, el mismo al que le trabajaba Fermín, y se hicieron amigos. Las almas buenas se comprenden y aquellos dos hombres fueron las mejores personas  junto a Lola  y Estrella que he conocido en mi vida.

 No tardó ni dos días cuando ya estaba  yo levantada de la cama, en ofrecerse a  ser el padre de mi hija, me pidió que me casara con él y me prometió cariño, solo cariño, pues el único capital que poseía eran sus brazos.  ¿Que hacer en la situación en que me hallaba? Madre soltera, sin recursos  repudiada de mi familia y  amparada  por una familia que  necesitaba el amparo tanto como yo. Poco lo pensé y sin amor le di mi  consentimiento, es decir nos casamos.

 Parece un cuento de hadas, la niña rica educada en un colegio de monjas, remilgada y presumida aunque con fama de liviana, se unió  a un desconocido, rudo bracero del campo, exlegionario y para más baldón,  si baldón es ser  jornalero y legionario inclusero.


                                 Capitulo 4

 Nos casamos y bautizamos a la niña  de noche, en una ermita  de los extrarradios de la ciudad. Fueron como siempre Lola, Estrella y Fermín los que se  encargaron de buscar al cura, un cura de barrio  que se rumoreaba que era comunista, por estar siempre a favor de los más débiles económicamente.  No hace falta especificar nada, todo se comprende, solo ellos asistieron a las ceremonias, Estrella  fue la madrina y Fermín el padrino, tanto de nuestra boda como de mi hija, a la que  Lola le buscó el nombre porque decía que aquel nombre compuesto le traía buenos recuerdos.

  La bautizamos  en una jofaina  porque la triste ermita carecía de pila de bautismo con los nombres de María Fernanda.

 Cenamos juntos, gracias también doy a Dios que  mis pechos eran ubérrimos de producir leche por lo que mi María Fernanda estaba bien alimentada y nutrida. Dormimos Aniceto y yo  aquella noche en el pobre lecho del matrimonio, ellos se quedaron  en el de Lola y esta en el suelo, a la niña le prepararon  entre Aniceto y Fermín una cuna  con  tablas de cajas de sardinas, y así fue mi noche de bodas.

 Y te dije antes que Dios aprieta pero no ahoga, porque  Aniceto ya tenia  casa donde  vivir conmigo y nuestra hija,. Si, así quería el que  dijera nuestra hija, pues  le dio su apellido el apellido que en la inclusa le pusieron  De la Cruz, y nuestra  niña pasó llamarse Maria Fernanda  De la Cruz Valencia.

 Dos días después de los acontecimientos  que te he narrado, Fermín aparejó su burro, y con el lío de ropas de mi hija y otro mío, subí a lomos del noble animal con la niña en brazos. Detrás  del asno caminaba Aniceto y guiando  al burro Fermín.

 Yo nunca había salido de la ciudad y desconocía  aquel  hermoso  campo de viñedos y olivares. La tierra muy bien cultivada,  a lo lejos se divisaban unas azuladas sierras, punteadas de blanco por caseríos y cortijos, y  a la  caída de ella un pueblo, era mucho mas pequeño que Almendralejo, pero también se adivinaba algo grande y sobretodo muy blanco, pregunté que pueblo era y me dijo Fermín que La Fuente.

“Pero no vamos al pueblo nos quedamos  a seis kilómetros antes en una casa de campo, en su termino”
. Llevábamos cerca de dos horas caminando, cuando  al doblar la curva del polvoriento camino, divisamos un corpulento eucalipto y debajo una casita de una sola planta de rojizo tejado, con una chimenea.

  En la puerta nos esperaba un matrimonio como de unos sesenta y tantos años de edad, con una mula  cargada con  hatos de ropa atada por el ramal a una argolla  en la pared y un señoríto de porte campesino, con sombrero de fieltro tipo cordobés, botas altas de cuero  pantalón nuevo de pana brillante y chaquetilla de vaquero, con una faja de color rojo liada a la cintura, de estatura regular fumando un habano.

  Fermín saludó con un buenos días tengan  ustedes  luego dirigiéndose al señoriíto le dijo “Aquí le traigo al matrimonio que  me dijo usted que le buscara, a el ya lo conoce usted es  muy trabajador, todos los años  lo contrata su manijero para la vendimia y la aceituna, ella es  su mujer y esa niña…bueno es de ella".

 Se llamaba don Pedro y me comía con los ojos. Yo me preguntaba si me conocería, pues como te he dicho y tu sabes Almendralejo es un pueblo, y se conocía mucha gente. Si me conoció nada dijo ni insinuó.

 “ Pasen y vean la casa" -dijo- mientras Aniceto se quitaba  la gorra de visera con que cubría su  cabeza en la que iban surgiendo algunas hebras de plata. “Usted también, pase, si quiere yo le cojo la niña mientras   examina la vivienda". "No muchas gracias señor" le dije y pase al interior  detrás de Fermín y Aniceto, don Pedro iba  delante.

 Esta es la habitación principal, dijo el amo. Era una habitación espaciosa, bueno ya la has visto y con los mismos muebles que ahora tiene. Una cama de matrimonio de acero, adornada con arabescos y boliches dorados. Un ropero  en muy buen uso, dos sillas seminueva de  anea, un arca un lavabo  con espejo  algo deteriorado el azogue pero se veía bien las caras que se le ponían delante, una jofaina de porcelana desportillada en el borde y una toalla blanca muy limpia, debajo un jarrón de cinc  para el agua.

 La cama estaba hecha con una colcha azul, don Pedro la retiró y debajo  se hallaban dos mantas nuevas, un juego de sabanas blancas muy limpias y un colchón de lana de oveja churra. No estaba mal.

 Había otras habitaciones, por si  iba algún familiar, equipadas con camas  de tijeras o sea catres, y el cuarto trasero que daba al corral dos camas estrechas y dos sillas una percha y otro lavabo  mas viejo. "Este es el cuarto de la Guardia Civil"- dijo don Pedro, antes se quedaban  a dormir muchas noches, pero ya no, si acaso en alguna emergencia.

 La cocina  estaba equipada con un poyo de tres fuegos bajo una chimenea descomunal, y otra  chimenea enfrente para calentarse los obreros  y nosotros cuando hacia mucho frío. La leña era de olivo y se hallaba apilada en el corral. Un pozo muy hondo  con brocal de ladrillos y un semiaro donde  colgaba una polea con soga donde en un extremo había un cubo cilíndrico y pesado de  cinc, para sacar el agua, estaba junto al  enorme eucalipto.El agua era gorda y basta pero muy fría en verano y templada en invierno.  En la cocina bancos rústicos hechos de troncos de olivos y encinas, en el corral  teníamos que hacer las necesidades obligadas por la naturaleza, y al igual que en la casa de Fermín si llovía en la cuadra, entre animales   de trabajo, (mulas y burros).

 "Cuando venga  otro día del pueblo, os traeré una cuna para la cría"
- prometió don Pedro, y lo cumplió. Dos días después en  un  carro  tirado por mulas entre otras cosas como  sillas y mesas trajo la cunita. ¡ Que contenta me puse!  Fue el mejor regalo de mi vida, ya mi Maria Fernanda podía dormir en su camita, que colocamos junto a nuestra cama.

  La misión de  Aniceto, era cuidar bien la finca, ararla  pasarle el rodo (2) para que no tuviese hierba y conservase la tierra la humedad en el verano y guardar las 60 fanegas de tierra que ocupaba la finca.

 ¡Que feliz me sentía yo con mi marido, que  es un trozo de pan y mi Fernandina, pues el  primer nombre quedo  relegado al olvido, empezó Aniceto a llamarla Fernandina y así como sabes la conocemos.

 Aquello era un vergel. Había uva de todas clases, Pedro Jiménez, lairen, dedo de dama, corazón de gallo, morisca mollar, Macabeo y toda la variedad que pueda existir. Entre medio de las cepas, granados, membrilleros, higueras, perales,  chumberas en las lindes nísperos, peros enanos  y hasta cerezos, era un edén  terrenal en medio de una planicie, a lo lejos se divisaban  cinco pueblos a saber. Almendralejo, que es la capital de la comarca, Villafranca de los Barros, bastante grande, Fuente del Maestre de cuyo término era la finca Aceuchal y Villalba de los Barros.

 El suministro como pan garbanzos, jabón  y otras cosas que  no se producían  en el entorno, excepto la leche que nos la vendían los pastores próximos, y los huevos los teníamos de las gallinas que nos autorizó don Pedro, lo demás no lo traían  los jornaleros unas veces de Aceuchal, otras de Fuente del Maestre, y cuando los pastores  hacían quincena  y marchaban a Villafranca de los Barros, también de allí.

De Almendralejo estaba casi olvidada, el mejor pueblo, mi ciudad apenas me acordaba de ella.

 Fernandina  crecía y así estuvimos viviendo hasta que  vinistes tu con tu padre a guardar la finca de al lado.


 
  Capitulo 5



 Fue cuando las conocí, Fernandina contaba 12 años y yo 13. Como yo no hacia nada, pues  los guardas de aquella viña colindante eran mi padre mi tío y mi abuelo que era a la vez el manigero (3) me iba a casa de Natalia y Aniceto muchas horas, y jugaba con Fernandina, contábamos cuentos y leíamos libros.


 A Natalia le gustaba mucho leer, novelas  dramáticas, de ambiente  social, ella poseía dos o tres que me dejo. Fernandina y yo leíamos a la sombra del eucalipto , la madre de la niña  la tenia leídas  mas de dos veces, según me decía, y me  pedía alguna a si es que yo tenia. Se lo dije a mi abuelo y del pueblo le trajo una titulada Rosa   María, un dramón de los tiempos, que le gustó mucho. Las que Fernandina y yo leímos  eran también dramas, la Hija del Obrero, La Mujer Adultera y el Soldado desconocido, muy fuerte  para nosotros y mas en aquellos tiempos de censura y represión.


“ ¿ Te gusta mucho leer?" - me preguntó sonriente, ya la vida le había cambiado para bien. Yo le dije que si, que era una de mis aficiones y que también me gustaría escribir un libro  Pues  te voy a contar mi vida, que tiene  argumento y emoción para una buena novela, si algún dia te decides  no te importe escribir sobre   mi historia que  ahora te cuento.

   Y en presencia de Fernandina, me contó su historia, esa que  he reflejado en las páginas anteriores. La hija  sabia que Aniceto no era el hombre que la engendró, ya se lo había  contado su madre, por  eso no se inmutó aunque si  se le notaba triste por la vida que había llevado su madre.

 Y así  transcurrieron  dos años años, hasta  que yo cumplí 15  y la niña catorce.

 Aniceto quería llevar a Natalia a Almendralejo, a los cines, y teatros a la fiesta de la Piedad, pero ella   no aprobaba la propuesta, nunca  quería ir a su pueblo, prefería que la llevaran a Villafranca, donde también existían cines y teatros, dulcerías y otras cosas aunque en menor escala que en Almendralejo. También la llevaba a La Fuente el pueblo más cercano, y aseguraba que se divertía mucho en ese pueblo, que también  daban funciones de cine y teatro, y era mas sencillo por ser mas pequeño que los anteriores mencionados.

 Pero  lo que mas le gustaba era la paz del campo, y los libros que  le proporcionaban los vecinos y los obreros de Acebuchal y La Fuente.

 Hasta que…

 Un buen o mal día  dejé aquellos campos,  a Natalia, Aniceto y Fernandita; a  mis abuelos y al pueblo que me vio nacer para asentarme con mis padres en este pueblo don de vivo, calle de La puebla número 12.

  Pasaron  los años y  nada supe de  aquella  desdichada su hija y el bueno de Aniceto. Pero Dios la Providencia o la casualidad hizo que nos  volviéramos a encontrar, lejos de aquellos pagos de viñas, de aquellos frondosos olivares, nos volvimos a ver en el vivero Rueda Chica, cerquito de Sartenejas, como le llamaban a Pueblonuevo del Guadiana.

 Un día  fui a pedir trabajo a dicho vivero, y me admitieron. El lunes  era el día  concertado para mi trabajo, y allí me presente.

 Me entregaron una azada y me mandaron a cavar  en la tierra destinada a sembrar chopos. Muchos hombres y mujeres trabajaban  en  las plantaciones del vivero, pero  no me percaté de que  un hombre de avanzada edad mas de cincuenta años   entre otros muchos  trabajaba en el  rudo trabajo de cavar la tierra y arrancar plantas para transplantarlas en otros lugares. Asi dos o tres días, sin  conocer a casi nadie hasta que  el destino hizo que  me mandaran con otro hombre con mas experiencia que yo a arrancar olivos jóvenes y embalar las raíces con paja de arroz, pues esperaban un camión de nadie sabe donde para su traslado a formar un olivar, eran olivos  injertados en acebuches, plantones y había que tratarlos con sumo cuidado, dos personas  para el embalaje  que se liaban con la paja y cuerdas para que las raíces no sufrieran daño.

¡ Quien se iba a esperar que aquel hombre que ya se me habia borrado su fisonomía  Fuese Aniceto de la Cruz, el marido de Natalia y padre de María Fernanda. El me miraba como si  quisiera decirme algo, pero como yo era hombre tímido y recatado, hasta que llegó el encargado y dijo.

¡ ¿Que tal el  nuevo muchacho  Aniceto?.
Refiriéndose a mi.

 “Bien señor  Francisco" - le respondió Aniceto y se marchó a otro sitio.

Entonces ya no tenia dudas aquel hombre se llamaba Aniceto, y recordé las facciones de su rostro, su cara morena, su nariz  grande y sus ojos negros  algo  velados por los años.

“Usted, pero…yo creo que si — le decía  nervioso, con la voz  quebrada por la emoción - es Aniceto el marido de Natalia, el que estaba de guarda en la finca El Valle del Zorro del término de Fuente del Maestre.”

 Me miro a los ojos y con amarga sonrisa me  dijo “ Si yo soy Aniceto Cruz, y tu el hijo de José María, Juan".

“Si ese soy. Vivo en Alcazaba ¿Y usted y Natalia y Fernandita?"
- las palabras se me amontonaban.

“Natalia y yo, vivimos en Valdelacalzada, y Fernandita en Madrid, se casó con un muchacho de Aceuchal  que trabajaba en las viñas pero con la emigración, se marchó, en el pueblo ganaba poco y estaba muchas veces parado, se dedicaba a la caza en el coto, caza furtiva, pero  alguien lo delató y la Guardia Civil lo perseguía, hasta que  tuvo que emigrar". Le pregunté que si podía ir a su casa el domingo para ver a su mujer. Lógicamente me respondió que  eso no se pregunta, “puedes ir cuando quieras y también tus padres”.

 Llegó el domingo y cogí mi bicicleta BH de color negro y a eso de las doce del día me presenté en la casa de  Natalia ¡Que vieja estaba!  No me conoció hasta que no le dije quien era. Entonces me abrazó y  sollozando me dijo, que la vida  nunca le había sonreído.

 “Cuando   dejastes de ir por la viña, Fernandina te echaba mucho de menos,  yo la observaba y la veía triste y en algunos momentos  llorando, era obvio que se había enamorado de ti. Un día que la encontré  muy  afligida, le pregunté que le ocurría desde que  dejastes de   visitarnos, y me lo dijo. “Si me he enamorado  solo dijo esa palabra, pero no  fue preciso que dijera mas para  saberlo.  Fue su primer amor, amor de adolescente. Pero como el tiempo todo lo cura, y como perdió las esperanzas, al año se enamoró de ella un muchacho bastante mayor que trabajaba en  las viñas colindantes, en Rabo Gato, aquel pago de un capitalista de Aceuchal, cuando  cesaba en el trabajo, se iba con ella a pasear por el camino de Almendralejo y acudían ya bien de noche, entonces el se marchaba en su burro a su casa. Recuerdo una tarde que se desencadenó una tormenta, y me suplicó que como se iba a marchar aquella noche con aquel tiempo que llovía a mares y los rayos se sucedían sin cesar. Le preparamos  una de las camas de los civiles, la pareja  iba  casi todos los dias unas veces por la mañana, otras por la tarde y otras  al anochecer, pero  solo hacían acto de presencia, ya no pernoctaban en el cortijo, le firmaba Aniceto y si el no estaba  yo estampaba mi firma en el papel y se marchaban deseándonos buenas noches o buenos días, yo le deseaba  un buen servicio. Aquella noche  tenían que estar allí toda la noche, y nos vimos en un compromiso, aquellas camas estaban destinadas a ellos, pero  los hombres viendo que me azoraba, preguntaron cual eran los motivos, se lo dije y respondieron. “ No se apure ni se preocupe, estamos acostumbrados a dormir al raso si nos deja el pajar todo solucionado. Aniceto no le gustó que  ellos durmieran entre paja teniendo sus camas, pero  lo convencieron y  se quedaron en el pajar.

  Al otro día muy temprano, la tormenta había cesado, pero se presentó otra pareja del pueblo del novio de Fernandina, llegaron  cuando la otra pareja que era de La Fuente estaba levantada. Uno de los que llegó era cabo, los que pasaron la noche les dieron la novedad “ Sin novedad mi cabo” Entones preguntó si  no sabían nada de Andrés, este era el nombre del novio de mi hija. “Si, sabemos que ha pasado aquí la noche, aun estará acostado porque con el agua que cayó anoche es imposible que vengan los jornaleros a trabajar”.

"Pues buenas las ha liado-dijo el cabo- La madre y el padre han llegado llorando que  su hijo no había regresado  a casa, en toda la noche, y temían que con la tormenta que se  desencadenó le hubiese ocurrido algo, que el padre no está para  buscarlo porque es viejo y está enfermo, total que he montado este servicio solo para buscarlo, y le he ordenado al de puertas que curse telegramas a todos los puestos limítrofes para que salgan a buscarlo."

 Aniceto no sabia que contestar. Entonces se presentó Andrés a medio vestir que había escuchado la  conversación y pidió perdón.

 “Bueno hombre-le dijo el  cabo- no pasa nada, lo peor es el disgusto tan grande que le has  ocasionado a tus padres” Y disculpándose   se montó en el burro que tenia en la cuadra con el nuestro y picándole  espuelas como se dice se marchó a Aceuchal.

 Tardó dos días en volver, cuando vino  decía que quería casarse, pues su madre estaba muy vieja y sufría mucho cuando  tardaba en regresar, que el quería mucho a María Fernanda, que poseía una casa en su pueblo donde  vivir  todos, se refería a sus  padres, total que ella también  se quería casar, estaba cansada de aquella soledad, era un sitio bonito, bucólico, para  descansar, lejos del mundanal ruido, pero para una joven de dieciséis años era un destierro. Se casaron, ella  no estaba muy enamorada, se que aun recordaba su primer amor, pero  se convenció de que ya nunca mas volvería, habían pasado cuatro años y por los obreros de su pueblo se enteró de que  había marchado a un pueblonuevo cerca de Montijo. Ella no conocia nada más que  la viña y esporádicamente Villafranca, tu pueblo y el de su  novio hoy marido-

 Creo que la quiere, pero también se la llevó para que  asistiera a sus padres, ya viejos y enfermos, tenia una hermana  que  estaba casada y residía en Mérida, pero se preocupaba poco de sus padres, bien por la distancia que en aquellos tiempos era considerable o por que su marido se lo impedía, el caso es que solo la visitaba  una vez al año  casi siempre por nochebuena.

 Murió su madre y  a su padre lo entró en el asilo de las monjas de La Fuente, quizás mi hija embarazada, no pudo asistirlo, o se negó a ello no lo se.

 Andrés se quedó sin trabajo,  cada vez se precisaban menos obreros para el campo, y se dedicó a la caza furtiva, con cepos y lazos, en el coto de  una Señora muy conocida y rica de su pueblo. No se le daba mal, cazaba muchos conejos y liebres, así como pájaros con las trampas, que mi hija vendía por los bares y también en Almendralejo, la Guardia Civil nunca lo  sorprendía, quizás  mirasen para el otro lado o tuviese mucha suerte, pero alguien  lo delató y desde entonces no lo dejaban vivir, le quitaron los cepos las trampas los lazos y  los conejos, y lo multaron por delito de cazar sin autorización en coto privado siendo reincidente. Tuvo que pagar la multa y quedarse sin burro, pues para pagar fue necesario venderlo, y su mujer preñada.

 Entonces decidió marcharse a Madrid en busca de trabajo y  mi hija retornó al cortijo. La finca ya no la llevaba  don Pedro delegó en su hijo, un  calavera mujeriego, engreído por el capital de su padre creía tener derecho a todo, hasta el de pernada como en el siglo pasado y, sin reparar en que mi hija estaba casada y  embarazada quiso  abusar de ella. Empezó con promesas, te compro esto para el niño que vas atener, un vestido para ti y otras cosas, y sin rodeos le dijo que claro aquello tenia un precio “ ¿ Que precio?”-le preguntó  mi hija

 “Pues ya sabes eso, la cama. No hizo falta mas, lo insultó y le escribió a su marido diciéndole que  viniese a por ella,  que habían sucedido cosas y ella no estaba dispuesta a permanecer mas tiempo sola.

 No recibió carta, porque a los tres días Andrés se presentó en el cortijo. Preguntó que  le ocurría  para tanta urgencia, y ella se lo contó. “ Yo tenia pensado  venir  antes de que naciera nuestro hijo, pero en vista de lo que ocurre nos marchamos pasado mañana.. ya tengo un piso arrendado-dijo- Luego me enterré que el piso era una chabola en el Pozo del Tío Raimundo". Se marcharon.


 A los dos meses me escribió comunicándome que ya era abuela que había dado a luz un niño muy grande y bonito en  la maternidad provincial. Lloré de alegría y de pena al no poder  desplazarme a Madrid a conocer a mi nieto. También Aniceto lloro, pues  era su hija, una hija que no había engendrado, pero como  Dios no nos  concedió otro a pesar de haberlo buscado insistentemente, Fernandina era su tesoro.

 Y como los males nunca vienen solos, el señoriíto en represalias, por no  lograr los favores que quería de Fernandina, empezó a  hacernos la vida imposible, Hasta que  tuvimos que dejar la finca y el cortijo, después de  17 años dando producto para el y su padre. Su padre no se si sabría algo, de la canallada de su hijo, pero si así era se calló y a nada se opuso  por nuestra marcha. Sin dinero sin paga y sin casa no nos quedó mas remedio que emigrar como tu a los pueblos nuevos y aquí en La Vara o Valdelacalzada estamos para lo que se te ofrezca.


 Le pregunté por Lola y Estrella aunque no las conocí, ella siempre me hablo muy bien  como  queda expuesto de las dos mujeres. Lola murió en el hospital  de Mérida, enfermó de un mal  desconocido, debido a la vida no muy  buena que tuvo, y Estrella tiene dos hijos viven en Barcelona, también como muchos  matrimonios de aquellos pueblos tuvieron que emigrar. Hace tiempo que no se nada de ella, dejamos de escribirnos, pues  el tiempo o sea no tener mucho tiempo, luego las cartas   me las enviaba a la dirección del manigero de La Fuente, o sea de tu abuelo, pero también dejó de  ir a la viña, ya iban pocos de los conocidos.

 “¿Y de tus padres”.


-Por favor no me preguntes nada,  se olvidaron  de mi para siempre, fui una hija maldita, ya sabes mi delito y mi pecado, haber quedado embarazada de un  muchacho que apenas conocía tanto que si lo veo no  lo reconozco. Tampoco fue toda la culpa de ellos, yo también tuve algo de culpa".
Cambió de conversación y me pregunto.

 ¿Y tu madre? Y tu padre?


 La miré como avergonzado y  con voz apagada le dije.

“Muy bien pero  al cabo de  vendimia  me trae un hermanito".


¿Qué? Si, Natalia que a sus cuarenta y tres años está embarazada-

 Pues dile de mi parte que Dios le de una hora corta, y alégrate por lo menos  ella está sana.

“ Si, si yo me alegro, me encanta tener un hermanito, pero mira mi hermana ya con novio no pega.”

 A ver pero eso no tiene enmienda
- fue su respuesta.

No la volví a ver más. Aniceto cayó enfermo, dejó de ir al vivero, yo marché al servicio militar, después a la Guardia Civil. He preguntado en Valdelacalzada muchos años después y nadie me ha dado noticias, nadie sabe nada de aquella familia. Es mas  recorri el cementerio leyendo lápidas por si  encontraba el nombre e Natalia Valencia Mancha o Aniceto de la Cruz, nada no había ninguna lápida con sus nombres. Aunque  muerto seguro que están caso de vivir tendrían más de noventa años y, con la vida que llevaron es difícil llegar a esa edad.

 El eucalipto ya no existe, la casa  se halla en ruinas, la viña  esta partido en  parcelas, con otras plantaciones distintas para ser recogida con máquinas, los caminos han sido  arreglados  como carreteras, los árboles han desaparecido, y por aquellos pagos no vive nadie, los tractores han sustituido a las mulas, los coches y ciclomotores a los burros, y en los pueblos ya nadie recuerda ni a Natalia ni a Aniceto ni a Maria Fernanda, y algunos, pocos amigos al narrador de esta  historia  mitad verídica mitad inventada. Los personajes y los lugares son reales, la historia  a excepción de  algunas cosas pocas que he introducido para darle mas realce y emoción son ficticia, pero basada en un hecho real . Creo que es una historia apasionante. Si no lo es amigo lector siento decepcionarte. Nada más.


Juan J. Hormigo Bautista

(1) Ribalda-catecismo católico de los años 40 y 50
(3) Manigero en la Tierra de Barros capataz encargado de una cuadrilla de trabajadores del campo.